El mundo parece haberse puesto del revés: Estados Unidos legitima a Delcy y frustra todos los intentos de Machado por retomar la defensa de las causas que la condujeron a Noruega
Publicado en: Carlos Granés
Por: Carlos Granés
La imagen que nos deja la Asamblea General de la ONU es una prueba más del desorden que rige el mundo. Delcy Rodríguez, cuyo historial delictivo al frente del Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional merecería un juicio en la Corte Penal Internacional, y cuya afiliación ideológica al chavismo antimperialista debería despertar algún recelo, al menos cierta incomodidad en la Casa Blanca, se pasea impune por Nueva York con el desparpajo de quien se sabe respaldada por Donald Trump, mientras a María Corina Machado le impiden el ingreso a su país.
Recordemos lo que pasó hace nueve meses, antes de que la Fuerza Delta de Estados Unidos extrajera a Maduro de Caracas y cuando María Corina aún tenía el respaldo de Estados Unidos. Para llegar a Oslo a recoger el premio Nobel de la Paz, un justo reconocimiento a su lucha por la libertad y la democracia en Venezuela, primero se vio obligada a dejar su escondite caraqueño, a burlar la vigilancia de los servicios represivos de Maduro y a lanzarse al Caribe en una barca durante diez largas horas, algunas de ellas sin señal de GPS, hasta que finalmente llegó a Curazao. El haberse perdido en altamar le impidió estar a tiempo en la ceremonia de entrega, pero en todo caso llegó y dejó constancia de que había podido emprender esa riesgosa travesía gracias a la colaboración de Estados Unidos.
Pero ahora que las cosas han cambiado y el mundo parece haberse puesto del revés, Estados Unidos legitima a Delcy y frustra todos los intentos de Machado por retomar la defensa de las causas que la condujeron a Noruega. Como contó en exclusiva para este diario el corresponsal en Washington, David Alandete, Machado y su equipo intentaron entrar a Venezuela desde Panamá el pasado 21 de septiembre hasta en tres ocasiones. Primero, por vía marítima, contratando un barco que debía cruzar el canal y que a última hora reportó un fallo técnico. Luego, por vía aérea, hasta que se supo que Machado y su comitiva tenían un avión listo para despegar hacia alguna isla del Caribe y las autoridades de Aruba y Curazao advirtieron que no podrían aterrizar en sus aeropuertos.
Lo más significativo es que, como también revela Alandete en su exclusiva, estos tres intentos se suman a otros cuatro previos que tampoco llegaron a buen puerto. Y siempre –es lo que se puede intuir– por la acción o inacción de Estados Unidos. Aunque Trump había dicho que Machado es libre de regresar a Venezuela cuando quiera, en la práctica da la impresión de que las compañías comerciales y los gobiernos de la zona prefieren hacer todo lo posible para impedir que lo consiga. Es otra de las imágenes desconcertantes que nos dejan estos tiempos absurdos: Machado tuvo que evadir el control de Maduro para salir de Venezuela, y ahora parece que tendrá que evadir el control de Trump para entrar de nuevo.
Los cambios en la actitud del Gobierno estadounidense con respecto a María Corina y a la democratización de Venezuela tienen de fondo los pozos petroleros. La palabra que más se menciona hoy en el entorno de las consultoras internacionales es ‘pragmatismo’, y en Washington eso significa privilegiar el control autoritario a la estabilidad democrática. Trump y Marco Rubio usan esa palabra, ‘estabilidad’, ‘fase de estabilización’, pero en realidad no están estabilizando nada; todo es una artimaña lingüística. Un país se estabiliza cuando hay Estado de derecho, instituciones legítimas y ciertas garantías jurídicas que permitan hacer inversiones a largo plazo; cuando la ley no es arbitraria y los tribunales operan con imparcialidad, y cuando los ciudadanos no están expuestos a la intimidación de colectivos parapoliciales y de los servicios de inteligencia. Lo que está ofreciendo Trump a los inversores, al menos por ahora, es control autoritario, la garantía de que mientras él y Delcy estén en el poder podrán invertir y ganar mucho dinero en Venezuela.
En este escenario, la política se convierte en un incordio. Y Machado, precisamente porque tiene el favor de gente y capacidad para mover la calle, organizar protestas y dar titulares en la prensa estadounidense que enfríen el clima inversionista, en un agente disruptivo. Es verdad que hay una negociación en curso entre el hermano de Delcy, Jorge Rodríguez, y Dinorah Figuera, representante de la Asamblea Nacional de 2015, que busca formar un Tribunal Supremo de Justicia y un Consejo Nacional Electoral independientes, pero es imposible no tener la sensación de que Estados Unidos podría hacer mucho más por acelerar una transición en Venezuela.
Hay, además, serias razones para tomar con pinzas las mesas de negociación planteadas por el chavismo. Todas ellas, sin excepción, han sido usadas para ganar tiempo, apaciguar el malestar ciudadano y dividir a la oposición política. Delcy quiere que se levanten sanciones y se descongelen recursos en el exterior; Figuera, que se hable de jueces y elecciones. Pero si la situación económica mejora y el régimen se afianza sin que se den avances democráticos, se estará repitiendo el guion de siempre y el futuro de la libertad en Venezuela quedará en suspenso.
El problema es que por ahora eso importa menos. Nicolás Maduro está encerrado en una prisión federal a sólo 15 kilómetros de la sede de la ONU, Delcy Rodríguez firma sin protestar todos los papeles que Trump le pone por delante, y en lugar de puños en alto y soflamas antiimperialistas hay una complaciente sumisión al trumpismo. ¿Qué dice la izquierda internacional? Nada. Por el momento está más preocupada luchando contra el fascismo y el sionismo, y hasta Pedro Sánchez, la nueva imagen global del antitrumpismo, saluda a Delcy en el hemiciclo de la ONU. Venezuela es ahora como Belice o Surinam: un país del que no se quiere hablar. Tampoco lo hace la nueva derecha nacionalista, que juega a lo mismo. Milei, Noboa, Bolsonaro y De la Espriella aceptan sin chistar que viejos comunistas sigan gobernando y que la soberanía venezolana esté más perforada que sus campos petroleros.
La causa de la democracia ha dejado de ser la prioridad en este mundo desordenado, y ni la izquierda populista e iliberal –tan conflictiva y ruidosa cuando quiere– ni la derecha iliberal y populista –tan incorrecta y celosa de la identidad y las fronteras– parecen interesadas en que vuelva a imperar en Venezuela. La imagen de Trump y Delcy en Nueva York del 22 de septiembre, los dos sonriendo, ella haciendo la ‘V’ de la victoria y él con el pulgar extendido, sintetiza ese acuerdo entre los extremos políticos. Mientras siga vigente, María Corina y la democracia serán los intrusos que habrá que mantener a raya en Panamá.





