Puesto que no saben proponer un mejor futuro, las derechas autoritarias se contentan con prometer un mejor pasado
Publicado en: El País
Por: Juan Gabriel Vásquez
Parece que estuvo en Atenas el señor Marco Rubio, secretario de Estado del Gobierno más despreciable de Occidente, e hizo lo que tantas veces antes lo hemos visto hacer: el ridículo. Parece que estaba a tiro de piedra del Partenón y de la Acrópolis cuando soltó un discurso, megalómano y anacrónico a partes iguales, para decirles a las naciones occidentales que es tiempo de recuperar la grandeza perdida: “El rumbo que tomemos determinará si Occidente mantiene su posición de liderazgo en el mundo o se resigna a un futuro de atrofia, servidumbre y declive. O decidimos actuar ahora, o perderemos”. Parece que entonces se refirió a los antiguos griegos, hombres que sabían “que no hay nada egoísta ni equivocado en ser leales a su nación, o en luchar para defender sus intereses por encima de todo… Creían –con firmeza– en el ideal del ‘gran hombre’: el individuo excepcional que alcanza la inmortalidad mediante sus propias acciones”. La mera sospecha de que Rubio haya estado pensando en Donald Trump –el “gran hombre” que lo humillaba llamándolo “pequeño Marco”– me llena de escalofríos.
El discurso se enmarcó de inmediato en esa retórica tan popular entre la nueva extrema derecha: Occidente está en decadencia; Occidente debe enorgullecerse de su pasado imperialista y colonialista; Occidente no tiene por qué sentir culpa ninguna por los excesos cometidos; Occidente debe temer que la inmigración descontrolada conduzca a la desaparición de la civilización occidental (entiéndase: blanca y cristiana). En otras palabras, hizo lo que vienen haciendo estas nuevas derechas autoritarias desde hace unos años: puesto que no sabrían ni siquiera cómo comenzar a proponer un mejor futuro, se contentan con prometer un mejor pasado. Están todos a punto de entonar el “white man’s burden” de Kipling, la carga del hombre blanco. Es un poema de 1899: el año, justamente, en que Joseph Conrad publicaba El corazón de las tinieblas y de un plumazo echaba por tierra las ilusiones de la virtud colonialista. Pero no sé si Marco Rubio haya leído El corazón de las tinieblas.
En cuanto al asunto puntual de los demonios de la inmigración, que Rubio había puesto ya en el centro de todos los males durante un discurso de hace unos meses, no guardo esperanzas de que el patético enviado de Trump cobre conciencia de la enorme ironía de su caso: un inmigrante cubano que despotrica, desde las posiciones de poder, contra la inmigración; un inmigrante latinoamericano que es artífice o cómplice de la persecución más violenta y cruel que han sufrido los inmigrantes latinoamericanos en la historia reciente de Estados Unidos. Pero así es: bajo el régimen de Trump, los latinos –los latinos como es latino Marco Rubio– son víctimas de un ejército paramilitar de gente encapuchada que mata impunemente en las calles o que arresta sin garantías y deporta a los arrestados a terceros países. Tan grave es el asunto que hasta los fanáticos trumpistas de la Florida han comenzado a decir que tal vez a la Administración se le esté yendo la mano, y hay más de un votante de Trump que ha sufrido en carne propia la persecución, la separación familiar, la desaparición de un ser querido en el vientre sin fondo de las cárceles trumpistas. Ahora, cuando la represión les toca de cerca, ya no les parece que esté del todo justificada. Se han dado cuenta demasiados muertos demasiado tarde, es verdad. Pero más vale tarde que nunca.
Pero vuelvo a la ironía de lo que podríamos llamar el caso Rubio. Y es ésta: ahora mismo hay en algún lugar de Estados Unidos alguien que opina, como opinaba Samuel Huntington en 2004, que la inmigración latinoamericana es la mayor amenaza para la identidad de los Estados Unidos. No sé si recuerden los lectores la controversia, pero aquel Huntington sostenía que los latinos (sí, latinos como es latino Marco Rubio), al contrario que otros inmigrantes, no se asimilarían nunca a los valores anglosajones y protestantes del país, y acabarían por dividirlo en dos pueblos con dos culturas y dos lenguas. Por esos años, que ya pertenecen a otro mundo, el periodista Jorge Ramos publicaba una especie de respuesta involuntaria o indirecta a Huntington: La ola latina. Cómo los latinos elegirán al próximo presidente. Luego vino Obama, y yo recuerdo haber pensado: Jorge Ramos tenía razón. No hubiera podido saber, como sabemos todos ahora, que los latinos también elegirían con el tiempo a Donald Trump. Quizás Marco Rubio es la mejor prueba de que los latinos sí pueden asimilarse, tal vez no a los valores anglosajones y protestantes, pero sí a los valores del actual Partido Republicano: hacia adentro, la xenofobia como política de Estado, la desaparición del habeas corpus, la ética del matar-primero-y-preguntar-después; hacia fuera, el imperialismo de nuevo cuño y una forma de nostalgia colonialista que se parece demasiado al supremacismo blanco.
Eso es lo que vino a hacer Rubio en Atenas: vindicar ese colonialismo e incluso, porque lo uno no va sin lo otro, el derecho a la violencia. Las naciones, dijo, deben tener “la capacidad de recurrir a la fuerza cuando la prudencia y la diplomacia fallan”. Eso dijo el secretario de Estado de ese país que ha hecho lo posible por romper las mesas de todas las diplomacias, chantajeando y amenazando a sus socios de toda la vida o agrediendo o protegiendo a agresores en todas partes del mundo; eso dijo el secretario de Estado del país que ha incendiado el mundo con una guerra completamente opcional en Irán después de humillar a Zelenski en la Casa Blanca. Marco Rubio elogiaba a los constructores de imperios como Alejandro Magno o Hernán Cortés, y en cierto momento comencé a preguntarme dónde había oído ese tono antes. ¿Dónde había oído esa retórica traída de otros tiempos? Y entonces lo recordé: era en Nostromo, la novela de Joseph Conrad sobre la intervención voraz de Estados Unidos en una república de América del Sur que en la novela se llama Costaguana. Nostromo cuenta la historia de una mina de plata, de los intereses que la rodean y del caos político y social que provocan esos intereses, y en algún momento del desorden aparece un millonario norteamericano, un tal Holroyd, y se permite un pequeño discurso que no desentonaría en el gabinete trumpista:
“Hasta el mismo Tiempo habrá de plegarse a la voluntad del país más grande que ha existido en este universo de Dios”, dice. “Mandaremos la parada en todo: industria, comercio, leyes, periodismo, arte, política y religión, desde el cabo de Hornos hasta el estrecho de Smith, y también más allá, si resultara que en el Polo Norte hay algo de lo que valga la pena apropiarse. Y luego nos sobrará el tiempo para echar mano de las islas y los continentes más alejados de la Tierra. Controlaremos los negocios del mundo, lo quiera el mundo o no. Nada puede hacer el mundo para evitarlo. Ni tampoco nosotros”.
Me encanta eso del Polo Norte y la posibilidad de que haya allí algo de lo que apropiarse: ¿habrá leído Nostromo la gente de Groenlandia? Siguiente pregunta: ¿lo habrá leído el Gobierno danés antes de aceptar el acuerdo de seguridad de hace unas semanas, que le permite a Estados Unidos una presencia militar en la isla demasiado parecida a una ocupación? Última pregunta: ¿lo habrá leído Marco Rubio, acaso después de leer El corazón de las tinieblas?
Juan Gabriel Vásquez
Nació en Bogotá, Colombia, en 1973. Es autor de siete novelas, dos libros de cuentos, tres libros de ensayos, una recopilación de escritos políticos y un poemario. Su obra ha recibido múltiples premios, se traduce a 30 lenguas y se publica en 50 países. Es miembro de la Academia colombiana de la Lengua.

