Jean Maninat

De ranas y escorpiones – Jean Maninat

Por: Jean Maninat

La fábula es harto conocida: el escorpión le pide un traslado a una rana para cruzar un río, la rana, precavida, exige garantías de no ser picada mortalmente durante el viaje, a lo cual el arácnido ponzoñoso responde que de hacerlo él, que no sabe nadar, también moriría ahogado en la corriente. Complacida con la respuesta, la rana confiada lo sube a lomos y en medio de la jornada fluvial siente el alfiler de la ponzoña y pregunta cándidamente: ¿Por qué? Está en mi naturaleza, confiesa el escorpión.

Mire usted que el ventrículo izquierdo se nos había entusiasmado, digamos unos tic-tac-citos algo alegres, nostálgicos, gracias a las interpretaciones de analistas políticos que auguraban el surgimiento de una marejada rosa, de una “nueva izquierda”, deslastrada de las viejas prácticas autoritarias, provista de un populismo con corazón de malvavisco y piel de cereza, de un socialismo de paz y amor, ecológico e inclusivo, una gran fogata alrededor de la cual danzarían los latinoamericanos, liberados al fin del oprobio secular del capitalismo… pero en democracia y libertad. Let the sun shine in, let the sunshine in.

Bastó que un presidente electo democráticamente, de origen humilde, maestro de escuela rural para más señas, se le ocurriera dar un autogolpe anunciando su decisión de disolver el Congreso de la República, intervenir el Poder Judicial, el Ministerio Público, la Junta Nacional de Justicia y el Tribunal Constitucional, es decir, barrer la institucionalidad democrática de un país, Perú, para que los representantes de la “nueva ola rosada”, se desprendieran a toda carrera y sin rubor alguno de sus votos de fe democrática, de sus promesas de abstinencia de todo autoritarismo, y salieran a respaldar a quien quieren convertir en víctima, y no en victimario.

El autogolpe del expresidente Castillo ha sido uno de los más exóticos -y de no ser por el drama que ya ha cobrado vidas, podríamos decir cómico- que ha vivido esta región donde ya nada asombra, salvo las gambetas de sus futbolistas. Probablemente Cursio Malaparte no lo hubiera incluido en su Técnicas del golpe de Estado, y es seguro que algún comediante estará acariciado la idea de comprar los derechos de autor para comercializarlos jugosamente.

Pero mientras estas líneas son tecleadas (entre martes y miércoles), grupos de choque, turbas armadas, espontáneos entrenados, se han lanzado a saquear, incendiar, destruir comercios y empresas, transportes públicos, instituciones oficiales, medios de comunicación y, por supuesto, algún banco. Ya lo sabemos, todo en nombre del pueblo. Nada que el guión insurreccional no incluya para detonar la democracia.

Para hermanar más aún a los hermanados por su animadversión hacia la institucionalidad democrática, en Brasil, partidarios del expresidente Bolsonaro se dieron a la tarea de saquear e incendiar en protesta por la certificación del Tribunal Superior Electoral de Luiz Inácio Lula da Silva como presidente electo, en comunión vandálica con quienes a derecha e izquierda detestan la democracia, cuando no los favorece.

Que los presidentes de Argentina, Bolivia, Colombia y México, (en estricto orden alfabético de abuso injerencista) hayan expresado su solidaridad con el expresidente Castillo, (quien llamó a un autogolpe público y notorio, sin rodeo alguno) y avalado el cuento según el cual habría sido víctima de fuerzas oscuras y malévolas, que habrían llegado al colmo de utilizar pócimas psicotrópicas para alterar su equilibrio psicológico, es prueba de su deficiente saturación de oxígeno democrático. ¿Recurrirían en sus países al mismo expediente, llegado el momento? Es la pregunta que queda en el aire.

La “nueva izquierda” no pasó la prueba del resurgimiento del COVID-19 antidemocrático. Según su versión, habría golpes de Estado malos y golpes de Estado buenos, según el cristal ideológico con que se miren.

¿Por qué, presidente? ¡Está en mi naturaleza, compañero!

 

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