El hijo de María Luisa o el Poder de la Cuchufleta – Carolina Espada

Publicado en: El Nacional

Por: Carolina Espada

Un rey no tiene mucho más qué hacer que guerrear y entregar lugares; lo que en términos simples es empobrecer a la nación y sujetarla por las orejas.

¡Bonito negocio para un hombre si le otorgan ochocientas mil libras al año y lo veneran por por esa oferta! De más valor es un hombre honesto para su sociedad y ante los ojos de Dios, que todos los rufianes coronados que alguna vez hayan vivido.

Thomas Paine, El sentido común

Las carmañolas también llegaron a la Capitanía General de Venezuela; se trataba de canciones y danzas subversivas de la época de la Revolución francesa. Era el año de 1797 y en una casa en La Guaira entonaban de forma clandestina: Tiembla tú, Rey infame /Tiembla, pérfido Carlos /Que todos tus delitos /Van a ser castigados. / Ya la terrible espada /Del pueblo americano /Va a destruir tu orgullo, /Déspota sanguinario.

Esto es apenas el comienzo de la conferencia del profesor e historiador Luis Daniel Perrone, “La disputa de la Independencia. Una visión desde la historia del pensamiento político (1810-1830)”, en el XI Diplomado de Historia de la Venezuela Contemporánea de la Fundación Rómulo Betancourt y la UPEL. Prosigue el catedrático: “Y si quedaban con ánimos de seguir cantando también tenían en su repertorio la Carmañola Americana: Todos los Reyes del mundo/ son igualmente tiranos/y uno de los mayores/ es ese infame Carlos”.Hay que reconocerlo,  bastante malos en la rima, pero extraordinarios en su valentía. Era el mismo arrojo que distinguió a la Conspiración de Picornell, Gual y España.

Nuestra independencia va mucho más allá del 19 de abril de 1810, del cura Madariaga diciendo “¡No!” con su dedito índice y de Vicente Emparan batiéndose en el balcón y exclamando airado: “¡Pues yo tampoco quiero mando!”. Nuestra emancipación requirió un esfuerzo infinitamente mayor al empleado para firmar el Acta de la Declaración de Independencia, el 5 de julio de 1811, y posar para la foto (que en realidad fueron dos pinturas, la de Juan Lovera en 1838 y la de Martín Tovar y Tovar en 1883).  Los independentistas de aquella época  sabían bien que los esperaba una tarea titánica y tenían una meta precisa: sustituir la conciencia monárquica por una republicana y convertir a los súbditos de la corona en ciudadanos, pues solo así se podría crear un nuevo gobierno liberado del yugo español. Nos dice Perrone: “Realizar ese prodigio ameritó llevar a cabo una campaña prolongada desde los medios públicos, prensa, folletos y hojas sueltas, con la finalidad de enseñar los nuevos conceptos políticos a la población. Entre ellos se destacaban la libertad, la igualdad, los derechos del hombre y del ciudadano, la constitución y, sobre todo, los de gobiernos populares como la república, la democracia, el gobierno popular representativo y la democracia representativa”.

Para instaurar la república había que abolir la monarquía (el gobierno más proclive a degenerar en despotismo) y negar la aristocracia. En el periódico oficial de la Junta Patriótica —la Gazeta de Caracas— apareció lo siguiente en octubre de 1810: Deseamos que se frustren cuantas empresas se dirijan a trasplantar el antiguo Borbonismo en la América del Sur. Que los principios de una democracia generosa y de un republicanismo sabio y grave, de acuerdo con la humanidad, purifique todo aquel continente, y no le pongamos objeciones.Más precisión y objetividad, imposible.

Como era de esperarse, hubo tremendos obstáculos y desafíos, ¿y cuál fue el mayor de los retos?, rebatir la justificación de la monarquía absoluta: el derecho divino de los reyes. ¿Pero cómo convencer a los “súbditos en vías de convertirse en ciudadanos” que los reyes no eran ministros del orden celestial en la Tierra, que Dios no les había concedido la soberanía que detentaban? Nuestros revolucionarios ilustrados tuvieron que apelar a disquisiciones teológicas-filosóficas; a la divulgación del pensamiento político de intelectuales de otras latitudes; a lecturas públicas y a discursos como el de Francisco Espejo (presidente de la Alta Corte de Justicia) quien, con motivo del primer aniversario independentista, recorrió las calles de Caracas y terminó en la plazoleta de Santa Rosalía explicándole al pueblo el significado histórico del 19 de abril. Pero, de forma muy ingeniosa, estos mismos pensadores  recurrieron a lo que deseo llamar “el Poder de la Cuchufleta”. Con agudo sarcasmo echaron mano a todo tipo de burlas y pusieron en boga los insultos más procaces e indecorosos… ¡había que desacralizar a Fernando VII —“el Deseado”, “el rey Felón”, el felón indeseado— y cuestionar su divinidad hereditaria!

Esto de la cuchufleta tiene un encanto innegable y, como decimos en televisión, mucho más rating y arrastre popularLos miembros de la Sociedad Patriótica procedieron a ahogar el retrato del rey en el río Guaire; destrozaron el pendón real —que era símbolo de la monarquía—;y comenzaron a referirse al pobre Fernando como “un muñeco”, “un pedazo de palo”, “un mal nacido” o un “cara de gato”, pero el peor de  los insultos fue llamarlo “el hijo de María Luisa”. Era bien sabido que la madre del monarca era una señora… digamos que muy inquieta, vivaz y de moral distraída, insaciablemente distraída. Por lo tanto, su hijo era un mismísimo “hijo de p…”. Eso opinan los estudiosos del tema y yo deseo profundizar un poquito más: llamarlo así no solo era una ofensa despiadada al rey (que, ¡oh, sorpresa, era un simple mortal y, por si fuera poco, nada agraciado y monstruosamente mal dotado!), sino que al haber sido parido por una mujer tan promiscua en uno de sus 24 embarazos, quedaba cuestionada la paternidad del cornudo Carlos IV (Fernanducho muy bien podía ser el hijo de un brioso miembro de la Real Guardia de Corps o del fornido jefe de las caballerizas o del robusto cocinero de palacio o uno que pasó por allí y revolcose) y, así, la cosa divinamente hereditaria se desbarrancaba.

Recapitula el profesor Perrone: “Hundir la reputación de la monarquía y de la aristocracia fue una operación indispensable a fin de preparar el terreno para el establecimiento del gobierno popular”. Y yo necesito acotar: ¡no hay nada más inteligente que burlarse del poder para combatirlo y vencerlo! ¡Contra el autoritarismo, cuchufleta!

 

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