En toda la historia del chavismo no había habido una imagen que expresara con tanta claridad el acercamiento entre Venezuela y Estados Unidos como la que se sacaron Delcy Rodríguez y Donald Trump en Nueva York
Publicado en: El País
Por: Boris Muñoz
Hay fotos que duele ver. La que muestra a Delcy Rodríguez con Donald Trump es una de ellas. Ambos mandatarios les hacen señales a sus seguidores. Trump, con el pulgar erguido, uno de sus gestos más populares; Rodríguez, con una V que, según los intérpretes, puede significar cualquier cosa, desde la V de la victoria y la V de la firma de Chávez hasta la V de vete al carajo; a quién se la dedicaba es otro tema. Pero más allá de los gestos, la foto vale sobre todo como documento.
En toda la historia del chavismo no había habido una imagen que expresara con tanta claridad el acercamiento entre Venezuela y Estados Unidos. Ni siquiera el apretón de manos casual entre Chávez y Obama en la V Cumbre de las Américas, en Trinidad y Tobago, en 2009, llegó tan lejos. No la había habido por una razón: pese a los múltiples lazos entre las dos naciones, en las últimas tres décadas sus gobiernos no han sido amigos, sino adversarios políticos e ideológicos. Por eso, la foto del Hotel Palace de Nueva York quedará para la historia como el testimonio de un acercamiento sin precedentes.

Pero esa será solo la primera lectura. Lo que verdaderamente importa es lo que la imagen no muestra, oculta o deja implícito. En un plano político, la bienvenida a Rodríguez como interlocutora reconocida por la Casa Blanca y, por lo mismo, la certificación del statu quo que ha ido configurándose desde la captura de Nicolás Maduro el 3 de enero. En un plano económico, la entrega definitiva y a perpetuidad de buena parte del petróleo venezolano a Estados Unidos a través de una asociación corrupta, fraguada en las sombras entre los gobiernos de ambos países y el cuestionado empresario Alejandro Betancourt y su compañía, North American Blue Energy Partners (Nabep).
En su discurso ante la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas, Trump había reiterado que no tolerará desafíos a su voluntad imperial en el hemisferio. Mientras repartía amenazas a diestra y siniestra, tampoco se privó de pronunciar su nueva frase favorita, una que repite con regusto casi lascivo: “Al vencedor pertenecen los despojos”; es decir, quien gana se lleva todo. Y en el caso de Venezuela, esos despojos son las mayores reservas petroleras del planeta.
El encuentro que capta la foto se llevó a cabo a puertas cerradas. Supuestamente, se trató de “avanzar una agenda de cooperación en áreas estratégicas como energía, minería y seguridad”. En realidad, lo que el mandatario estadounidense más quiere es estabilidad para los grandes negocios que, junto con su círculo de multimillonarios amigotes y donantes, está iniciando en Venezuela.
Delcy la garantiza con su obediencia absoluta. A cambio, obtiene lo que más desea: más tiempo en el poder. Esa es la expresión más cruda del llamado “win-win” que tanto les gusta ofrecer a los hermanos Rodríguez. Con esas coordenadas, no cuesta trabajo especular sobre lo que se habló. Trump seguramente ordenó: “Drill, baby, drill!”. A lo que Delcy, muy hábilmente, respondió: “Yes, sir!”. Detrás de las cámaras, Alejandro Betancourt y otros petroleros esperaban para celebrar la consagración de lo que Trump llama “el mejor acuerdo de la historia”.
Mientras todo esto ocurría, María Corina Machado intentaba ponerle fin –por mar, aire y tierra– a la odisea de su regreso. Si la foto de Delcy y Trump revela la enorme satisfacción de las partes, la ausencia de una foto de la llegada triunfal de Machado a la Tierra de Gracia revela su fragilidad ante fuerzas que claramente la superan. Esa es la parte que la imagen no muestra. Hay en esto algo también curioso y aleccionador. Machado cometió un serio error de cálculo al hacer coincidir su tan anunciado regreso con el encuentro de Trump y Delcy, su némesis.
No solo era un pésimo timing, sino también una pobre lectura del contexto.
El 22 de septiembre era el día en que Trump se autocoronaba emperador del mundo mundial y mandaba a la porra el orden internacional ante los ojos de todos. No era un día para pantallas divididas. Delcy era una figurante en esa historia. Machado creyó que le aguaría la fiesta a ella, pero a quien se la estaba aguando era a Donald. Y se le había advertido que no debía volver a Venezuela sin antes consultarlo con la Casa Blanca, algo que ella misma ha reconocido. De allí que intentar el viaje acompañada por una comitiva periodística haya acabado luciendo más como una performance –pensada para que la prensa la retratara como víctima– que como una apuesta política de fondo.
Recientemente, el novelista y crítico cultural venezolano Alberto Barrera Tyszka describió la situación de la líder opositora con una imagen ácida pero rotunda. Cuando le preguntaron si Machado debía romper con la administración Trump, respondió: “Ella construyó un liderazgo en el país a partir de la radicalidad ética y emocional, pero corre el riesgo de dejar de ser percibida como una guerrera y pasar a ser considerada como una mujer que soporta el maltrato de un macho patán, de un delincuente como Trump […] María Corina tiene que recuperar algo que parece haber perdido: la indignación”.
La observación de Barrera nos devuelve a la fotografía. Mientras Delcy Rodríguez se anota día tras día nuevos éxitos en su legitimación ante los poderes que importan, Machado luce cada vez más aislada y errática, ante la perplejidad de los venezolanos y de muchos dolientes de la democracia en el mundo. Su principal error desde el 3 de enero ha sido no saber medir a Trump, pese a los reiterados desplantes que ha recibido de él, y sobreestimar su propia capacidad para volver a ser relevante en un tablero del que fue excluida.
Machado sigue siendo la dirigente que prefiere la mayoría de los venezolanos. Pero esa preferencia no es un capital inagotable. Para darle sentido a su odisea necesita recuperar la indignación y convertirla en una estrategia capaz de devolverles a los venezolanos la dignidad que hoy se negocia a sus espaldas. Eso exige un liderazgo que deje atrás lo performativo y mida cada movimiento por el peso que tendrá en el desenlace, no por la imagen que pueda dejar. La historia universal de la infamia ya tiene su foto. La de la democracia venezolana todavía está por tomarse.





