Publicado en: El Nacional
Por: Fernando Rodríguez
Caracas –y, por supuesto, el resto del país-– son un desierto cultural. Viniendo de una cierta frondosidad en la era democrática, la cultura prácticamente ha desaparecido, como casi todo lo de valor espiritual en Venezuela. Como las universidades, por ejemplo. ¿Cuántas librerías quedan en Caracas? Cuatro o cinco y es mucho decir, donde no suelen llegar ni los libros de autores venezolanos editados en el exterior. En el interior numerosas capitales de Estado no tienen ninguna. Cines de arte igualmente reducidos a pequeños milagros que hacen gente como Bernardo Rotundo y su combo. Las galerías de arte pequeñas y pocas, las más grandes están cerradas desde hace mucho, algunas en vida. ¿Teatro?, una vez por cuaresma. Las escasísimas editoriales no editan en sentido estricto, cobran al autor o a su mecenas por publicar, casi todas. Hay excepciones raras como Monroy. Fin de mundo cultural. Como los millones de venezolanos que se fueron. O los precios que suben y los salarios de hambre. Como el País desastre, que hasta Trump parece que se lo quiere robar y quién quita. Stop.
Todo este ejercicio masoquista para subrayar una excepción, un local en Las Mercedes donde pasa casi todo lo que pasa en cultura en Caracas. El Trasnocho, donde la gente que come cultura tiene como un templo y donde puede respirar a sus anchas. Cine de verdad, de autor no de actor, y en dosis más bien espléndidas. Teatro, gran parte del poco y mejor que hay. La mejor librería del país, la de Katina Henríquez, El Buscón, que tiene todo lo que se puede encontrar, nuevo y viejo, y donde se festejan con una gentío el nacimiento de los nuevos libros nacionales. La galería de arte más inteligente de la ciudad. Música a ratos. Y por supuesto restaurante, cafés para tertuliar, cotufas y otros aditamentos para mantenernos infantes. Es un espacio único y magnífico, no demasiado grande ni ostentoso, como la buena cultura.
Este milagroso espacio en medio de la barbarie de las botas habrá que recordarlo siempre. Como recordamos el Ateneo que dirigía María Teresa Castillo, en tiempos mejores.
Pero hay que decir que este milagro se debe en un altísimo porcentaje a la ímproba labor de una dama que dejó una flamante carrera de cineasta por levantar, por más de un decenio esta fortaleza contra la barbarie, Solveig Hoogestein. Salve, amiga. Y que continúa ahora con una pasión y una sapiencia más que evidentes José Pisano, un arquitecto que se dedicó a la gerencia cinematográfica, viejo amigo también. Solveig me dijo cuándo le pregunté por su sucesor, “el mejor imaginable”.
Todos le debemos mucho a ese amable espacio, de aquí esta modesta celebración.





