La música nos salva BACH TO VENEZUELA – Antonio Llerandi

Publicado en: Ideas de Babel

Por: Antonio Llerandi

No soy músico, es algo que no se me da, yo diría que lamentablemente, aunque por motivos no solo familiares mi esposa lo es sino por razones profesionales. He estado ligado toda la vida no solo con la música sino con extraordinarios músicos. En mis películas he trabajado con varios de ellos:  Vinicio Ludovic, Alejandro Blanco Uribe, Chuchito Sanoja, Miguel Ángel Fuster, Aquiles Báez y Gonzalo Grau. Y con las que produje, con otros tantos: Rubén Blades, Gerry Weil, Eduardo Marturet, Alonso Toro, Julio D´Escrivan, José Vinicio Adames, una ínfima parte de la inmensa camada de grandes intérpretes y creadores que ha producido, o más bien parido, Venezuela.

Vi un espectáculo —fue algo más que un concierto— encabezado por la excelente violinista Daniela Padrón (en la foto), acompañada de otros gigantes como ella, de esos que se crecen con un instrumento entre las manos: Henry Linares en el cuatro, Elvis Martínez en el bajo, José Gregorio Hernández en la percusión y Ernesto Laya en las maracas. Ya Daniela había hecho una aproximación entre la genialidad de Bach y la música venezolana, donde ambos se maridan de una forma excepcional y el resultado no puede ser calificado de otra forma que maravilloso. No puedo olvidar y debo añadir, el presentador por excelencia, César Miguel Rondón, esa cabecita pelona que tanto piensa y hace por todos nosotros y a quién tengo el honor de conocer desde cuando aún tenía cabellos y fui su profesor.

Ellos, los del concierto, a pesar de su grandeza, no son sino una pequeña muestra de esa otra gran nobleza, esa casta privilegiada regada a nivel mundial que son los músicos venezolanos. José Antonio Abreu, con quien siempre tuve una cierta aprehensión por sus procederes públicos y políticos, tuvo —y hay que reconocérselo— una visión acerca del potencial musical venezolano y desplegó todas sus capacidades relacionistas, incluso yo diría que hasta la humillación, para llevar adelante su proyecto llamado El Sistema, y lo logró, fue su gran obra, que afortunadamente multiplicó los talentos e hizo aflorar los dormidos o poco aupados por la vasta topografía venezolana.

Venezuela, ese país golpeado durante siglos, un territorio que yo llamo sparring, esa profesión, un poco incógnita, que consiste en ser una especie de boxeadores que se usan durante el entrenamiento de los profesionales en aras de una próxima pelea, y a quienes les pagan una miseria para ayudar a preparar a los verdaderos boxeadores. Venezuela es una especie de sparring mundial, una comarca que parece estar destinada por los dioses —por todos ellos— a llevar el coñazo parejo, a sufrir todos los golpes habidos o por haber, a recibir todas las heridas de los combates, las previas, las de durante e incluso las posteriores. Sospecho que a los sparrings de los combates boxísticos les darán una especie de tregua, de descanso, para prepararlos para la próxima práctica, pero a la Venezuela sparring ni eso, no dejan de golpearla. Si en el boxeo la pelea se divide en rounds para que a los contrincantes le echen una agüita, un fresquito para que se recuperen, a la Venezuela sparring, nanay, no la dejan rescatarse, incluso cuando se cae, en el mismísimo suelo la siguen golpeando.

Por todo lo anterior, y a pesar de que la Venezuela del exilio trata, como en toda ilusión, de hablar e incluso ponderar las maravillas del país, creo yo, y es posible que me lapiden por ello, que como país no tenemos nada, ni casi nadie, que signifique algo importante para la humanidad, pero afortunadamente, y es la bandera que todos deberíamos levantar, hay algo que nos distingue, que nos salva del olvido universal, incluso de la muerte misma, y ese algo es la música. La música venezolana y sus músicos son la única salvación que nos queda. Larga vida a la música venezolana.

 

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