Todo el mundo en Venezuela está bajo presión, como si el país entero viviera con un nudo en la garganta y una mano apretándole el esternón. Hay una densidad en el aire que no anuncia nada pero lo insinúa todo, como ese aguacero que se siente antes de que caiga la primera gota.
Pero el país no está en pausa. Finge estarlo, que es distinto. Venezuela es como esa bailarina que se queda inmóvil al final de la obra para engañar al público, pero si uno mira bien, ve el párpado temblando, el músculo tenso, el gesto mínimo que delata que la función sigue. Todo vibra, todo confirma que la quietud es fachada.
El gobierno encargado camina con la solemnidad impostada del que quiere parecer estadista mientras pisa cáscaras de huevo. Los entes del Estado, templos de la parsimonia inútil, se mueven como muebles viejos arrastrados por el piso: hacen ruido, estorban, y no llegan a ninguna parte. Y las leyes se hacen o se revisan en la embajada o en oficinas de trasnacionales. Los inversionistas —nacionales e internacionales— hacen malabares con planes que esperan una firma que tarda.
El país entero aguarda el anuncio de la fecha. Porque no hay democracia cuando quien manda llegó sin votos. Elemental, mi querido Watson: si no te eligió el pueblo, no eres gobierno; eres un accidente administrativo con pretensiones.
La señora puede pasearse por la India, Turquía o por donde sea, estrenar vestuario de lujo, repartir sonrisas de utilería, usar frases sacadas de un diccionario de frivolidades, posar para el aplauso fatuo. Todo inútil. El asunto es de derecho: ella no está allí por legitimidad, está porque la acomodaron. Lo sabe ella, lo sabe el país, lo sabe el planeta entero. La silla que tanto defiende se la debe a “El Gringo”.
En las esquinas, la frase inevitable: algo va a pasar. No es presentimiento barato; es física elemental. La naturaleza detesta el vacío. Lo llena. Y Venezuela, hoy, es eso: un vacío ruidoso, un espacio que exige ser ocupado legalmente. El país aguanta, con rabia contenida y con un entusiasmo que se rinde.
Me pregunto si los “poderosos” en el exterior lo entienden. Si captan el siseo de la olla, el temblor del párpado, el movimiento bajo la tierra. Quizás entienden lo justo para la foto. O captan a medias, que es la forma más cómoda de no comprometerse. Tal vez sí entienden, pero deciden que es más rentable hacerse los desentendidos. Porque detrás de sus estrategias está la contabilidad, la que cabe en una lámina de Excel. ¿O será que estamos viendo la versión siglo XXI de El diente roto?
No es cierto que la información que manejan sobre política y economía sea una incorrecta y la otra acertada. La metida de pata sobre El Helicoide fue monumental y dejó muy mal parado al gobierno norteamericano, pero las imprecisiones de Rubio sobre la industria petrolera venezolana fueron mayúsculas. Pero eso es ya irrelevante. Importa que quizás piensen que Venezuela es un “banana country” colonizable o que está en “leasing”. Un poquito de ilustración no sobra: este país siempre tuvo la manía irreverente de plantarse. No es mito patriótico, está en los huesos. Mucho antes de que la palabra “independencia” se volviera consigna en la América española, ya aquí había un “esto no se soporta” creciendo como humedad en una pared vieja. El 5 de julio de 1811, nuestro “Independence Day”, no fue una fecha: fue un portazo. La primera república de América Latina nació aquí, en este territorio que muchos creían periférico, pero que tuvo la audacia de declararse libre cuando otros aún estaban “calculando riesgos”.
Esta es la verdad que alguien debe explicarles: Venezuela no es domesticable. Nunca lo fue. Y cuando la autoridad se vuelve abuso y el poder se vuelve sordera, este pedazo de tierra recuerda su vocación original: la rebeldía.
Doscientos cincuenta años desde aquel 4 de julio en que los rebeldes de las Trece Colonias decidieron plantarse ante la Corona británica. Felicidades. Aplausos. Celebren con bombos, platillos y muchos fuegos artificiales. Pero conviene que miren hacia atrás y entiendan lo que significa ese gesto fundacional: un pueblo diciendo “hasta aquí”. Esa misma fibra que llevó a aquellos colonos a romper con un poder lejano, es el que anida en el alma venezolana. Nosotros también nacimos de un desacato. También dijimos no a órdenes imperiales. Así que, al festejar sus 250 años, recuerden que aquí la insumisión no es pose: es herencia. Y quien pretenda domesticarnos debe rememorar la historia.
Nosotros no nos sentimos superiores a nadie, pero tampoco inferiores. Al final, todo se resume en esto: si de verdad quieren honrar su propia historia, si de verdad creen en aquello que cantan con la mano en el pecho, entonces actúen en consecuencia. Porque mientras ustedes celebran su cuarto de milenio de independencia, aquí seguimos esperando que recuerden el significado de una sola frase que ustedes mismos elevaron a símbolo: “the land of the free and the home of the brave.”
Pues bien: esta tierra también quiere ser libre. Y este pueblo sigue siendo valiente.





