Volver a Venezuela trae alegría, pero exige mirar a una nación dolida. Imaginar un futuro viable no requiere solo resiliencia, sino la lucidez y valentía de quienes aún creen que tienen en sus manos el destino del país
Publicado en: El País
Por: Luz Mely Reyes
I. El retorno y el duelo del territorio
Por primera vez desde 2018 pude regresar a Venezuela sin el riesgo de ser detenida arbitrariamente. En estos días de agosto, todo el mundo me hace las mismas preguntas: ¿cómo veo al país?, ¿cómo leo los signos políticos?, ¿cómo me he sentido? Mis amigos dicen que luzco plena, que sonrío con los ojos y que mi piel se ve radiante. Y sí: volver me ha hecho profundamente feliz.
Apenas se abrió la puerta del avión y vi que había una escalera, empecé a bajar con las ganas de besar ese suelo. No lo hice. Le di un beso espiritual. Al salir, vi que había un arcoíris. Me acordé de la promesa que hizo Dios a los humanos luego del Diluvio, la promesa de que nunca más intentaría acabar con la humanidad.
Mientras pasan los días y recorro la ciudad, visito la zona cero del doble sismo del 24 de junio y convivo con la cotidianidad; mis sentimientos oscilan entre la alegría, la tristeza, la rabia y un deseo infinito de que cese el sufrimiento de millones de venezolanos.
Este solazo, la mole de verdores que es El Ávila, los sabores típicos me iluminan el alma. En este retorno se activa mi “sabiduría del cuerpo del Caribe”, como describió alguna vez García Márquez.
Hice la promesa de no quejarme. Toleré estoicamente las oscilaciones eléctricas en la terminal aérea de Valencia, que anularon el aire acondicionado. Es un aeropuerto ubicado a unos 180 kilómetros de Caracas. De camino a mi casa, pasé por Maracay, una ciudad sumida en franjas de oscuridad por la falta de electricidad. Algunos edificios tenían paredes desprendidas por la fuerza de los sismos.

Llegué a mi apartamento en el centro de Caracas y, afortunadamente, solo tenía rasguños. Sin embargo, los ascensores no funcionaban durante los primeros días. Tomé la escalada diaria de diez pisos como mi cuota de ejercicio.
Mi felicidad empezó a convivir con una constatación incómoda: no es lo mismo lanzar un insulto a la distancia, cada vez que hay un corte de electricidad, o que el sueldo no alcanza, que ver cómo la mayoría de los venezolanos vive una precariedad prolongada.
II. Economía de la cotidianidad: un país detenido y envejecido
Donde vivo, el agua corriente llega dos veces a la semana. En mi cocina hay un pipote de plástico para el aseo diario; compro agua embotellada para lavarme los dientes. Es una medida preventiva. A diferencia de los años del hambre entre 2016 y 2019, y de la economía de bodegones postpandemia, hoy en los supermercados hay cualquier producto alimenticio.
Los precios están en dólares, pese a que la moneda oficial es el bolívar. Desde 2019 rige una dolarización de facto. En este sistema multimoneda tan informal, algunos comercios fijan sus tasas según el euro. Cambié 50 dólares y recibí un fajo de billetes de 100 bolívares que ocupa un espacio importante en mi mochila. Los uso para el transporte público: el pasaje cuesta 190 bolívares, pero como no hay monedas para el cambio, dejo dos billetes.
Al subir a una buseta de más de 30 años de uso, noto que la mayoría de los usuarios son adultos mayores. En el centro de Caracas abundan los cabellos canosos y los rostros arrugados; lo mismo pasa en bares populares. Venezuela perdió su bono demográfico con la migración. Ahora somos un país donde se ven muchos niños sin padres y ancianos sin hijos.
En trece años se ha vivido todo lo que un país puede vivir en un siglo: la muerte de un presidente, la instalación de una dictadura, hiperinflación, el desplazamiento de más de ocho millones de personas, apagones prolongados, escasez de alimentos, un fraude electoral superlativo, terrorismo de Estado. Y en los últimos siete meses, la extracción de un presidente de facto en una operación armada de Estados Unidos, la declaratoria de intervención y una suerte de anexionismo. Y para rematar cruelmente, un doble terremoto que ha dejado miles de muertos y de desaparecidos.
En este espacio, hay, sin embargo, ciertos contrastes: cafés fancy donde un chai latte cuesta siete dólares y ofrecen internet de alta velocidad por hora y media; en Chacao llegó la tendencia hipster; en La Candelaria, tascas y restaurantes de herencia española han resistido; en otros lugares la noche ha empezado a resurgir. Hay zonas donde se reúnen aspirantes a empresarios y amigos que sueñan con un futuro mejor en un país donde, estructuralmente, casi nada ha cambiado.

Como la necesidad es la madre de todos los inventos, al no haber crédito bancario, un grupo de jóvenes creó una plataforma que permite comprar en cuotas. Toda la ciudad está llena de pendones y publicidad de esta aplicación, cuyos creativos parecen tener un agudo humor negro: en algunas vallas juegan con el nombre Cashea y la acción policial de “cachear”.
En este último mes la cotidianidad busca abrirse camino, en medio de un duelo brutal.
III. Retorno a La Guaira: una herida cruda
En las “zonas cero” del litoral central, al este y al oeste, donde se produjo la mayor devastación del doblete sísmico, hay desolaciones que ni la mejor crónica logra reflejar.
Los balnearios están vacíos, mientras que las carpas a orillas de algunas playas están llenas de refugiados. Luego de cincuenta días de la catástrofe, en las afueras de edificios desplomados hay personas que siguen buscando los restos de sus familiares. La cifra de muertos supera las 6.300 personas. En las últimas semanas, las actualizaciones se han espaciado. Por el olor en algunas zonas, se presume que aún yacen cuerpos bajo los escombros.
“En ese edificio queda aún una muchacha que nadie sabe quién era”, me dice Gabriel, un hombre que resguarda una casa en Caraballeda, donde alguna vez hubo un Sheraton y un Meliá, ambos desmantelados en plena debacle económica. Me pregunta si puedo ayudarlo a conseguir una “pluma”, una maquinaria para mover unas columnas que amenazan con caer sobre su techo.
Aquí colapsaron varios multibloques donde vivían cientos de personas. Los edificaron entre 2011 y 2012 en una de las iniciativas más ambiciosas y opacas del gobierno de Chávez: la Misión Vivienda. Algunas parcelas donde se erguían edificios han sido despejadas. Los escombros, que pueden esconder pistas de tanto derrumbe, son llevados quién sabe a dónde.
Voy a una zona que fue la última que visité antes de salir de Venezuela sin boleto de retorno. Allí hay un conjunto habitacional popular que lleva el nombre de Hugo Chávez. Lo construyó una empresa turca. Son unos 120 bloques de cinco pisos, con ventanas blindadas para el frío. Tras el terremoto, las plantas bajas recuerdan cigarrillos aplastados y a medio fumar.

Al mirar la ruina, no me queda ninguna duda: Chávez está muerto. Aunque, por distintas zonas, una nueva tanda de propaganda oficial cubre las paredes con murales y grafitis bajo un nuevo lema de la dictadura: Venezuela renace.
La destrucción del litoral exhibe la magnitud del desastre y la fragilidad de un país obligado a sobrevivir sin descanso.
IV. Posdata: ternura y ambivalencia
En medio de estas jornadas, la ternura se convirtió en un gesto diario de resistencia frente a la adversidad. Los amigos que te van llevando por toda la ciudad, el que te prepara café o un pisillo de cazón. Esos gestos —y muchos más— me abrazaron en esta visita a Venezuela.
Uno de los pocos cambios que persiste es la reducción de la sensación de inseguridad. La gente camina sin esconder el teléfono móvil.
Caracas, sin embargo, no ha cambiado casi nada desde mi última visita. Era 2023 cuando debí salir definitivamente al exilio. Lo que he visto me deja con impresiones encontradas: por una parte, un país que se niega a morir aunque varias veces ha estado en crisis terminal; por la otra, un país de gente mayor, con cuerpos agotados, y en medio una gran brecha entre quienes pueden pagar un café de cinco dólares y quienes reciben como máximo un ingreso mensual de unos cincuenta.
Por una parte, siento una alegría que ha hecho que hasta mi piel luzca rejuvenecida; por la otra, siento algo que llega por ráfagas tenues: la impresión de estar ante una sociedad que quiere gritar “ya basta”, pero que aún no puede hacerlo.
Me pregunto hasta cuándo se hablará de resiliencia, cuando lo que noto en algunos es un deseo de quebrarse y no sentir culpa por eso.

Caracas y Venezuela siguen en pie, con gente que tomó la decisión de seguir siendo cálida y digna. Con miles de personas que intentan reconstruir sus vidas. Mi sensación es rara. Le escuché a alguien decir “escampó, pero todo sigue empapado”, y le encuentro sentido.
Volver me hizo feliz, sí, pero también me obliga a mirar a un país que ha sufrido demasiado. No basta con aferrarse al clima, al paisaje o a la ternura cotidiana: toca imaginar un futuro posible. Y para eso necesitamos más que resiliencia; necesitamos la lucidez y la valentía de quienes aún creen que tienen en sus manos el destino del país.





