Jean Maninat

Catch 22 – Jean Maninat

Por: Jean Maninat

El término expresa en inglés americano una situación que se ha convertido en una paradoja, en un entuerto lógico sin salida. Proviene de la novela antibélica Catch 22, del escritor norteamericano Joseph Heller, que satirizaba los mandos militares de su país a partir de una supuesta regla establecida para los pilotos de guerra durante la Segunda Guerra Mundial: si ante una misión peligrosa un piloto solicitaba ser dado de baja aduciendo locura, se le negaba argumentando que preocuparse por su vida, era ya una muestra suficiente de cordura. Es algo más que un simple círculo vicioso, hay si se quiere un dejo humorístico en el término, la captura de un pase de magia burocrática de un duende burlón. Una serie de televisión y una película homónimas, siguieron el éxito del libro.

(Es ampliamente conocido, ya es parte de la cultura pop, cualquier filólogo de mediodía y mantel nos lo dirá cejijunto, apuntándonos con el tenedor coronado con un sangriento y apetitoso trozo de carne Angus: los gringos, hermano, han hecho del inglés un idioma flexible y dinámico. Allí está Whitman, ¿leíste su libro, Hierbas de Provenza?).

La Trampa 22, también espera en los trópicos, como una flor carnívora, a que caiga en sus dispositivos cualquier víctima de sus propias premuras, de ese entusiasmo que abriendo cauces desaforados, termina ahogando su propia salida. Pongamos un ejemplo baladí: si el Gobierno que se quiere sustituir (digamos, en la Piccola Venezia, la que tanto admiraba Maquiavelo) decide -bajo presión tutelar- implementar gran parte de las medidas que su principal grupo opositor había prometido realizar: ¿qué hacer como oposición, Ilich?¿Se les apoya? ¿Se les niega? ¿Se voltea para arriba, se mira para el lado? Si no las apoya se estaría negando a sí misma, son las mismas medidas que vociferó por años, las que llevó en hombros, en procesión allende los mares. Si las apoya, aun siendo beneficiosas tanto para el país como para los intereses del amigo tutelar, estaría cometiendo -según su conciencia anterior- un acto de colaboracionismo como los que con tanta ferocidad denunció durante su periplo anterior, y por el cual a tanta gente condenó a la hoguera. Y si no las apoya, estaría desairando al amigo tutelar, al que tanto se cultivó y en quien tanta esperanza se depositó.

Pero imaginemos también -¿y por qué no de nuevo en la Piccola Venezia, que tanto le gustaba a Visconti?-, que un Gobierno revolucionario -bajo tutela, again– decide salvar su obra, pero el requisito para hacerlo es desmontarla, aun cuando siga pagando mandas a la memoria de un pasado desahuciado. Catch 22, no te deja escapatoria. En realidad, hay un consenso generalizado en la Academia: que la traducción más aproximada sería aquella que le dieron a Sócrates antes de convidarlo a tomarse la cicuta: si no te agarra el chingo, te agarra el sin nariz.

N.B. Se habrán preguntado seguramente -como lo hicimos nosotros- por qué Catch 22, y no otro número cualquiera. Pues no hay cábala ni superstición alguna: simplemente le sonó bien al editor de Heller.

 

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