Zapatero, el mediador desmediado – Boris Muñoz

De todo el ‘affaire’ del expresidente español, queda un cuento con moraleja: cuando la  oposición se siente de nuevo a negociar, deberá saber para quién realmente trabajan el resto de los actores involucrados

Publicado en: El País

Por: Boris Muñoz

Mientras la justicia española investiga al expresidente José Luis Rodríguez Zapatero por presunto tráfico de influencias y cobro de comisiones en el trasiego de petróleo y oro venezolano, es necesario formularse una pregunta moral y política incómoda, pero que los hechos hasta ahora revelados justifican plenamente. Durante una década, Zapatero se presentó ante el mundo como mediador de buena fe en las negociaciones entre el Gobierno de Nicolás Maduro y la oposición democrática y facilitador humanitario en la liberación de presos políticos venezolanos. Pero, ¿qué significaría que no haya sido otra cosa que un actor interesado en su propio beneficio y en la legitimación del régimen que decía moderar?

Si el expresidente no actuó por altruismo sino como operador de una dictadura —o para el beneficio de socios y allegados—, entonces cada liberación, cada ronda de diálogo, cada acuerdo deja de ser un gesto humanitario para convertirse en la pieza de una arquitectura de intereses con objetivo concretos: darle tiempo a Maduro, dividir a la oposición y proyectar hacia afuera la imagen de un gobierno dispuesto a negociar

Zapatero fue un actor principal de la negociación como escenografía, un engaño orquestado para procurar la estabilidad del régimen. Y algo más grave: un cómplice activo de la represión y la perpetuación del sojuzgamiento de millones de personas en medio de una crisis humanitaria, económica y política sin precedentes. ¿Cuánto tiempo le dieron sus gestiones a la larga supervivencia del chavismo?

Pero estas preguntas no son solo sobre Zapatero. Aluden también al patrón que él encarna y la trampa que ese patrón tiende: la del mediador externo cuya agenda real no es solo la defensa de los derechos humanos o una transición democrática, sino la administración del statu quo en beneficio de intereses propios. Ese patrón hoy se renueva en Venezuela con Trump como factor decisivo entre la continuidad de un chavismo reformado y una verdadera transición hacia la democracia.

Tras la captura y extracción de Nicolás Maduro, Trump habla del país en clave de barriles, no de urnas. Su plan de tres fases sitúa la transición democrática en el último escalón: un horizonte que se aleja a medida que se camina hacia él. Delcy Rodríguez —la misma Delcy cuya relación con Zapatero hoy examina un juez español— gobierna como procónsul de esos intereses mientras el liderazgo opositor dentro y fuera del territorio permanece sin tracción política real y es rehén de la promesa de una transición que nadie tiene prisa por cumplir.

Se pueden dejar de lado por un momento los juicios morales que el escándalo judicial de Zapatero suscita, pero no las consecuencias políticas. Mediante su autoproclamada neutralidad, el expresidente incidió en momentos políticos clave del proceso venezolano durante la última década. Si todo fue, como parece, una farsa, el sector de la oposición más comprometido con la transición democrática debe hacer una disección para determinar por qué entonces terminó aceptándolo como mediador, qué pasó al final y cómo evitar escollos similares en el futuro.

No se trata de enjuiciar retrospectivamente a los líderes opositores. Tan temprano como en 2018, la Asamblea Nacional legítima denunció “los lesivos efectos prácticos” de la actuación de Zapatero sobre “las luchas civiles de los venezolanos” y aprobó una sanción moral para impedir que siguiera actuando como negociador, en la escena internacional .

Durante las negociaciones en República Dominicana, el entonces presidente de la Asamblea Nacional, Julio Borges, denunció al expresidente español en los términos más crudos: “Zapatero me amenazó tras negarme a firmar un acuerdo que legitimaba la dictadura de Maduro”. Y añadió sin rodeos: “Zapatero es enemigo de Venezuela”.

La valoración de Borges no era gratuita. Una crónica de los reporteros de EL PAÍS Javier Lafuente y Francesco Manetto aporta el contexto: “El chavismo, que nunca se avino a hacer concesiones, mantuvo las riendas del proceso para tratar de imponer sus condiciones. Las fuerzas opositoras, sin candidato y con unos líderes inhabilitados o privados de libertad, se negaron a suscribir el documento que diseñaba la celebración de unos comicios sin garantías democráticas. Pocas horas después de que se consumara el fracaso, el Consejo Nacional Electoral, controlado por Maduro, fijó para el 22 de abril la celebración de unos comicios con unas reglas del juego y unos tiempos que favorecen al chavismo. José Luis Rodríguez Zapatero es una de las figuras de este fracaso. El expresidente español, mediador entre dos partes enfrentadas, terminó, según las fuentes consultadas, por inclinarse hacia un lado, el de Maduro, después de dos años volcado en un proceso que cerró la mayoría de puertas”.

Lo que la crónica describe en términos políticos, los protagonistas lo vivieron en carne propia.

La intervención de Zapatero no se limitó a las grandes negociaciones. Desempeñó un papel de primer orden en la liberación de presos políticos, entre ellos Leopoldo López, el más prominente entre 2014 y 2017. También de Francisco Márquez, activista hoy en el exilio, detenido arbitrariamente en junio de 2016. Las gestiones del expresidente español ayudaron a sacarlo de la cárcel y fuera de Venezuela, y es precisamente por eso que Márquez sabe mejor que nadie de qué lado estaba. Su testimonio resume todo el problema Zapatero. Y aunque debe haber muchas familias agradecidas con él por liberaciones puntuales, sus diligencias no hicieron retroceder un centímetro el ímpetu represivo de la dictadura. Cuando Maduro cayó, había más de 1.000 presos políticos en Venezuela según el Foro Penal. Otras fuentes elevan esa cifra a más de 1.500.

Habla Márquez: “Cuando yo estaba en Washington abogando por los presos políticos luego de mi excarcelación y destierro, a Zapatero se le veía como el canciller de Maduro a la sombra. Su trabajo siempre buscaba quitarle presión al régimen, evitar sanciones, frenar la presión internacional. El día en que salí de prisión escribí una carta denunciando que el régimen me había impuesto el destierro como condición para liberarme, una medida ilegal en Venezuela. Mediante un intermediario, Zapatero me hizo saber que no podía publicarla. Años después, a través de otro intermediario, me hizo también saber que no debimos haber realizado las audiencias por crímenes de lesa humanidad en la OEA, culpándome de que un allegado mío seguía preso en el Sebin por esas denuncias. Era otro chantaje, siempre expresado a través de intermediarios, inclusive familiares de presos políticos, para lograr el máximo impacto. Para mí, Zapatero hacía mucho que se había puesto del lado del secuestrador. Creo que la evidencia que está emergiendo en las investigaciones por corrupción y tráfico de influencias lo demostrará.”

Algunas de estas historias ya eran conocidas. En muchas, Zapatero aparece retratado no como mediador neutral sino como emisario que trabajaba para el dictador. Las investigaciones de la Audiencia Nacional, a cargo del juez José Luis Calama, les dan nueva actualidad al iluminar desde adentro la cercanía del expresidente con los operadores de la dictadura. Hoy, algunos de esos operadores son las figuras más poderosas de Venezuela.

De todo el affaire Zapatero, queda un cuento con moraleja. Cuando la oposición se siente de nuevo a negociar, deberá saber para quién realmente trabajan el resto de los actores involucrados. Esto cobra una relevancia crítica ante el reciente compromiso de la oposición de lograr un gran acuerdo nacional para negociar una transición democrática con el Gobierno chavista. Zapatero respondió esa pregunta con sus actos durante una década. Donald Trump ocupa hoy un lugar funcionalmente comparable al de Zapatero, aunque con una influencia directa y un peso mucho mayor. También jugará a ser mediador: su disposición a presionar por una transición real dependerá siempre de lo que esa transición le cueste o le aporte. Y hasta ahora Delcy Rodríguez le aporta mucho más de lo que le cuesta. Sería ingenuo pensar otra cosa. Lo demuestran el levantamiento de sanciones personales y las presiones que ha ejercido la Casa Blanca para protegerla de las investigaciones de la DEA. Si la oposición confía en él a ciegas y no desarrolla una estrategia independiente de Washington, habrá cambiado de mediador. No de trampa.

 

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