El señorío del Abstraktes Verständnis – José Rafael Herrera

Publicado en: El Nacional

Por: José Rafael Herrera

Tal como se la entiende y practica en el ámbito de nuestra civilización,

la racionalización progresiva tiende a aniquilar precisamente aquella

sustancia de la razón cuyo nombre se invoca en favor del progreso”.

Max Horkheimer

Nadie se salva. Todo está bajo su estricto y siempre inflexible señorío. Ha logrado un consenso universal que lo hace parecer tan evidente, tan a la mano, tan natural, que el solo intento de objetarlo ante el sentido común se considera un índice de extravío o divagación. Él es inobjetable. Es la auténtica religión, la suprema fe, de la sociedad del presente. Por si fuera poco, ha logrado imponer la extensión de sus dominios -materiales e inmateriales- valiéndose del cada vez más perfeccionado uso de la instrumentalización que le es inmanente, su mayor arma de coerción. Consenso, de un lado, coerción del otro. Panem et Circum. El llamado Abstraktes Verständnis, el Entendimiento Abstracto, gobierna al mundo entero y, en consecuencia, a las formas puras de la intuición, cabe decir, al espacio y al tiempo sobre el cual se produce y reproduce el mundo contemporáneo. Un espacio y un tiempo que, por cierto, se han ido ensanchando y ante los cuales el propio Kant -uno de sus principales promotores- quedaría perplejo.

En el caso de Kant, quien se propuso honestamente ponerle punto final al inmemorable conflicto entre la metafísica y el empirismo, su Crítica de la Razón Pura expone en detalle y con rigor el necesario criterio de demarcación existente entre sensibilidad, entendimiento y razón, teniendo en mente la cooperación recíproca que cada una debe brindar al conocimiento en beneficio de la verdad. Las primeras dos funciones conforman -en virtud de la imaginación trascendental o productiva- el entramado de la propia razón, pues “el entendimiento sin la sensibilidad es vacío, la sensibilidad sin el entendimiento es ciega”. Sin ellas la razón flota en el vaivén de los espejismos. No obstante, mientras que la razón entra en aporías, que le son consustanciales, el entendimiento es un conocimiento apodíctico, cabe decir, incondicionalmente cierto y necesariamente válido. En otras palabras, el entendimiento es confiable y, más aún, incontrovertible. Y por eso mismo termina en la fe: no se discute. Es él quien identifica y organiza la fenomenicidad mediante las categorías constitutivas del conocimiento. Desde entonces, el entendimiento se transformó en la forma absoluta -que devendrá absolutista- de conocer, y se implementó e institucionalizó progresivamente en todos los ámbitos de la vida cotidiana. El entendimiento es al mundo actual lo que la compañía ACME representa para el “pobre Coyote” del “Correcaminos” de los Looney Tunes.

De tal modo que, parafraseando a Marx, dondequiera que el entendimiento abstracto ha logrado consolidar su hegemonía, ha terminado destruyendo el idilio de las más elevadas relaciones de vida sociales y políticas precedentes. Lo orgánico le ha cedido el lugar a sus disecciones obsesivas. Y es que su determinación esencial está compuesta por la uniformidad y el consecuente vacío característicos de la instrumentalización. El entendimiento, enseñoreado, va desgarrando sin piedad el esfuerzo por mantener los frágiles lazos de fraternidad y solidaridad, pacientemente tejidos durante siglos, que conformaron la idea misma de la composición del todo mediante la reunión de sus partes -el Hen kai Pan o el “Uno y Todo”-, a cambio del desmembramiento analítico que conduce directamente al frío cálculo, al despiadado interés y, por supuesto, a la muerte. En su afán desmedido de dominio absoluto, se asume como la totalidad del saber, reflejando ficciones que terminan objetivándose, mutando en realidades sin alma. Y, bajo su arrollador y creciente poder sobre el mundo, las antiguas profesiones de fe se van transformando en inescrupulosas franquicias a su servicio, al punto de que el médico, el jurista, el sacerdote, el poeta, el científico, el ingeniero o el profesor  -que en otros tiempos fueran oficios dignos de veneración y respeto- terminan por convertirse en “obreros asalariados” al servicio de sus “protocolos”. Como si se tratara del relato goethiano de El aprendiz de brujo, la máxima -y quizá la más compleja- creación del pensamiento moderno, cuyo mayor propósito consistía en vencer la oscuridad, es decir, en arrojar la luz del conocimiento para el mayor progreso y desarrollo de la humanidad, ha terminado, via invertionis, por conducirla a la mayor oscuridad, presa en la barbarie de las últimas regiones de la caverna platónica, no muy disímiles de las cadenas de montaje fordistas.

Razón tuvo Spinoza frente a Descartes al exigir una Reforma (enmendatio) del entendimiento.  No porque Spinoza quisiera introducir algunas mejoras al método postulado por Descartes -del cual se deriva toda la subsecuente formalización e instrumentalización de las relaciones humanas que luego fueran sacralizadas por Locke, Hume y Kant-, sino porque para poder superar sus pretensiones totalitarias y conservar sus estrictos beneficios (Aufhebung) era imprescindible que el entendimiento se entendiera a sí mismo, es decir, se autorreformara (que es, por lo demás, el significado más hondo del socrático “conócete a tí mismo”), desocupando el lugar que usurpa y ocupando el que le corresponde.

Detrás de cada satrapía, de cada totalitarismo, de cada populismo y de toda demagogia se oculta el entendimiento abstracto. Es la base firme que sustenta la insustancialidad del presente, valga por una vez la paradoja. La mano invisiblemente visible. La zanahoria frente a los ojos del asno. La rueda del hámster, convencido de que mientras más rápido corra más pronto llegará. La transmutación del intelligere en religare. La devaluación del νούς. La sustitución del salario por el bono. La senda perdida y el anuncio glamuroso del ocaso de la libertad sobre la cual creció la civilización occidental.

 

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