Por: Andreina Mujica
Cabrujas supo escribir desde el presente para la eternidad. La Venezuela que se nos venía encima estaría marcada por la censura, la crueldad y una polarización que toda realidad cubriría con la neblina de la insensatez.
Profundo es una de las piezas angulares de la dramaturgia de José Ignacio Cabrujas, no es tan solo una sátira costumbrista: es una autopsia cultural de la psique venezolana. No es una parábola del pasado, es casí un espejo dolorosamente profético, un terrible acierto de la actualidad.
Un país que queda deslumbrado con el petróleo y de un minuto a otro cambia de pobre a rico pero en titulares. Nunca se deja de ser pobre, pero se ven avances en esas primera dos décadas de construcción de una democracia y un país en progreso; sin embargo, hizo falta mucho mas, tenían que explicar desde el útero, como entender la riqueza petrolera y transformarla en educación politica, civica y definitivamente menos banal.
La tarde del miércoles estaba anunciada, con frío otoñal y traje de entretiempo. Como en la Venezuela de la época de Guzman Blanco, la gente aprovecho de vestirse para la ocasión, nos vestimos para Cabrujas. El cierre del ciclo de tres presentaciones en el teatro del Centro Cultural Casa de Vacas en pleno centro de El Retiro, el pulmón verde que une a Madrid, se dio con todo, sala llena y emociones que asomaban desde las butacas, nada más escuchar la voz de César Miguel Rondón ya nos une en un murmullo de reconocimiento.
Vamos a lo Profundo
Cabrujas sitúa la acción en una casa modesta donde una familia, guiada por visiones esotéricas y liderada por el patriarca Buey, emprende una tarea enloquecida: cavar un hueco en el suelo de la sala para sacar a un «entierro», esa supuesta botija o tesoro colonial que resolverá de un golpe todas sus miserias materiales y espirituales, en eso estuvimos durante años; ese hueco físico es, en realidad, la metáfora fundacional del rentismo, la ilusión providencial y el vacío institucional venezolano. Eso somos, y eso seremos sino logramos asimilar estos 27 años de locura, engaño y promesas absurdas repetidas de Chavez a Delcy pasando por el preso de Broklyn.
Venezuela no es el mejor país del mundo, aunque tengamos tal vez, las mayores riquezas de petróleo y el mejor buen humor del planeta (y uno que otro satélite por ahí perdido), toca asumir que ya para los años setenta estabamos creyendo en la riqueza fácil, en brujos y santos de toda índole. Resucitando cada cuanto la historia de un mesías que venía salvarnos y a distribuir la riqueza, ahora sí, entre la población.
Los personajes de Profundo no cavan por cálculo técnico ni método iracional de la Misión vivienda; cavan por fe ciega en un mandato casi litúrgico. Buey encarna la figura arquetípica del caudillo doméstico: autoritario, iluminado, capaz de exigir sacrificios absolutos a los suyos a cambio de una redención prometida que siempre se pospone, su hijo, el Manganzón (juro que tenía rato que no me reía tanto), parece ser una parte esencial en la familia venezolana. El artista y diseñador, Manuel González, quien asumió la producción general del ciclo junto a la actriz Catherina Cardozo, dirigió la primera pieza El Día que me quieras, al final temblaba él de la emoción por despedir el ciclo, Acto Cultural, la segunda lectura fue dirigida por Elio Palencia. Profundo, por Nathalia Martinez, quien al pedirle unas palabras de cierre, supo con una sola frase sellar la noche y bajar el telón: “La palabra es el trabajo” señalando al equipo.
Los actores Paula Woyzechowsky, Miguel Ferrari, Eloísa Maturén (Elvirita, que gran actriz), la escritora Mónica Montañes, ahora poniendo de manifiesto ante el publico ser una excelente comediante, Juan Carlos Gardie, Lourdes Martinez Downing, Arlette Torres, Kevin Jorges, actuaron como toda una familia de la sociedad cultural venezolana en Madrid, demostraron que están hechos de lo mejor del gentilicio y un absoluto respeto por la profesión.
En Profundo se sacrifica la estabilidad familiar, sus lazos y su presente para alimentar el relato del líder, convirtiendo la política en un acto de fe mística antes que en un ejercicio de ciudadanía, aunque reimos por ese fino humor Cabrujeano, lloramos la durisima realidad de lo que nos acontece, la revisión del universo Cabrujas debe ser materia obligada en ese futor cercano que es el ahora.
Esa imagen describe el proceso de demolición social que ha padecido Venezuela. La crisis económica e institucional no se produjo como una catástrofe ajena e instantánea, sino como una erosión lenta y cruel, que terminó por naturalizarse. Se normalizó la precariedad de los servicios, la fractura récord guinnes de la moneda, la desintegración del sistema judicial y el desarraigo de una diáspora que insiste en su regreso.
Profundo permanece como una advertencia implacable: cavar buscando una redención milagrosa solo conduce a destruir los cimientos de la casa compartida. Cabrujas entendió antes que nadie que el verdadero desafío nacional nunca fue encontrar el tesoro oculto bajo tierra, sino aprender, de una vez por todas, a construir sobre su superficie.
Probablemente le hubiese tocado emigrar por tener una voz valiente y sonora, lo que hace esa voz única es que quedandose en Venezuela también llena teatros en el extranjero.
Cuando un pais se funda sobre el disimulo, la dispersion de sus habitantes es solo cuestion de tiempo, “el trabajo es la palabra”, sin equipo, autocritica y comprensión no hay Venezuela posible. Vuelve a subir el telón, veremos como actuamos.







