Discurso íntegro que la escritora y periodista, Karina Sainz Borgo, ha pronunciado en la cena de los Cavia
Publicado en: ABC
Majestades, autoridades, apreciados colegas:
Eneas abandonó Troya con su padre ciego sobre los hombros y su hijo cogido de la mano. Su patria ardía en llamas, arrasada por los griegos. En 1302, Dante salió de Florencia hacia el exilio. Vivió en Verona, Bolonia y Rávena; allí escribió gran parte de ‘La divina comedia’. Víctor Hugo dejó Francia tras oponerse a Napoleón III. Vivió en Bélgica y luego en la costa de Normandía, donde escribió ‘Los miserables’. En 1939, tras la Guerra Civil, la filósofa María Zambrano cruzó la frontera hacia Francia. De ahí pasó a Estados Unidos, luego a Cuba, México, Puerto Rico, Italia y Suiza. Ocho países en cuarenta y cinco años de exilio.
El destierro y el desplazamiento han sido, después de la muerte, la circunstancia máxima del ser humano. Se es extranjero de la misma forma en que cambiamos de país, de trabajo o de barrio. Incluso al sobrevivir a una enfermedad o a la muerte, nos convertimos en una persona distinta. En las páginas de ‘Los bienaventurados’, María Zambrano descubre al lector una verdad sobre la condición humana: quien ha perdido su patria, asegura Zambrano, contempla la realidad desde una libertad que los arraigados difícilmente poseen y que yo he procurado transmitir a los lectores en la columna ‘Lo que más duele no es el desarraigo’, texto que el jurado ha reconocido con el premio Mariano de Cavia de este año.
Al hablar de mi padre y de su familia —exiliados republicanos huidos a Francia y luego a Venezuela—, y al referirme a su muerte fuera de la patria que eligió y construyó como suya, estoy en realidad contando la historia de Eneas. La vida de Carlos Sainz Muñoz, mi padre, encarna la del otro y la de los otros: la de quien abandona su situación original y desemboca en otra. Para este periódico informé y escribí una crónica sobre la primera Navidad en la que Remedios Armas, vecina de la isla de La Palma, celebró la Nochebuena con sus hijos después de que el volcán de Cumbre Vieja sepultara su casa. Sentada en un banco, Remedios me habló de la erupción, de la evacuación y del realojo. «¿Por qué, si todo estaba bien, tengo ahora que vestir ropa de la Cruz Roja?», me preguntó mirando hacia la playa.
Hay dimensiones legales, sociales y nacionales del otro y de los otros. ¿Es extranjero solo quien cambia de país? ¿O puede serlo también quien es desalojado de una vida? Troya fue destruida. Un inmenso caballo de madera preñado de armas y guerreros se introdujo en la ciudad. Un signo de paz que llevaba la destrucción en su interior. Eneas solo comprendió la magnitud de su tragedia cuando tuvo que relatarla ante Dido, curiosa por conocer la caída de Troya y la huida hasta Cartago. «Me ordenas, reina, renovar un dolor indecible». Nos constituye el acto de narrarnos. De ser escuchados.
Mi padre fue, al mismo tiempo y en una misma vida, parte de los quinientos mil españoles que abandonaron su país tras la Guerra Civil y también uno más de los nueve millones de venezolanos que dejaron atrás su casa debido a una revolución que prometió prosperidad y devino en autoritarismo, latrocinio y destrucción. Mi padre fue Eneas, varias veces. Y, como él, cientos de hombres y mujeres. «El exiliado es el que ha sido arrojado a la intemperie de la historia», escribe María Zambrano. Eneas, Dante, Víctor Hugo, Thomas Mann, José Bergamín, Antonio Machado, Guillermo Cabrera Infante, Stravinski, Milan Kundera, Manuel Chaves Nogales, Juan Ramón Jiménez o Marjane Satrapi habitaron esa misma intemperie. No creo en las literaturas nacionales; creo en la literatura. Creo en los individuos tanto como en la suma de sus acciones. A la palabra escrita le incumbe tanto la verdad propia como la de los otros.





