La famosa transición que promete EE UU se desarrolla sin la gente y sin la auditoría de la sociedad civil; se ha excluido al pueblo
Publicado en: El País
Donald Trump conoce muy poco Venezuela. Sabe, según él mismo repite, que es un país con mucho petróleo y con varias Miss Universo. Lo demás no parece importarle ni interesarle demasiado. Sin embargo, él y Marcos Rubio podrían ser percibidos en este momento como los grandes normalizadores de la dictadura venezolana. Aquellos que vivieron la “extracción” de Nicolás Maduro y de Cilia Flores como una liberación, como el inicio del ansiado cambio político en el país, quizás ahora se sienten decepcionados o patrióticamente confundidos ¿Cuándo y cómo se deshizo el narcoestado? ¿En qué curva de esta historia se difuminó de pronto el Tren de Aragua? ¿Cómo es que los salvadores de la patria parecen ser ahora los nuevos socios de la tiranía?
Trump acaba de asegurar que Venezuela todavía no está preparada para realizar unas elecciones. Y lo dice justo cuando se cumplen dos años de una acción ciudadana tan inusitada como épica: una organización civil que involucró a cientos de miles de personas y que logró desenmascarar el fraude electoral del 28 de julio del 2024. Este movimiento, conocido como 600K, fue lo que realmente desnudó la verdad oficial y demostró que Edmundo González Urrutia había ganado la contienda electoral. A todos los venezolanos que votamos, a todos los que de manera voluntaria se quedaron vigilando en los centros electorales, a todos los que se comprometieron y se arriesgaron a fotografiar las actas y transmitirlas, a todos los que las digitalizaron y las enviaron a un espacio seguro… Donald Trump nos dice ahora que no sabemos nada, que no estamos listos, que todavía no.
Es un retrato perfecto de lo que ha pasado en estos meses, del país que vamos siendo: la famosa transición que promete el Gobierno de Estados Unidos se desarrolla sin la gente, sin la participación y sin la auditoría de la sociedad civil. Es un proceso donde se ha excluido al pueblo.
El 6 de diciembre de 1998, tras conocerse los resultados de las elecciones realizadas ese día, un victorioso Hugo Chávez Frías se subió a una tarima para dirigirse a una multitud que lo acompañaba en la ciudad de Caracas. “Por fin la revolución se hizo gobierno”, fueron sus primeras palabras. Esa apelación a uno de los mitos más manoseados del siglo XX latinoamericano fue el comienzo a un proyecto que —detrás de los discursos aguerridos y de las consignas grandilocuentes— se dedicó a saquear salvajemente al país. Ahora ya no hay dudas: la autodenominada Revolución Bolivariana y su tan promocionado “socialismo del siglo XXI” sólo fue una trágica borrachera en tiempos de bonanza petrolera. Mientras denunciaban al imperialismo norteamericano y alzaban la voz por los pobres de la tierra, se hacían millonarios, robándose todo lo que podían. Quebraron al país, destruyeron el Estado y las instituciones, se aliaron con el crimen organizado, militarizaron la sociedad y convirtieron la represión y la censura en su forma de hacer política.
La descomunal paliza electoral de 2024 fue una señal que el oficialismo no supo leer. Maduro y su círculo íntimo, donde estaban los hermanos Rodríguez y Diosdado Cabello, decidieron imponerse. Decretaron una victoria insostenible y desataron una persecución brutal sobre la población. Ni siquiera Lula, Petro o López Obrador salieron a defenderlos. Sin embargo, en la madrugada del 3 de enero, cuando los gringos se llevaron a Maduro y su esposa, nadie pareció asombrarse ni indignarse demasiado. De pronto, la revolución se evaporó. Como por arte de magia. Como un espectáculo que se derrumba. En un tris.
De un día para otro, aquellos que vociferaban en contra de los “yanquis de mierda”, aparecían en la televisión de lo más sonreídos, departiendo en inglés con los representantes de Estados Unidos y conversando tranquilamente sobre el futuro de la nación. La ideología, la soberanía, la izquierda o la derecha, parecían de pronto palabras de otro tiempo, difusas, descolgadas. El liderazgo oficialista comenzó entonces a hablar como si todo lo ocurrido sólo fuera un error menor, como si ellos también hubieran sido víctimas de las circunstancias. Ahora, bajo la tutela de los gringos, el país solo necesita olvidar el pasado y mirar hacia adelante con nuevos ojos. Bye bye, Chávez. Welcome, Míster Trump.
Llegué a Caracas unos días antes del 1 de mayo. En el centro de la ciudad, había una manifestación que buscaba presionar al gobierno para conseguir un aumento sustancial de salarios. Al ver que los policías y los soldados no los dejaban avanzar, los dirigentes sindicales anunciaron una nueva marcha para los próximos días, esta vez con destino a la embajada de Estados Unidos. La imagen emblematizaba nítidamente el fin del chavismo: ahora la clase obrera acude al imperialismo para lograr que el gobierno revolucionario pague sueldos justos. La imagen de Chávez, en la cumbre de Puerto España, regalándole a Obama Las venas abiertas de América Latina es un poster antiguo y ridículo. Un adorno pasado de moda.
El oficialismo ha saltado de un ferviente antiimperialismo a una casi jubilosa aceptación del tutelaje norteamericano. Trump dice lo que sea y los miembros del antiguo Alto Mando Político de la Revolución asienten dócilmente, de inmediato. Es probable que no les parezca difícil. Tienen el entrenamiento adecuado. Pasaron años al servicio de Chávez, un hombre con un liderazgo bastante similar al de Trump. Narcisistas y autoritarios. Improvisados y mediáticos. Quizás también para el presidente norteamericano, lo que más conviene a sus intereses es, precisamente, mantener la estructura de poder tal cual está. Ya tiene una obediencia garantizada. No hace más que repetir que Delcy es fantástica y que su gobierno está sacando mucho petróleo del país. Por ahora, lo único claro que hay entre ambos es la opacidad.
El Gobierno de Estados Unidos y el Gabinete de Nicolás Maduro son quienes deciden y llevan adelante este proceso que, por donde quiera que se vea, requiere de muchísima más transparencia. No existe, por ejemplo, ninguna información precisa sobre la exportación petrolera y la manera en que, supuestamente, han regresado y se distribuyen los recursos en el país. Otro ejemplo: gran parte del sistema represivo continúa intacto y todavía permanecen detenidos 368 presos políticos. Por no hablar de la manera en que, con una particular complicidad, la dictadura y el Gobierno norteamericano han decretado que quien represente a la oposición sea una parlamentaria elegida en 2015, desconociendo nuevamente la voluntad popular que se expresó en las elecciones del 2024. Que María Corina Machado necesite del permiso de Donald Trump y/o de Delcy Rodríguez para poder estar en el país es otra muestra de que esto que —por facilidad— llamamos la transición es un camino turbio y raro, que nadie sabe muy bien a dónde nos conduce.
Los venezolanos somos expertos en los protocolos y en las maniobras de esta exrevolución. El chavismo siempre ha sabido usar muy bien el tiempo como arma política. Mientras no existan señales más claras y contundentes, mientras la sociedad civil no participe de manera protagónica en este proceso, será muy difícil creer que realmente hay un cambio en Venezuela. La democracia, mientras tanto, sólo es un espejismo.





