Publicado en: El Universal
Se llama El mito de la transición pacífica…, e intenta demoler la imagen armónica, “centrista” que quedó, atribuyéndole “violencia” en sentido genérico, ambiguo. Los extremistas, como siempre, vieron en el cambio de régimen “la oportunidad” revolucionaria y al frustrarse, buscaron desenlaces violentos. Mariano Sánchez Soler explica lo que no hace Sophie Baby: ETA, GRAPO (maoístas) Terra Lliure (izquierda catalana) FRAP (maoístas). declaran una abyecta guerra contra la población civil con sus famosos tiros en la nuca y bombas. Querían provocar un golpe, para desestabilizar España y Tejero lo intentó. El terrorismo dejó 700 cadáveres, 73% de civiles: empresarios, amas de casa, niños, políticos, y resto de policías y militares en su deber.
Hoy por aquí, la izquierda antes radical, es el centro, impulsa la transición, y para asombro, payasos ágrafos disfrazados de “analistas”, comienzan por negarla, para desestimar la democratización institucional en marcha. Se oponen o miran para otro lado ante los cambios económicos, la ley petrolera, ingreso de capitales globales, modificaciones institucionales, la libertad de presos y de expresión. Subyace la moralmente incalificable óptica de que, si el país mejora la situación de los sectores populares, se perjudicarían sus planes electorales. Pero lo más gravoso, culpable, falsario, es el silencio estruendoso sobre esto: habrá democratización si y solo sí se recorta el período y se establece una sola reelección inmediata del presidente de la República y otros cargos.
Volver al sistema bicameral: diputados de base poblacional y senado federal en representación igualitaria de los estados. En la “constituyente” norteamericana, la Convención de Filadelfia de 1787, los estados pequeños estuvieron a punto de retirarse y deslegitimarla porque la delegación de Virginia, presidida por Madison, proponía constituir un parlamento en el que los estados eligieran un número de legisladores proporcional a su población. Así Virginia y otros grandes tendrían cada uno 10 representantes, mientras Delaware y los estados pequeños, 1, o 2 representantes y serían aplastados en las decisiones. George Washington había pactado con las delegaciones no intervenir en los debates porque su palabra inclinaría la votación, pero se reunía informalmente con los delegados.
En un desayuno explicó la teoría salvadora, con el ejemplo del café hirviente que vertía en el plato para enfriarlo. “Las decisiones calientes de los jóvenes representantes electos por la mayoría poblacional, pasarán por el plato, el senado, jerarquía superior que acepta o rechaza, y en él estados grandes y pequeños tendrán por igual dos miembros. Así se equilibra”. En la actualidad las grandes naciones democráticas tienen parlamentos bicamerales, mientras los países pobres o “revolucionarios”, asambleas nacionales monocamerales. En varias ocasiones me he referido a que nuestro sistema electoral es caricaturesco, mofa de originales serios que imperan desde hace siglos en las democracias avanzadas, que aquí tropicalizamos. Existen dos valores electorales esenciales, igualmente democráticos, aunque contrarios.
Uno, la nominalidad anglosajona, llamada por Arendt Lijphart “democracia de Westminster” o “democracia mayoritaria”, conformada en ocho siglos, y que impera desde 1830 en EE. UU. Se basa en la proximidad del representante y los electores, lo que obliga a circuitos electorales pequeños donde se conozcan. En ese método, el que gana asume y los votantes minoritarios quedan sin representación, el llamado winner take all. Al otro lado, la democracia de consenso con representación proporcional, para que cada fuerza obtenga representantes de acuerdo con su votación, lo que implica listas o “planchas”, despersonalización. En 1949 los líderes de la nueva República Federal Alemana resolvieron esta contradicción y se inventó la síntesis, un acto brillante de ingeniería político institucional, “la representación proporcionalidad personalizada” o “sistema mixto alemán”.
Por aquí lo adoptamos en 1989-91 para luego tropicalizarlo con adefesios tales como “las morochas”, “la lista nacional”, el mercado libre de diputados y suplentes, que anularon la majestad del poder legislativo y de la condición de parlamentario. En discusiones del fenecido senado, alguien planteó que había que “mejorar” el “método mixto alemán” para hacerlo “más justo” y acoté que menos mal no era sobre el Teorema de Pitágoras o la fórmula de la Relatividad, porque seguro que también “los mejorábamos”. Hay precedentes; en Indiana (1897) Edward Goodwin, “un-médico-muy-culto”, aficionado a las matemáticas, hizo que la legislatura “se dejara de enredos y redondeara” el Pi (3,1416). Por fortuna unos matemáticos de la universidad se movilizaron y detuvieron el entuerto.





