Algunos sienten que el gobierno de la presidente encargada, exhausto y febril, agoniza en una cama de rumores y silencios. Lo describen como un cuerpo político que respira apenas, con ese temblor que anuncia la muerte cercana. En esa visión, la institucionalidad es un animal herido que ya no distingue si la luz que ve es amanecer o el resplandor final antes de apagarse. El país, habituado a los sobresaltos, observa con una mezcla de resignación y morbo, como quien asiste a un velorio anticipado sin saber si el difunto todavía escucha.
Otros sostienen que la Administración Trump le ha dado aire, un soplo brusco, casi violento, que funciona como respiración asistida. Hablan de un respaldo que no es ternura sino cálculo, una máquina de oxígeno que se enciende y se apaga según conveniencias geopolíticas. Para ellos, no hay agonía sino una prolongación artificial del cuerpo político, sostenido por tubos, cables y decisiones que vienen de fuera. Un paciente que no vive por sí mismo, sino por la voluntad de otro.
Entretanto, el país —el verdadero país, el de la gente, el de los millones que no viven en una burbuja— no sabe si creer o no creer. Camina entre versiones que se contradicen, diagnósticos que se anulan, rumores que se inflan y se desinflan como pulmones fatigados. Ese país, el que madruga, el que hace colas, el que sobrevive sin discursos, observa la escena como quien mira una obra ajena: no sabe si aplaudir, si retirarse, si esperar el desenlace o si asumir que el desenlace ya ocurrió y nadie lo anunció.
Mientras, los periodistas —los de aquí y los de fuera, los que aún creen que una frase puede iluminar la penumbra— siguen a la caza de alguna noticia que despeje las dudas. Se mueven como cazadores en un bosque lleno de sombras, atentos a cualquier crujido, a cualquier gesto, a cualquier filtración que pueda convertirse en titular. Revisan fuentes, llaman contactos, cruzan versiones, persiguen declaraciones que se contradicen entre sí. Algunos creen que encontrarán la pieza que falta; otros sospechan que no hay pieza que encontrar.
Y en el medio de la incertidumbre, los datos. Fríos, implacables, incapaces de ser seducidos por discursos. La inflación acumulada en Venezuela durante los primeros meses de 2026 supera el 129,8%, mientras la interanual roza el 544,1%. Los precios suben como si tuvieran vida propia; los salarios o cualquier forma de ingresos, en cambio, se quedan atrás, exhaustos, sin aliento.
Los números no opinan, no creen, no dudan. Sólo muestran. Y lo que muestran es un país atrapado entre relatos políticos y cifras que no perdonan: un gobierno que algunos ven agonizar y otros ven respirando por tubos extranjeros; periodistas que cazan noticias en un bosque de sombras; ciudadanos que no saben si creer o no creer; y, en el centro, los indicadores que revelan que la incertidumbre no es sólo política: es matemática, es estructural, es diaria.
La conclusión final se vuelve más feroz: la única verdad que no puede maquillarse es la de los números. Y esos números dicen que el país vive en un temblor permanente, que la economía no espera a que la política se ordene, y que la soberanía —si queda alguna— empieza por reconocer la magnitud del abismo.
La clase media, lo que queda de ella, se engaña a sí misma. La realidad es tan dura, tan inasible, tan insistente en su crudeza, que más vale anestesiarla con un par de rones y dejarse arrullar por la más reciente producción en video del influencer de turno. Es una forma de supervivencia: mirar hacia otro lado, aunque ese otro lado sea apenas una pantalla que promete alivio y entrega evasión.
Una noticia pasa casi sin ruido: la fila interminable de venezolanos que cruzan hacia Brasil, con una foto reciente, sin trucajes, sin filtros piadosos. Una hilera de cuerpos cansados, mochilas mínimas, miradas que no buscan cámara sino salida. Un éxodo que no necesita titulares estridentes para ser devastador: basta con verlo.
“Esto es un experimento”, dice un connotado politólogo. Y yo me pregunto —porque alguien tiene que preguntárselo—: ¿para la gente de carne y hueso, qué demonios es un experimento? ¿Qué significa para quien hace cola, para quien migra, para quien come una vez al día? Preguntaría Miquelena, ya oxidado en los recuerdos de la infamia, y cuyo nombre escribo previo tomar una pastilla para la náusea: ¿cómo se come eso? ¿Cómo se mastica, cómo se digiere, cómo se paga el costo de que otros jueguen al laboratorio con un país entero?





