Mi primer y único autógrafo

Fue el primer y único autógrafo que pedí en mi vida. Recién había cumplido 17, pero no fue un impulso juvenil el que me llevó a soportar la lluvia. Fue la certeza de que acababa de presenciar algo único. Garuaba esa noche en Caracas y para llegar al camerino había que salir del teatro y caminar a la intemperie hasta llegar a la calle posterior, donde estaba una especie de casita al margen de la majestuosidad del Municipal. Al llegar ya había unos cuantos melómanos en cola. Todos expertos mojados: “La sonoridad de los saxos”, “la precisión y color de los arreglos”, “el brillo de las trompetas”, “la exactitud de la sección rítmica”, “la elegancia del maestro”, “su economía en las teclas”. Todo era cierto: yo aprendía. Muchos años después, reflexionando sobre aquella noche iniciática, entendí que lo que en realidad me hizo procurar esa firma (verlo de cerca, conocerlo), fue descubrir el privilegio inigualable que deja –en eso que para no complicarme voy a llamar alma o espíritu– el duende en su expresión más pura y afilada. Si existía el Olimpo, me habían permitido asomarme para conocer a uno de sus habitantes. En la antesala, Paul Gonçalves, en mangas de camisa, hacía de improvisado portero con un portuñol ensalivado gracias a una pea feliz. ¿Te gustó el concierto?, preguntó mientras yo le agradecí sus maravillosos solos con el saxo tenor. El maestro, luego, me preguntó mi nombre, y, como todos los gringos de aquel tiempo, lo escribió en latín: Caesar. Como era el último en la fila, se levantó para despedirme. Vestía como aristócrata de telenovela, con robe de chambre y bufanda. Era tan alto que le llegué por el esternón. Con dedos de lagartija gigante había escrito a todo lo ancho del papel: Duke Ellington.

 

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