Venezuela ya está aquí (y mi cuerpo lo sabe) – Catalina Lobo-Guerrero

Publicado en: La Silla Vacía

Por: Catalina Lobo-Guerrero

Dicen que el trauma se queda alojado en el cuerpo. Y es posible que así sea, porque el mío  cree que Venezuela ya está aquí, aunque trate de convencerlo de todo lo contrario. Emitió la primera alerta hace unos meses, entre el omóplato derecho y las vértebras T1 y T2 de mi columna, justo en el punto donde el cuello se estira para asomar cabeza o se gira para mirar por encima del hombro a ver si algo acecha. No quería volver la vista atrás. No quería sentir esa sensación de nuevo, nunca más. Pero entre más me empeñaba en ignorarla, en hacerle resistencia, más se intensificaba y me obligaba a repensar lo que he repetido en entrevistas, charlas y foros, y en reuniones privadas con amigos y familia durante años: lo que pasó en Venezuela no puede pasar aquí.

Dicen también que el cuerpo no miente, que somos nosotros los que no sabemos leerlo, que no atendemos sus mensajes, sus señales, hasta que ya es demasiado tarde. Nada de lo que escriba aquí va a cambiar el resultado de estas elecciones presidenciales. Da igual si leen estos párrafos antes del domingo o el martes siguiente. Gane quien gane, mi musculatura inflamada siente que el país ya perdió.

Durante los años que viví como corresponsal en Caracas, escuché y leí cientos de discursos de Hugo Chávez y luego de Nicolás Maduro, bailador de mil tarimas derivado en dictador, que imitaba a su comandante fallecido sin éxito alguno. Por eso reconocí de inmediato los ecos del líder de la Revolución Bolivariana Socialista del Siglo XXI y su bigotudo sucesor en varias ocasiones, a lo largo de estos cuatro años, en los discursos del presidente Gustavo Petro. Aunque tuviera un tono de voz distinto —menos potente y con tendencia a alargar la S—, Petro tampoco se cansaba de invocar al libertador Simón Bolívar. Atacaba a los empresarios y a las élites. Retaba a los otros poderes. La emprendía contra algún medio o periodista crítico de su gestión. Salía al balcón a convocar al pueblo a las calles y a una asamblea constituyente. Escribía mensajes delirantes y teorías conspirativas desde su cuenta de X, a las tres de la mañana. Manejaba las relaciones exteriores como un carrito chocón. Y cuando daba entrevistas y transmitía en vivo sus consejos de ministros ostentaba toda su megalomanía.

Para tranquilizarme y tranquilizar a otros que también reconocían los paralelos de estilo populista, ponía todo mi empeño en repetir con cabeza fría que Colombia y Venezuela éramos países hermanos, pero muy distintos: los otros poderes cumplían activamente su papel de contrapesos al Ejecutivo; el periodismo colombiano tenía una fuerte tradición de investigación y denuncia, y no se dejaba amedrentar ni comprar fácilmente; los empresarios y los gremios de aquí probablemente eran más estratégicos que los de allá y no convocarían a un paro general contra el gobierno; los militares eran institucionales, ni golpistas ni simpatizantes de una parcialidad política; nuestro Estado era pobre y débil, por fortuna, y no habría ninguna bonanza petrolera para repartir; nuestra historia y geografía también influían en esa atomización del poder que, para bien y para mal, hace que nadie termine mandando demasiado, ni siquiera los señores de la guerra que viven del narcotráfico y la minería ilegal. Conclusión: las provocaciones y embestidas de Petro eran de forma, no de fondo, así que mejor nos calmábamos un poco.

Además, había que mirar a largo plazo y más allá de la personalidad del presidente. Esta era una oportunidad dorada para ampliar la democracia en Colombia. Tras décadas de conflicto armado, el solo hecho de que un gobierno de izquierda hubiera llegado al poder por los votos y no por las balas ya era un logro. Y en un país con altísimos niveles de desigualdad social, era más que justo que el acento y las prioridades estuvieran allí, en la inclusión de sectores de la población tradicionalmente olvidados que se sentían representados en este gobierno.

En mis análisis racionales, sin embargo, subestimaba otra variable, quizás la más importante: la naturaleza humana. Esa que es la misma en todas partes, no es inmune a las palabras y a las emociones que ellas despiertan y se reflejan en el cuerpo como un latido extra, un calambre imprevisto o ganas inexplicables de llorar. Las más tristes de todas las emociones, como el miedo y la rabia, siempre han estado presentes en nuestra historia nacional (por favor lean a Mauricio García Villegas), pero no son exclusivas a nuestro territorio. Basta hablar con cualquier venezolano, salvadoreño, brasileño, argentino o estadounidense… Ellos, nosotros, todos los seres humanos, aún tenemos un cerebro primitivo reptiliano que nos hace vulnerables, presa fácil de políticos populistas, de izquierda y derecha, que explotan nuestros impulsos de huida o lucha para llegar al poder y mantenerse arriba en las encuestas.

El guion ya está inventado. La estrategia ha sido más que estudiada por autócratas de todos los colores y sus asesores de comunicaciones y campañas, ahora repotenciadas con inteligencia artificial. Polarizar, dividir, señalar enemigos en todas partes, evadir toda responsabilidad cuando las cosas no marchan bien, apartar a los críticos, estigmatizar a los contradictores, retar, provocar, ofender, tensar y tensar y tensar las fibras más sensibles del tejido social. ¿Hasta cuándo? ¿Hasta dónde? Si no se rompen, tal vez reboten en la dirección contraria.

¿No lo quise ver? ¿O no lo pude ver? Sabía que tenía una mirada contaminada por mi experiencia venezolana, no quería ser otra profeta del desastre, tal vez por eso ignoraba o minimizaba la magnitud del daño. Pero una vez empezó la campaña presidencial, fue demasiado evidente. La sentí, primero, como un recogimiento de la fascia, esa capa protectora que cubre todos los músculos, órganos y huesos, la red que sostiene todo y permite que las distintas partes del cuerpo se conecten y se muevan sin fricción. ¿Si yo estaba contraída, cómo estaría el resto?

Con el paso de los días se multiplicaron los roces, los comentarios pasados de tono que escalaron a insultos y descalificaciones por diferencias de opinión a mi alrededor. La misma temperatura caliente, la misma altura al nivel del mar. Tuve un déjà vu. ¿Estaba en Cali o en Caracas? Porque el clima emocional que percibía entre parejas, amigos y familiares que comenzaron a pelearse, tratando de convencer a otros de que apoyaran o dejaran de apoyar un proyecto político o candidato, era el mismo. Casi todos los venezolanos que conozco me han contado que resolvieron nunca más volver a hablar de ese tipo de temas para evitar conflictos con algún amigo o familiar, pero con el paso del tiempo terminaron distanciándose, porque si no se puede hablar de política y religión con la familia y los amigos, ¿entonces con quién?

La polarización en Colombia no es nueva —basta recordar el plebiscito por la paz de 2016—, pero esta campaña presidencial se ha asumido, al mejor estilo de las proclamas de María Corina Machado, como “una lucha existencial”. Y los discursos airados de Iván Cepeda y Abelardo de la Espriella, al final de la jornada electoral de la primera vuelta, en vez de tranquilizar a todos, nos asustaron más.

Mi hombro se encogió cuando Cepeda, en vez de leer un discurso escrito en tono pausado, dijo que no reconocía los resultados hasta que el escrutinio no los confirmara, y se refirió a su contendor como “estafador de estafadores y narcos”, hombre cruel, misógino y homófobo, representante del “fascismo mafioso”, la plutocracia y la corrupción. Los militantes del Pacto Histórico que estaban en el recinto gritaron: “¡No pasarán! ¡No pasarán!”

Minutos después, mi otro hombro se paralizó cuando De la Espriella gritó desde su urna transparente antibalas que defendería a la democracia “por la razón o por la fuerza” de “bandidos redomados” como Petro y su “marioneta” Iván Cepeda, que querían incendiar a Colombia con sus “hordas violentas”. Dijo también otra frase que pasó más desapercibida, pero que incluso me sonó más peligrosa: “La neutralidad es complicidad… ya no hay matices”.

Cuando una contienda electoral se plantea en esos términos, la mitad del país cree que si gana la otra mitad, todos nos vamos por el despeñadero, los pocos indecisos escogen la forma más leve de suicidio —¿caramelo de cianuro o arsénico?— y el voto en blanco es el martirio de una minoría pisoteada por la estampida de los dos extremos.

Tras cuatro años de degradación de la conversación pública y esos discursos incendiarios, no se podía esperar que los candidatos punteros aceptaran ir a un debate civil antes de la segunda vuelta. Nos habíamos enterado antes de sus propuestas —o la ausencia de ellas— por discursos muy controlados y entrevistas a algunos medios y periodistas —los más afines, cercanos y complacientes— o los influencers como Westcol, que podrán tener millones de seguidores, pero nunca serán los sabuesos guardianes del poder. No recuerdo una campaña más pobre en ideas y una discusión más tóxica en las redes sociales, donde todo el mundo cree que tiene la razón y manda a callar al otro.

Los ataques a los reporteros y medios que sí han hecho la tarea de investigar y escarbar el pasado de los candidatos han sido inclementes. Me entristece la falta de solidaridad del gremio, porque aquí como en Venezuela, la polarización también atravesó el oficio y ciertos periodistas cruzaron la línea roja ética de la profesión y se convirtieron en actores políticos, contribuyendo aún más a esa desconfianza que se ha vuelto generalizada entre el público hacia nosotros. En un extremo vergonzoso quedó Vicky Dávila y la revista Semana; en el otro, Hollman Morris y RTVC. Pero no están en el mismo nivel. El canal del estado debe representar la pluralidad informativa y de opinión de los colombianos. En cuatro años, sin embargo, se destiló de toda objetividad hasta lograr el mismo tufo ideológico y propagandístico de Telesur o VTV.

Durante el “gobierno del cambio” cambiaron no solo las formas, las palabras, cambió también el ecosistema informativo, en detrimento de la democracia. Los periodistas nos quedamos cada vez más sin recursos, sin ninguna posibilidad de incidencia, ni de ser intermediarios de ningún mensaje, porque cualquiera tiene un podcast, una cuenta de YouTube, transmite en vivo desde TikTok o Instagram. El presidente se comunica vía X. Todo es contenido. Nada es profundo. Y cada cual cree en lo que cree su isla, burbuja o tribu. Lo reproduce, lo reenvía, lo comparte desde la comodidad de su teléfono, a veces sin mucho criterio o capacidad de discernimiento, acompañado de un meme, un like o un insulto como usuario anónimo cuando lo que ve rechina contra sus prejuicios. Reacciona con la indignación característica de los guerreros del teclado y apunta directo contra el entendimiento entre distintos. Con los puentes dinamitados y una grieta cada vez más ancha, perdimos el sentido compartido de la realidad, la de los hechos, la de la verdad esquiva que perseguimos los reporteros.

Nos quedamos cada vez más solos. Nos dejaron cada vez más solos. ¿O acaso los intelectuales del centro se acordaron de nosotros y de la libertad de prensa amenazada cuando publicaron su manifiesto en defensa de las instituciones, días después de haber enterrado a Cristian Herrera y cuando apenas se cumplía un mes del asesinato de Mateo Pérez? La prensa libre, independiente y el periodismo de investigación se defienden en una democracia, como la independencia del Banco de la República, las cortes o el Congreso. Las instituciones no son los edificios, son las personas.

Por estos días en que la gente exalta la fortaleza de nuestras instituciones como una salvaguarda democrática ante lo que se viene, me he acordado de la exmagistrada del Tribunal Supremo Blanca Rosa Marmol de León y las historias que me contó de cómo ocurrió la toma del poder judicial en Venezuela: a los jueces y fiscales les dieron un cóctel fulminante de intimidación y corrupción. Recordé también lo que me dijo Rosa María Téllez, la excomandante dos de Nicaragua, que combatió la dictadura de Somoza y luego fue testigo crítica, como ministra de gobierno y asambleísta, de la deriva autoritaria del Frente Sandinista y su líder Daniel Ortega, quien ordenó apresarla y torturarla para vengarse años después. “Yo veo hacia atrás y digo: no funcionó absolutamente nada, porque lo que importa no son los mecanismos y los recursos institucionales, sino las personas. Si las personas están dispuestas a ceder y a poner sus intereses personales por encima de las leyes y las instituciones, entonces no hay nada que hacer”.

Días después de la primera vuelta, mi trapecio ya no era un solo nudo sino un rosario de puntos gatillo dolorosos. Pensé que ya nada podía afectarme tanto, pero me reencontré en Bogotá con una amiga venezolana que no veía hacía meses y fuimos a cenar. “Estoy viva de vaina, estás hablando con un milagro”, me dijo. Me contó que había tenido una crisis de salud y había revivido en Colombia el trauma de tantos pacientes venezolanos: el famoso ruleteo por distintos hospitales. Pasó por cuatro y casi se muere de neumonía porque en ninguno había un equipo para comprobar si tenía coágulos en los pulmones. A los quince días de salir, aún sin poder sostener su propio peso, su mamá también enfermó, tuvo que ser hospitalizada y a los pocos días murió, porque no le hicieron un tratamiento oportuno.

Sentí una rabia infinita porque en Caracas tuve entre mis manos las listas de pacientes que también morían por fallas de un sistema de salud quebrado, esperando una válvula mitral o un tratamiento oncológico. ¿Además de la mamá de mi amiga, cuántos más han muerto en hospitales públicos, o por falta de acceso oportuno a medicamentos, en los últimos cuatro años? Sabemos ya de algunos casos, pero un experto en salud pública me explicó que tendremos que esperar dos años más para conocer la cifra consolidada de muertes evitables por el colapso del sistema. Habrá que sumarla a la de las víctimas que ha dejado el fracaso de la paz total.

Entiendo por qué la derecha y buena parte del centro no confían más en un segundo gobierno del Pacto Histórico: su dogmatismo económico, su punto ciego en materia de seguridad, el haber insistido en una Asamblea Constituyente que quería excluir a amplios sectores de la ciudadanía que no consideran parte del “pueblo”. Además del sectarismo, ha sido notoria la falta de autocrítica y la incapacidad de desmarcarse de los desaciertos del presidente y la corrupción que ha existido dentro del gobierno.

Cepeda empezó a tomar algo de distancia solo cuando se dio cuenta de que iba a perder la elección, pero a lo largo de su trayectoria y campaña también ha sido incoherente. ¿Cómo es que alguien que se define como defensor de derechos humanos ha guardado tanto silencio ante las reiteradas violaciones flagrantes de derechos en Cuba, Nicaragua y Venezuela? ¿Cómo es que insiste en un diálogo nacional, pero no acepta entrevistas de algunos medios y periodistas, ni va a debates? Cualquiera puede predicar que es un demócrata, hasta que tiene la oportunidad de demostrar lo contrario.

Las bases del petrismo también han contribuido a ahuyentar a potenciales votantes. No se bajan de su superioridad moral e intelectual, ven fascistas, racistas y clasistas en todas partes, autoproclamándose como los dueños de la moral, la dignidad, la paz y la felicidad del país con el puño en alto. (El flashback a los mitines rojo rojitos del PSUV que cubrí en el pasado es inevitable.) ¿Creerán acaso que los diez millones de colombianos que no comparten su visión —en todos los estratos sociales— sufren de falsa conciencia?

Lo que sí sé es que muchos sufren de miedo. Les vendieron y compraron la película de que en otros cuatro años, el Pacto Histórico terminaría de instalar una dictadura de izquierda revolucionaria, estatista y corrupta que llevaría al país a la ruina; lo que se imaginan es un futuro de balseros y caminantes desnutridos que tendrán que emigrar. Lo más sorprendente es que crean que Abelardo de la Espriella, abogado defensor de Alex Saab, el empresario colombo-venezolano extraditado a Estados Unidos por cargos de lavado de dinero vinculados al gobierno de Maduro, es el hombre que podrá salvarlos de la pesadilla castrochavista. Un mal menor, dicen los pragmáticos. Una reacción natural en política, el inevitable péndulo, dicen los analistas que aún tienden a encasillar todo en el clivaje izquierda o derecha. Tal vez me equivoque, pero mi cuerpo lo siente más como el latigazo cervical de la venganza, porque eso es lo que promete.

Cualquiera que conozca la historia de Venezuela sabe que la debacle del país vecino no empezó con el cambio de modelo económico, sino con la elección de un vengador: el outsider populista y carismático, genio del micrófono y la propaganda, que hablaba fuerte contra el establecimiento y los políticos de siempre. Siendo candidato por primera vez en 1998, Hugo Chávez advirtió que iba a “freír las cabezas” de los adecos y copeyanos —los partidos tradicionales que adversaba— y a refundar la patria en tiempo récord, aunque para hacerlo tuviera que cargarse todas las normas. Así lo prometió y así lo cumplió: le pasó la aplanadora por encima a todas las instituciones y no hubo quien lo controlara luego, porque el dogmatismo económico es peligroso, pero no más que la idolatría política a un caudillo sin escrúpulos.

El tigre destripador —la variante visceral a la paila de aceite caliente—, de barba acicalada y trajes a la medida, es un personaje impredecible que, como hemos visto en la campaña, puede encarnar cualquier cosa. Incluso puede tener un poco de todos los protagonistas principales del chavismo: el saludo militar, el tonito de hombre fuerte, el verbo violento, la incorrección política y el narcisismo de Hugo Chávez; la costumbre de relacionarse, defender y hacer negocios con personajes oscuros y corruptos, como Nicolás Maduro; la lealtad a la bandera de las rayas y estrellas y la aspiración de convertirse en el nuevo mejor amigo y socio estratégico de Donald Trump, al mejor estilo de la “cachorra del imperio”, Delcy Rodríguez.

Quedan pocas horas para las elecciones y me doy por rendida: Venezuela ya está aquí y no hay nada que pueda hacer para convencer a mi cuerpo adolorido de tensión de lo contrario. Esta última semana experimenté el déjà vu que faltaba de mis años caraqueños de paranoia colectiva preelectoral: escuché a alguien diciéndole a otro que si ganaba uno de los candidatos se iba definitivamente del país, vi a gente en el supermercado haciendo compras nerviosas de papel higiénico y enlatados, a los trabajadores de algunos comercios protegiendo sus vitrinas, y una amiga me recomendó tanquear el carro de gasolina y sacar plata en efectivo. (En Cali, en particular, el trauma del estallido de 2021 sigue muy vivo.) El miedo es que la violencia se desate el domingo en la noche si los resultados son apretados y el presidente Gustavo Petro o alguno de los contendores no los reconoce. Nada que no haya vivido antes.

Pero el trauma no es destino. El dolor no es para siempre. La resiliencia y la templanza individual y colectiva existen, y este país de víctimas de tantas violencias lo sabe bien. Ya hemos atravesado períodos muy oscuros y sobrevivimos. Como también ha sobrevivido, contra todo, la sociedad civil venezolana que lleva dos décadas resistiendo e insistiendo en la democracia, con valentía y terquedad en todos los espacios que pueda ocupar, en las calles de Caracas o en un salón climatizado con traducción simultánea. Han cometido errores, sin duda, pero allí también hay aprendizajes importantes. El primero: no dejarse cooptar. El segundo: no callar ni dejar de documentar los abusos del poder. El tercero: hacer redes y alianzas, buscar diálogos improbables con otros sectores, los empresarios, los militares, las iglesias, los congresistas de todos los partidos… los puentes hay que tenderlos entre distintos, no con quienes piensan los mismo. Ante el autoritarismo nadie puede solo.

De mis amigos y colegas periodistas venezolanos también he aprendido lecciones invaluables: la capacidad de adaptación, la creatividad, la tenaz convicción de que hay que seguir investigando, tocando todas las puertas, hablando con todas las fuentes posibles. Pese a los ataques verbales y las campañas de desprestigio, el acoso judicial, el exilio forzado, la tendencia maniquea a querer encasillarnos en bandos y subirnos a un ring, lo peor que podemos hacer es volvernos militantes o jueces de una causa. Quizás sea el momento para abandonar de una buena vez por todas las metáforas de lucha, combate y pelea en nuestra profesión. La búsqueda de la verdad nunca será violenta. En ese proceso difícil, el ejemplo y el compromiso de mis colegas venezolanos me inspira a no perder la esperanza de que siempre se puede hacer algo. O al menos intentarlo. Si no para el presente, tal vez para el futuro.

 

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