Por: Mari Montes
A veces recibo mensajes que me invitan, por decirlo de una manera amable, a retirarme. A darle paso a las más jóvenes.
Tengo 59 años y no tengo pensado retirarme.
Hay montones de historias que quiero contar, demasiadas jugadas por ver, preguntas que todavía quiero hacer.
Pero hay algo que siempre me pregunto cuando leo esos mensajes:
¿A quién le estoy impidiendo el paso?
Yo no llegué hasta aquí ocupando el lugar de otra persona. Me tocó abrirme mi propio espacio. Lo construí trabajando, escribiendo, investigando, aprendiendo y equivocándome también.
No le he quitado nada a nadie. No me he atravesado en el camino de nadie. No le he puesto obstáculos a nadie que quiera dedicarse a este oficio. Es que aunque quisiera, no tengo manera de hacer eso.
Ahora mismo desarrollo un taller para enseñar a quien quiera aprender todo lo que sé —y todo lo que he aprendido— en más de tres décadas de periodismo: sobre el oficio, sobre el juego, su historia, sus protagonistas, sus reglas, sus estadísticas, sobre cómo mirar y cómo preguntar.
Me gusta transmitir conocimientos.
Y eso también se lo debo a mis mentores, Gonzalo López-Silvero y Rubén Mijares, que entendieron que el conocimiento no se guarda: se comparte. A veces pienso que hay quienes imaginan que yo siempre tuve 59 años. Que nunca fui joven. Que nunca tuve que demostrar que sabía. Que nunca tuve que abrirme paso.
Pero fui joven.
Y también vi pasar el tiempo.
Por eso hay algo que me cuesta entender: ¿por qué la juventud tendría que ser presentada como una virtud suficiente para desplazar a quien tiene más edad?
La juventud es maravillosa. Pero no es un mérito que uno pueda exhibir eternamente.
El tiempo pasa para todos.
Hace muchos años decidí que quería construir un nicho propio, un espacio que no dependiera de que alguien me concediera un lugar. Comencé a escribir, a investigar, a contar historias, a hablar de juegos, de jugadores y de las figuras que hicieron la historia del béisbol.
Y sigo aquí.
Mi vigencia no la determina mi edad.
Mi vigencia se renueva todos los días porque todos los días aprendo algo.
Y quizá esa sea una de las formas más eficaces de ser joven: conservar la curiosidad, hacerse preguntas, tener ganas de aprender.
Porque también existe otra forma de envejecer.
Creer que la juventud es eterna. Creer que la apariencia basta. Dejar de aprender porque pensamos que ya lo sabemos todo o que no hace falta el consentimiento.
Eso no es juventud.
Eso es estancarse.
Y estancarse se parece muchísimo a envejecer.
Yo prefiero seguir aprendiendo.
Seguir preguntando.
Seguir escribiendo.
Seguir contando historias.
Y, si puedo, abrirle la puerta a quienes vienen detrás.
No necesito que nadie me dé paso.
Yo ya encontré el mío.





