El cataclismo ha demostrado quién manda en Venezuela realmente – Boris Muñoz

Los intereses de la Casa Blanca, de Machado y de los venezolanos están cada vez más desalineados. Y en tanto esto sea así, hay pocas esperanzas de lograr la transición democrática que la mayoría lleva años esperando

Publicado en: El País

Por: Boris Muñoz

Cifras del terremoto hasta este momento: 2.595 muertos, 12.400 heridos, 6.8 millones de afectados, 58.870 edificaciones dañadas, 189 estructuras colapsadas. Las heridas de Venezuela son profundas, están abiertas y a la vista del mundo. Nadie puede ignorar lo que ha pasado: un cataclismo en el corazón de un Estado fallido. Pero hay un dato adicional que no ha sido del todo valorado: no es solo un Estado fallido, sino uno tutelado por Estados Unidos, cuyos principales dirigentes son manejados desde la Casa Blanca. Y en medio de esto, a los venezolanos se les pide no politizar la tragedia, hacerla a un lado, mientras todas las decisiones políticas relevantes para el país se toman en Washington.

Esta semana, las consecuencias del protectorado se hicieron más patentes que nunca, cuando la Casa Blanca dejó claro que no apoya el regreso de María Corina Machado a Venezuela, adonde la Premio Nobel de la Paz y principal líder opositora intentó viajar sin éxito. La reciente filtración publicada por Axios hace aún más evidente la voluntad de Washington de cerrarle el camino, al calificar su esfuerzo como “un oportunismo grotesco” que refleja el “deseo de sacarse una foto repartiendo la ayuda estadounidense”. En inglés existe una expresión para esto: añadir insulto a la herida.

El tres de enero, tras la captura de Nicolás Maduro, el presidente estadounidense ya había herido seriamente a Machado al asegurar que carecía del respaldo y el respeto de los venezolanos. La líder no tuvo otro remedio que lamer sus heridas y entregarle su medalla del Nobel, un gesto que muchos interpretaron como un acto de sumisión. Pero ahora ha ido mucho más lejos: no solo ha bloqueado su legítimo intento de regresar, sino que le ha soltado sus perros de presa para que la destrocen moralmente, disuadiéndola de volver a su tierra asolada por la mayor tragedia natural de su historia.

Detrás de este empeño hay una oscura madeja de intereses particulares en torno a Trump. Miembros de su entorno parecieran estar más preocupados por su lucro personal que por el bienestar de los venezolanos, y para eso necesitan que Delcy Rodríguez, quien sigue directamente la línea de la Casa Blanca, opere sin restricciones. Es el statu quo que Trump prefiere y hará todo lo necesario para mantener, aunque eso signifique prolongar la vida del régimen que los venezolanos rechazan de manera abrumadora.

Machado no ofrece esas garantías. De ahí el empeño por sacarla del camino y preservar al Rodrigato, la junta que ella encabeza junto a su hermano Jorge y Diosdado Cabello. Los intereses de la Casa Blanca, de figuras republicanas con agenda propia como el secretario de Estado Marco Rubio, los de Machado y los de los venezolanos están cada vez más desalineados. Y en tanto esto sea así, hay pocas esperanzas de lograr la transición democrática que la mayoría lleva años esperando.

La tragedia, pues, ya está politizada. Se politizó desde afuera y contra los venezolanos. La pregunta no es si politizarla, sino quién la politiza y para qué.

A nueve días del doblete sísmico hay tres cosas claras. Primera, la respuesta del Gobierno, aun con la abundante ayuda internacional, ha sido tardía e insuficiente. Segunda, la respuesta de la población al vacío del Estado ha sido generosa y espontánea, pero también desordenada y limitada. Tercera, la frustración se ha ido transformando en desesperación y rabia a medida que pasan las horas y menos personas vivas son rescatadas.

En ese contexto, la emergencia presenta una ventana de oportunidad para configurar un nuevo país. La sociedad civil que ha brindado apoyo a miles de víctimas necesita coordinación e instituciones capaces de sostener ese esfuerzo cuando los recursos empiecen a mermar, como sucede en este tipo de tragedias. Machado ha dicho que quiere regresar a Venezuela para acompañar a las víctimas en este momento de duelo colectivo. Es un propósito encomiable e indispensable, pero también debe regresar para ayudar a organizar a una población que el Estado abandonó hace ya mucho.

Y es ella, entre la dirigencia opositora, quien tiene el mandato para hacerlo. En el triángulo formado por Trump, Rodríguez y Machado, es la única figura con un respaldo popular verificado: el 93% de los votos en las primarias opositoras de 2023, las actas del 28 de julio de 2024 —reconocidas por organismos internacionales y jamás refutadas con pruebas por el chavismo— y un reconocimiento externo inconvertible: el Nobel de la Paz 2025. Las encuestas independientes más recientes le atribuyen además un 55% de imagen positiva (su popularidad, sin embargo, no está blindada y podría desgastarse rápidamente si no produce resultados). Mientras tanto, el respaldo a Trump en Venezuela se ha desplomado 45 puntos en apenas tres meses, precisamente durante el período en que apostó por Rodríguez contra el criterio de los propios venezolanos.

El papel de Machado debería ser muy concreto: regresar a Venezuela para acompañar el duelo, apoyar la reconstrucción y negociar la transición. De lo contrario, ella misma quedará varada en el limbo donde la metió el dictado de Trump de no volver, y la oposición estará cayendo, voluntaria o involuntariamente, en un juego perverso: dividir el liderazgo unificado logrado en la cumbre de Panamá y marginar a Machado para sostener al Rodrigato.

Las semanas que vienen serán decisivas. La Casa Blanca y el Rodrigato buscarán cimentar su alianza a como dé lugar. Si lo logran, los venezolanos quedarán sometidos a un gobierno títere, sin capacidad de incidir en las decisiones estratégicas que definirán su futuro.

Para evitar ese desenlace nefasto, hay que politizar la emergencia desde los intereses de los venezolanos. Estados Unidos ya movió sus piezas para garantizar sus intereses. Que quede claro: politizar no es partidizar, ni es el amarillismo catastrofista con el que algunos quieren convertir cada cadáver bajo los escombros en munición contra el gobierno. Es exactamente lo contrario: es exigir que la política, toda ella, responda a las necesidades de los venezolanos y no a los intereses de Trump.

Ese mandato es lo que le da a Machado el lugar para encabezar la articulación. Pero sería un error grave que lo convirtiera en capital electoral propio. El movimiento que Venezuela necesita es más ancho que cualquier liderazgo individual: debe incluir a los partidos de oposición, que tendrán que deponer sus disputas internas; a la potente diáspora venezolana; al empresariado; a las organizaciones no gubernamentales que ya operan sobre el terreno; a urbanistas, ingenieros y especialistas en gestión de emergencias; y a los cientos de miles de venezolanos que en estos nueve días han demostrado la capacidad de respuesta que al Estado le faltó.

La reconstrucción no puede ser solo política ni solo técnica: tiene que ser ambas, y eso exige una coalición que combine legitimidad popular, competencia técnica y capacidad de negociación con actores nacionales e internacionales, incluido el propio gobierno. Sería ingenuo creer que esto puede lograrse sin un acuerdo mínimo viable entre el gobierno y la oposición, avalado por Estados Unidos. Pero trabajar con el Rodrigato no implica legitimarlo: implica extraerle los recursos para crear los espacios institucionales que Venezuela necesita para sobrevivir. Machado también tendrá que persuadir a Trump de que oponerse a la voluntad de los venezolanos lo deja en el lado equivocado de la ecuación. Y si él insiste en marginarla, ella tendrá que desobedecerlo y desafiar al Rodrigato en su propio terreno. No tendrá otra opción. De lo contrario, perderá buena parte del apoyo popular ganado en buena lid.

Venezuela ya vivió este dilema. Después de la tragedia de Vargas en 1999, la reconstrucción fue secuestrada por la agenda política del chavismo naciente. Tras la emergencia ni siquiera se integraron las recomendaciones de los urbanistas que advirtieron sobre el riesgo de reconstruir sobre las mismas quebradas. Miles de familias volvieron a vivir donde no debían.

La diferencia entre politizar la emergencia a favor de los venezolanos y convertirla en instrumento de control está en mantener a los expertos, a la sociedad civil y a las comunidades afectadas dentro de las decisiones estratégicas. Si ese espacio no se conquista ahora, cuando el mundo tiene los ojos en Venezuela, no se conquistará después, cuando las cámaras ya se hayan ido.

 

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