Publicado en: El Universal
La mitología griega comienza con Homero, Ilíada, Odisea, Cantos, (Vlll a. C) y Hesíodo, Teogonía, Los trabajos y los días (Vll a. C). Sigue con Esquilo, Sófocles y Eurípides, (V a. C), y en ll a. C. se instala en Roma, que la asume y latiniza los dioses. Luego con La Eneida, (l a. C) obra que Octavio encomendó a Virgilio por muy comprensibles razones; otros autores romanos “nacionalizan” los mitos. Miríadas de obras de arte, poemas, teatro, novelas, películas, comics, marcas comerciales, los recrean a diario. Su estética y profundidad enriquecen la sensibilidad y la comprensión de la naturaleza humana y precaverse de ella y de sus impromptus y su praxis esencial: lo político y la política.
El 26 de marzo pasado, José Tomás Angola, guardaespaldas del teatro clásico, pasión que abrazo (y a él), refuerza mi admiración con su lectura dramatizada de Prometeo en la UCV, homenaje a nuestro querido Leonardo Azparren, autor de la magistral versión. Faltó lo que podría haber dicho su amiga Xiomara Moreno. El nombre Prometeo significa pensar sabiamente, prever las consecuencias, papel de un estratega político. Pero en este genio estratégico y benefactor, también la arrogancia puede imponerse. El nombre de su hermano, Epimeteo significa lo contrario, “el que piensa después”, actúa sin calcular y ocasiona desastres, aprendiz de brujo inepto para actuar racionalmente, con nefastas consecuencias.
Las obras con referencia a Prometeo, aún las limitadas a los períodos arcaico y clásico, revelan la evolución, la metamorfosis (Ovidio) del personaje de acuerdo con el momento. Mientras para Hesíodo era un tipo habilidoso, para Esquilo es el mayor héroe concebible, creador de los humanos y capaz de inmolarse por ellos, antecedente de Cristo, según Tertuliano. Ya en la modernidad, Goethe le dedica el imperecedero poema, Shelley escribe Prometeo liberado; y su mujer, Mary, lo presenta en Frankenstein, Prometeo moderno, como alguien que juega peligrosamente con el ya peligroso conocimiento científico.
Marx lo estudia en su tesis doctoral y lo define “primero en el santoral revolucionario”. En uno de sus relatos quirúrgicos, en ese estilo minimalista y milagroso, capaz de radiografiar un zancudo disecado, Kafka señala las contradictorias y diversas versiones del personaje; y en 2012 Ridley Scott estrenó su Prometheus. Haber inventado y protegido a los hombres lo hace uno de los mitos más conocidos y carismáticos. Los esculpe de barro como como Yavhée a Adán, el soplo de vida se lo da Atenea, y para proteger sus criaturas, engaña dos veces a Zeus. Es un titán de la segunda generación, hijo de Jápeto, hermano de Menesyo, Atlas y Epimeteo, y un extraño caso de “madre desconocida” porque se le atribuyen varias.
En la Titanomaquia, intenta convencer a los titanes de Cronos de que las guerras se ganan con destreza y no con fuerza bruta, lo que menosprecian. Su intuición política le indica que se requería una renovación y que la etapa de Cronos expiraba. Dramáticamente rompe con los suyos, se pasa al bando de los olímpicos de Zeus, a quien convenció de estudiar las debilidades del adversario y vencer con inteligencia. Zeus ordena a los hermanos crear hombres y animales, Epimeteo repartió entre estos todos los recursos ofensivos y defensivos, garras, cuernos, espinas, agilidad, fuerza, capacidad de volar, respirar bajo el agua y, como idiota que era, dejó a los humanos en indefensión.
Prometeo concibe ofrendar a los dioses incinerando animales luego de sacrificarlos y presenta dos bultos de carne a Zeus para que escoja. Uno era de carne magra, pero cubierto con desagradables tripas; y el otro de huesos y pellejos, preparado con apariencia engañosa. Zeus tomó el segundo y Prometeo dio el otro a los humanos. Le preocupa la fragilidad de los hombres ante la naturaleza y roba el fuego en el Olimpo a Hefesto y Atenea. Lo entrega a los mortales para que cocinen los alimentos y se libren de parásitos, cuezan barro para ladrillos y viviendas, se protejan de la intemperie, fundan metales, hagan armas para defenderse, creen las artesanías y la industria: la civilización.
A Zeus le encoleriza que igualen a los dioses, la misma idea que usa la serpiente para tentar a Adán y Eva, y lo castiga con el más terrible suplicio. Encadenan a Prometeo a una roca del Cáucaso y Zeus envía al águila, su animal preferido, a devorarle todos los días el hígado, que se regenera en la noche para reiniciar el martirio. Esquilo añade que un enorme clavo le atraviesa el pecho. El héroe asume su destino con soberbia, pero finalmente Hércules lo libera, una vez que Zeus decide pacificar el universo y reconciliarse con Cronos. Se da por cierto que Pandora es epitome antifeminismo, lo que me convence a medias.
Para Hesíodo el principio del universo es femenino, Gea o Gaia, equivalente de Yahveh en el Antiguo Testamento, y ella crea a Urano, el cielo, primer principio masculino, que la cubre posee y tienen hijos: titanes, ciclopes y hecatónquiros. Pandora es la primera mortal, pero no la primera mujer, porque a diferencia de Eva, una mera chuleta, la primera humana griega es una obra perfecta esculpida por Hefesto. Afrodita la dota de sensualidad y Hermes de una astucia superior a los varones. Dioses y diosas olímpicos viven como los humanos se dedican al sexo, y la volenca; son promiscuos, salvo las célibes Atenea, Hestia y Artemisa.
Gea es quien trama y lidera el plan para que su hijo Cronos derroque la tiranía de Urano y lo castre; Afrodita Urania, según Hesíodo (no de Homero), nace de su semen derramado en el mar y es tía de Zeus, diosa inicial, y la sexualidad que ella encarna, una de las fuerzas originarias del universo. Erotiza el Olimpo una pléyade de bellas ninfas, nereidas, oceánidas, musas, cárites. Cierto que Pandora abre el ánfora de los males por curiosa, como Eva y el fruto prohibido, pero el error fundante es del idiota Epimeteo, a quien su hermano advirtió que no aceptara nada de Zeus, y al solo ver a Pandora, se derrite y la recibe.
Afrodita y otras deidades, Perséfone, Circe, Eos, Calipso, Pheito, Hedoné, son tan lujuriosas como los dioses varones. Es esposa obligada de Hefesto y amante de Ares, de quien estaba enamorada. Helios, el sol, que lo ve todo, cuenta al cornudo que mientras él trabaja en su herrería, Afrodita se acuesta con Ares, dios de la guerra. Perturbado por los celos, prepara una red invisible que cae sobre los amantes y los inmoviliza, para la burla del Olimpo y escarnio de los tres involucrados. En un episodio anterior, desesperada por Adonis, igual que Perséfone, deciden compartirlo entre las dos. Son dueñas de su sexualidad y tan enrevesadas en eso como los varones.





