Un Estado acostumbrado a reprimir y abusar es incapaz de salvar de la muerte a sus propios ciudadanos
Publicado en: ABC
Por: Karina Sainz Borgo
Venezuela, un país bendecido por los dioses y azotado por los mortales. Emplazada en una zona de alta actividad sísmica en la que chocan dos grandes placas, la del Caribe y la Suramericana, posee una continua actividad geológica, algo que ha contribuido a formar sus montañas y a concentrar recursos naturales como petróleo, gas, hierro y oro, pero que ha servido también como una trampa mortal para sus habitantes. Ciudades como Caracas, Mérida, Barquisimeto, Cumaná y San Cristóbal han padecido las más furibundas embestidas de la naturaleza, todas ellas con una lectura política y simbólica.
El terremoto del 26 de marzo de 1812 tuvo un peso decisivo tanto en la historia política como en el imaginario de la independencia venezolana. Ocurrido en plena Primera República, provocó cerca de 20.000 muertos, desorganizó el Ejército y las finanzas del Gobierno patriota. Los realistas y buena parte del clero lo presentaron como un castigo divino por la rebelión contra la monarquía española. Frente a esa lectura providencialista, Simón Bolívar convirtió la catástrofe en un símbolo de resistencia: «Si la naturaleza se opone, lucharemos contra ella y haremos que nos obedezca». El desastre, a su juicio, no provenía de un juicio divino y propuso la primacía de la voluntad política sobre la fatalidad, una falacia que más de doscientos años después revela la misma verdad: al pueblo, cuando se hunde, nadie lo ayuda; al pueblo, como a las ruinas, nadie lo recompone.
El terremoto de Caracas de 1967, que causó centenares de muertos y graves daños en infraestructuras, marcó un punto de inflexión en las políticas de prevención sísmica. Sin embargo, tanto la tragedia ocasionada por el terremoto de Cariaco, en 1995, como el deslave de 1999 pusieron de manifiesto una realidad incontestable: la inmensa soledad ciudadana. La tragedia de Vargas de 1999 fue provocada por lluvias extraordinarias, pero su impacto se agravó por décadas de urbanización en zonas de alto riesgo, la falta de planificación y la ausencia de una evacuación eficaz. El desastre coincidió con un momento de gran tensión política: mientras el país se preparaba para el referéndum constitucional promovido por Hugo Chávez el 15 de diciembre de 1999, las lluvias ya causaban graves daños. Más de 10.000 personas perdieron la vida. Hoy, más de 25 años después y cumplidos seis meses de los bombardeos de Estados Unidos, la soledad de los venezolanos es aún mayor. La ineficacia de un Estado acostumbrado a reprimir y abusar es incapaz de salvar de la muerte a aquellos a los que la Revolución ya convirtió en fantasmas.





