Jean Maninat

Analistas (políticos) – Jean Maninat

Por: Jean Maninat

No hay indicios claros -ni fidedignos, ni científicamente calibrados- de cómo y cuándo la peste del analysim politicam se coló en la Piccola Venecia, y se apoderó del poco raciocinio que iba quedando sano en la joven y todavía líquida República. Para cuando las luces violetas de alerta se encendieron ya era tarde, pues todos los oficios, prácticas profesionales, burocracias altas, medianas y bajas, enredados y enredadores en las redes sociales, sacerdotes y rabinos, periodistas y periodistas, escritores y tapiceros de páginas en blanco, proletarios y burgueses, mujeres y hombres, et alii, estaban ya infectados, y se dirigían los unos a las otras en modo participantes en simposium del tipo: ¿A dónde va la democracia hoy?

El primer caso registrado -en medio de las penurias para documentar tan extraño fenómeno- se trató de una abuela -Guillermina Altavista de Terraplana y Veronese- quien al despedirse de sus nietos antes de dar su paseo cotidiano por Piazza Chacao les dijo: “ya regreso voy a visualizar el contexto decisional en la polis”. En vista de que no regresaba al hogar, sus engendros la fueron a buscar y la encontraron rodeada por sus conocidas -casi amigas de toda la vida- quienes enarbolando puños amenazantes y sombrillas punzopenetrantes le gritaban: “no eres más que una positivista comtiana, empirista maldita”, a lo que ella les respondía: “callen potrencas idealistas prehegelianas”. La reyerta ocupó las primeras páginas de sitios web que ostentaban nombres de reminiscencia zoológica  como El búho ciegoLa ballena cojaLa guacamaya enardecida, especializados en traducir los mentideros de la política y poseedores de un fiero sentido de propiedad sobre su acontecer. Sintieron que esos brotes de apropiación de la política amenazarían su monopolio sobre el tema. Pero… ya era tarde, la peste avanzaba devorando neuronas y sesos a la mantequilla negra.

Las protestas se organizaron pronto impulsadas por los gremios que veían amenazados sus privilegios, su monopolio sobre el tema. Los más violentos fueron los taxistas porteños -de la República de los Buenos Aires- quienes reclamaban la paternidad del término planteo, elevado a categoría política. No entendemos cuál es el planteo de los ciudadanos de la Piccola Venecia, el ser atacados por una peste no les da derecho a hablar pavadas sobre la política. ¡Es nuestra exclusividad! Declaró un indigesto. Otro tanto argumentaron los barberos, las estilistas de cabello, los limpiabotas, y otros oficios que también reclamaban exclusividad en el manejo de la cross-fertilization de las ideas políticas entre el vulgo. Sin embargo, la reacción fue tardía, ya la sociedad entera estaba en manos de la peste y todo ciudadano era primero y ante todo: un analista político.

Y así, las profesiones empezaron a llevar la afiebrada acotación adosada en sus diplomas y tarjetas de presentación: Fulano de tal, Neurocirujano, Especialista en Traumatismo Craneoencefálico y Analista Político; Sutano de tal, Odontólogo. Cirugía Oral y Maxilofacial. Analista Político; Mengano de tal, Jardinería, Paisajismo y Restauración Ecológica. Analista Político. Con los años, la sociedad se fue perdiendo en el análisis, la verdad factual dejó de ser relevante, los informadores políticos tomaban partido y  comunicaban sus conclusiones políticas (y de paso le decían a los actores políticos, lo que deberían  hacer y no hacer) y ya a nadie -o casi nadie- le importó la gente y sus necesidades. Los analistas habían sustituido a los políticos.

 

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