Hoy como ayer

Hace veinticinco años, tal día como hoy, comenzó la desgracia. El pitazo me llegó desde Washington. La llamada retumbó pasada la medianoche. Mi hermano, entonces diplomático asignado a nuestra Embajada, fue parco y directo: “Están atacando La Casona”. Sorpresa, estupor, asombro. Para alguien de mi generación, por más de los rumores y las habladurías de ocasión, los golpes de estado –suponía- estaban ya borrados de nuestro mapa histórico. ¡Menudo error!

 

Me apuré para llegar lo más pronto posible a la radio. El vigilante no sabía nada, el operador tampoco. Me abrió el micrófono, pero qué decir. En ese entonces no teníamos celulares, tampoco internet y el acceso al exterior era primario y escaso. Otras emisoras ya estaban dando la noticia, pero lo hacían más marcadas por el escándalo que por la certeza. Todo era confusión, susto, angustia, desconcierto. Que si mataron al presidente, que si ya todo el país está alzado, que si son miles de miles los muertos. En esas circunstancias, había que extremar al máximo la prudencia en la información a transmitir. Nuestro departamento de prensa, si bien había crecido considerablemente, todavía, por decir lo menos, estaba en pañales. De manera que implementamos una suerte de red de reporteros telefónicos –algunos profesionales, otros meros amigos con buen criterio y merecedores de nuestra confianza- que nos informaban desde donde les hubiera pillado la noche. Así empezamos a transmitir con datos que verificábamos y corroborábamos una y otra vez. El esfuerzo nos fue recompensado cuando, ya poco antes del amanecer, teníamos enlazados a nuestra señal a varias cadenas noticiosas de Latinoamérica y España.

 

Pero, a esas alturas, todavía ninguna noticia de los alzados. Un Carlos Andrés Pérez despeinado, atolondrado, sin el aplomo que le era característico, apareció en la pantalla de Venevisión afirmando que el golpe estaba controlado. Luego supimos que era falso: a esa hora de la madrugada el golpe estaba en su apogeo. Mas Pérez se anotó una victoria importante: la de la información. Igual supimos después que la verdadera intención de los golpistas, a parte de derrocar al gobierno, también era asesinar al presidente.

 

En el programa de radio yo había sido un duro crítico de Pérez. Desde la absurda coronación en el Teresa Carreño hasta el torpe y criminal manejo que se hizo del Caracazo y sus secuelas. Su gobierno, en esos primeros años, fue osado y desafiante. Se echó encima a no pocos, incluyendo a su propio partido. La prepotencia de costumbre le salió cara al presidente. Mas, con todo y mi posición crítica, manifestada en el día a día radial, podía sentir yo, en aquella turbulenta madrugada, algún tipo de simpatía por los golpistas. Todo lo contrario. Desde la misma llamada de mi hermano, sentí por la asonada un rechazo profundo, una condena total. La democracia es una sola, y la única manera de defenderla es respetándola. Imposible ser demócrata por partes, unas veces sí, otras quizás…

 

Y ya por fin pasadas las diez de la mañana, cuando toda la intentona estaba, ahora sí, plenamente controlada, pude pronunciar por el micrófono –por primera vez- el nombre del líder golpista, un teniente coronel de paracaidistas completamente desconocido y ya desde ese momento condenable, un tal Hugo Chávez Frías.

 

Después vino el “por ahora”, la famosa sesión en el Congreso, la irrupción de “los notables”, el gobierno sin norte ni liderazgo, las intrigas múltiples y de todos los colores, y todo eso que tan bien ha narrado Mirtha Rivero en “La rebelión de los náufragos”. La defenestración, el interinato de Velázquez, el segundo gobierno de Caldera, la insólita campaña electoral donde se prometían freír cabezas (recuerdo a un prominente editor frotarse las manos porque, lejos de temer por la libertad de expresión, ahora todo lucía promisorio para él; igual un magnate de la televisión hacía sus cálculos de negocio y de poder), el juramento sobre la moribunda constitución, y pare usted de contar que el trecho ha sido demasiado largo y demasiado tortuoso.

 

Stephen King, en su novela “22/11/63”, plantea un regreso al pasado con la única intención de corregirlo. En su historia hay que evitar el asesinato de Kennedy (de ahí el título). Mas el experimento resulta nefasto: los Estados Unidos que le siguen a un Kennedy vivo no son precisamente luminosos y pacíficos. Una manera de decir -se entiende-: mejor dejar las cosas como están. Que el pasado no tiene corrección, que la única posible está en el presente para, si acaso, augurar un buen futuro.

 

En el caso venezolano, estoy seguro de que más de uno quisiera llevarle la contraria a King. Pero el daño hecho está y es imposible recoger el agua derramada. Solo queda la lección, ¿pero la habremos aprendido, tan siquiera asimilado? Lo dudo. En este terrible, cruel, sangriento y mortal callejón sin salida en que nos encontramos hoy en día, oigo a más de uno insistir en que la única salida posible (como siempre) es el golpe. Otra llamada en la madrugada. Pero mucho me temo que en esta oportunidad yo pueda transmitir nada.

 

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