Hablando de muros – Elsa Cardozo

Por: Elsa Cardozo

A propósito de la decisión de Donald Trump de terminar de

construir el muro en la frontera con México y de que sea su vecino quien lo pague, varias revisiones recientes evidencian cuánto han proliferado los muros construidos para separar países y sociedades. Eran algo más de una decena en 1989, cuando la demolición del Muro de Berlín se convertía en una poderosa imagen de la nueva fluidez del mundo, pero resulta que ahora son siete veces más.

Sí, el mundo se ha ido llenando de toda suerte de barreras que de modo inútil, cuando no contraproducente y muchas veces perverso, intentan separar, aislar, excluir, contener, encerrar, entre muchas otras intenciones confesables y no confesables.

Pueden haber sido pensados para separar grupos adversarios, como en Belfast, o para mantener control en la frontera entre Estados, como las dos Coreas; también por ciertos países para marcar y defender el territorio sobre el que defienden o reivindican soberanía, como Israel con sus vecinos o la India sobre Cachemira ante Pakistán. Muchos han sido instalados para intentar protegerse de ataques de grupos armados, en casos como Uzbekistán o Irak. Pero lo que, sin duda, los ha multiplicado es la intención de contener migrantes y refugiados, desde la cerca que separa Celta y Melilla de Marruecos, hasta las barreras construidas por Hungría y Eslovenia, Bulgaria y Grecia. Es todo un tema esto de los muros, especialmente porque alrededor de ellos no ceden, sino que tienden a concentrarse y acrecentarse las tensiones.

De vuelta al caso que resuena en nuestro lado del mundo, la vieja idea de una gran pared para detener la inmigración ilegal desde México a Estados Unidos se agrava ahora por la inexactitud del diagnóstico y por lo ofensivo, costoso y generador de maltratos de la propuesta de cierre completo de la frontera, acompañada como viene por severas iniciativas económicas proteccionistas. En lo que parece otro tema, pero es el mismo, la prohibición temporal de ingreso a Estados Unidos de ciudadanos de siete países predominantemente musulmanes levanta otro cerco no solo humanamente sofocante, sino contraproducente para la convivencia y seguridad de los mismos estadounidenses. La mentalidad del amurallamiento alienta una peligrosa fantasía de poder e invulnerabilidad que suele dejar de lado las razones humanas que, por cierto, hay que aprender a vincular –también humanamente– a la pérdida de seguridad.

La cuenta de unas siete decenas de muros levantados en el mundo no incluye otros muchos amurallamientos, tremendamente inhumanos, que han ido aumentando a la sombra de la pérdida de democracia. Son las barreras que en nombre de su autodeterminación imponen los gobiernos que excluyen y descalifican cualquier iniciativa internacional o no gubernamental que vele por los derechos humanos, mientras que cada uno a su manera se protege y, en nombre de los intereses nacionales, ataca a cualquier disidencia.

En este registro, el muro venezolano se ha ido haciendo cada día más alto, ancho y enormemente inhumano. Es ya inocultable la seguidilla de acciones y omisiones gubernamentales que sin misericordia sofocan adentro y, sin escatimar recursos, evaden y anulan la presión exterior. El pretexto, que no ha tenido dificultad en encontrar oyentes en otros gobiernos, es que el muro es de contención. Como si el gigantesco derrumbe, con sus consecuencias materiales y humanas, no estuviera a la vista en todos los indicadores ni mostrando sus muchas y perversas ramificaciones internacionales.

elsacardozo@gmail

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