Por: Jean Maninat
En una de las más extraordinarias novelas del siglo pasado (La peste, 1947), Albert Camus describió los avatares de una ciudad imaginada ,Orán, asediada por una epidemia de cólera, obligada a cerrarse sobre sí misma para atajar la expansión de los males que le habían caído encima, e intentar sobrevivir hurtándole cada quien el cuerpo al bacilo de la muerte, literalmente. Es un catálogo de las grandezas y miserias que cohabitan en el ser humano, ese bípedo en constante reafirmación frente a la fuerza ciega de la creación. Sus heraldos negros no tienen remilgos con el escudo de la fe, el acomodaticio agnosticismo, o el feroz integrísimo de los ateos. Inermes quedan las víctimas cuando no hay fuerza de este -o del otro- mundo que les pueda proteger.
Deambulan por sus páginas (que son las calles de Orán) el truhán Cottard, quien se aprovecha de la escasez para prosperar gracias al mercado negro -o blanco, o mestizo- y asocia la enfermedad y su permanencia con su beneficio personal. El padre Paneloux, sacerdote jesuita que predica la desdicha como merecido castigo divino por los pecados cometidos, hasta que presenciar la terrible muerte de una criatura inocente lo acerca a la aceptación del misterio divino -que es la base de su religión- sin buscar castigos ni castigados. Y Tarrou, el organizador de grupos voluntarios civiles quien encuentra en la solidaridad un destino de vida, su posibilidad de convertirse en un santo secular. Son solo algunos de los personajes -quizás estereotipos- que representan la condición humana de la que escribió otro francés, André Malraux.
Pero ilumina la obra el Dr.Rieux, el médico que sirve de hilo que enhebra la novela, el héroe cotidiano sin más pretensiones que cumplir con su misión, que no es otra que la de sanar cuerpos, dispensar alivio, ofrecer un bel morir a quien ya no tiene remedio. Ser simplemente útil a su comunidad sufriente. Sin aspavientos heroicos, sin gestos histriónicos, sin poses en modo Victoria de Samotracia… La saga ética del Dr. Rieux quedará como un desplante de lo simplemente humano frente a la furia de lo que aun conociéndose, no se puede domeñar. La peste -que se lleva a creyentes y no creyentes- llega de improviso, y no hay rezos ni albures de la ciencia que la puedan amenguar entre los retoques de campana en la ciudad imaginaria de Orán.
Al final, el simple médico de provincias, Dr. Rieux, encarna la inconmensurable lucha de los humanos por hacerse sentir en voz alta, en medio del exigente trabalenguas del libre albedrío. Es una parábola secular, un canto al oficio, al deber cumplido por el deber cumplido, la rebelión perdida en contra del sufrimiento humano. No lo empuja la búsqueda de la gloria, ni siquiera la recompensa de Dios -no tiene el alivio de los creyentes- y es lo suficientemente, ¿cínico?, como para esperar el reconocimiento de sus congéneres: que su nombre designe una calle maloliente, o las palomas caguen su busto en una plaza de la ciudad.
Afortunadamente, la estirpe del Dr. Rieux se ha regado por el planeta, como lo demuestran los rescatistas que todavía se baten por salvar vidas en Venezuela. Chapeau!
(N.B. Es absolutamente deleznable pretender convertir las urnas de los difuntos en urnas electorales).





