Publicado en: Blog personal
Por: Ismael Pérez Vigil
Somos, al mismo tiempo, el país que acogió inmigrantes y el país que expulsó a los suyos. Esos dos momentos forman parte de la misma historia. No podemos entender el uno sin el otro. La emigración de millones de venezolanos, en búsqueda de las oportunidades que su país les negó, me ha hecho pensar mucho en la inmigración, que no es solo un fenómeno demográfico, ni una política de Estado. Es, ante todo, una cadena de decisiones tomadas con coraje por los inmigrantes, de vidas rehechas desde cero, de valores transmitidos de generación en generación. Venezuela supo recibirlos. Ahora nos toca aprender a gestionar el otro lado del espejo.
Idealizaciones y el regreso…
En los últimos años se ha idealizado a los emigrantes; se destaca su “ser venezolano”, su simpatía, ingenio, tesón y capacidad de adaptación. Todo eso es cierto y también lo es que muchos sobresalen en los ámbitos donde se insertan. Pero esa idealización a veces oculta un hecho fundamental, que algunos olvidan: la gente se fue. Y aunque se fue por razones válidas −esto no es un juicio−: inseguridad, miedo, carencias económicas, búsqueda de oportunidades, frustración y, en parte, decepción con la política, eso no cambia la situación y lo debemos considerar
Hoy existe una especie de deseo intenso con el retorno de quienes se marcharon. Pero la pregunta es si realmente van a regresar. Y más aún: ¿Cuántos otros los acompañarán y vendrán como nuevos inmigrantes, atraídos por la promesa de una Venezuela petrolera o minera en recuperación? Sobre el eventual regreso de quienes se fueron, conviene mirar la situación con toda honestidad, que permita comprender bien el fenómeno y prepararnos para sus implicaciones. Al respecto quiero plantear algunas reflexiones.
Realidades …
No tengo ninguna encuesta, excepto la que “viví” en el proceso de la organización de la Primaria en 2023, en el cual diseñamos un proceso telemático para registrar a los venezolanos y organizar su votación en el exterior. Escogimos 81 ciudades para votar, en donde sabíamos que había unos seis millones de venezolanos −de acuerdo a la información que nos suministraban los gobiernos de esos países−, calculábamos que entre los seis millones había unos tres millones y medio de electores, inscritos para votar en Venezuela.
Por ese proceso de registro pasaron quinientos mil venezolanos; aunque algunos no lo lograron, por diversos motivos −no tenían un teléfono inteligente, no tenían acceso a correo electrónico, les resulto complejo el registro, etcétera−, finalmente, en seis semanas, se registraron unos 370 mil electores −61 mil por semana, 8 mil diarios− y de esos, fueron a votar el 37%. Sé que algunos esperaban una votación mucho más masiva en el exterior; pero, hay que decir que fue un rotundo éxito, para un proceso de primaria, pues, como dije, votó el 37% de los inscritos −el 12% fue el porcentaje en Venezuela− y ambos fueron una muy alta votación para un proceso de este tipo, que por lo general la participación, cundo es alta, es inferior al 10% de los electores. Ese proceso de registro podrá servir de ejemplo para futuros procesos electorales en Venezuela.
De todas formas, no ocultemos que, en el fondo, es una confirmación de lo que ya dije en mis artículos anteriores: los venezolanos que están afuera, piensan lo mismo que los que estamos en el país y para muchos, hay un cansancio, una decepción de la política.
Encuestas
Hoy tenemos algunas encuestas que tratan de explorar los sentimientos hacia el país de los venezolanos en el exterior. Hay una reciente del Observatorio de la Diáspora Venezolana (https://odvdiaspora.org/) que fue presentada a finales del pasado febrero; a pesar de las limitaciones de la encuesta, advertidas por los propios encuestadores, debido a la metodología de recopilar la información −Bola de Nieve (Snowball Sampling)− la muestra no es representativa en sentido estadístico estricto, sin embargo, es útil para orientar la reflexión. En dicha encuesta los encuestados manifiestan que solo el 11% está dispuesto a regresar, el 44% lo harían solo si se resuelven algunos problemas; pero, el 23% dice que no regresara de ninguna manera. La gente que se ha establecido, después de innumerables limitaciones y penurias, difícilmente regresa.
No necesito una encuesta para saber eso, lo vivo en mi familia: mis abuelos, mis padres y tíos, están enterrados o esparcidas sus cenizas en el país; la segunda generación, estamos casi todos aquí; nuestros hijos son los que se han ido; y así ocurre con la mayoría de las familias, de inmigrantes o no, cuyos hijos se han ido del país. ¿Regresarán? Mi experiencia personal, vital, me dice que una vez establecidos, creada una familia, en otra parte, es difícil; sobre todo si en esos países −como España, Brasil y otros− les ofrecen condiciones para quedarse.
Decía un periodista recientemente, Ramón Hernández, en El Nacional el 14 de marzo de este año (Ver https://bit.ly/4mP9ygi):
“Ese capital humano permanece conectado con su país. Intercambia información, envía recursos, mantiene vínculos familiares y culturales.”
Pero, ese capital humano, está afuera; como vimos en los cuadros y cifras que presente en mi artículo anterior (Ver en https://bit.ly/42XCtFO)
Preguntas clave
Las preguntas que nos tenemos que responder, son dos en realidad; la primera no es si regresaran los venezolanos emigrantes; la pregunta es si estamos preparados y en condiciones para recibirlos; a los que vuelvan y a los nuevos inmigrantes de otros países que llegarán, atraídos por la promesa de una Venezuela petrolera y minera recuperada. ¿Tenemos hoy las condiciones que teníamos hace setenta, setenta y cinco u ochenta años, para absorber esa migración? Tenemos que crear esas condiciones.
La segunda pregunta es también muy importante: A esos venezolanos, que por variadas y comprensivas razones no regresen, ¿cómo los incorporamos a la reconstrucción de las instituciones democráticas, al desarrollo del país, de su país, en donde tienen afectos, recuerdos, propiedades, familiares y amigos? Hay un regreso “físico”, al que algunos se acogerán; pero hay un regreso, existencialmente profundo al que se pueden incorporar desde el exterior aquellos que no lo harán físicamente, al menos de manera permanente. Hacia esos hay que dirigir los esfuerzos políticos.
El legado
Podría llenar páginas y páginas con los aportes que nos dejó la inmigración y el que nos pueden dejar nuestros emigrantes: Industrias, construcciones, comidas, música, cultura, idiomas, etcétera. Soledad Morillo lo describe muy bien en sus artículos y en su libro (Lo que nos trajeron los Inmigrantes), próximo a publicarse; pero, con relación a los inmigrantes yo quiero tomar otro camino, el de los valores, el del ejemplo, y cerrar con algo más íntimo, por eso concluiré con extractos del testimonio de un descendiente, en segunda generación, de inmigrantes, que nos dice lo que la inmigración le aporto a él.
“Lo que he llegado a comprender es que esto no comienza conmigo; empezó hace generaciones, con mis padres y sus padres…
… las conversaciones en nuestra mesa solían ser sobre lo que estaba ocurriendo en Venezuela y en el mundo. Estas discusiones me enseñaron que la política no es una mala palabra y que ser apolítico no es una opción. Que la democracia siempre vale la pena defenderla. Y mi familia sigue luchando por la democracia hasta el día de hoy.
Mis padres aprendieron esas lecciones de sus propios padres. Mi papá y su familia emigraron a Venezuela cuando él era apenas un niño. . . tomaron la difícil decisión de emigrar. Dejaron atrás todas las penurias de la posguerra—todo lo que habían sido—para convertirse en todo lo que podían ser.
En Venezuela, trabajaron duro y prosperaron junto con la naciente democracia que empezaba a echar raíces en un país que apenas había derrocado a una dictadura.
[…de mi abuelo materno] … tengo la fortuna de que no solo dejó sus escritos, sino un legado de valores que aún llevo conmigo: resistencia, esperanza radical, amor y el papel fundamental de la educación, el lenguaje y la palabra escrita para dar sentido a mi identidad y a la de mi nación.
. . . Veo la influencia de mi familia y el poderoso hilo de sus valores . . .
. . . También veo su legado en la vocación de ayudar y servir a otros, de asegurar que nuestros sistemas prioricen la humanidad por encima de las tareas o las ganancias, y de abogar por una educación que nutra a las personas, en lugar de simplemente producir trabajadores…
A todos los que me formaron…los pienso como esas estrellas giratorias en un cuadro de Van Gogh, esos puntos brillantes que se expanden y se entrelazan en la trama de mi vida.
Y en estos tiempos oscuros, debemos aferrarnos a esos puntos brillantes.
A menudo me pregunto qué dirían mis abuelos sobre esta era. ¿Lamentarían el retroceso hacia el fascismo y el autoritarismo? ¿Se hundirían en el dolor por la pérdida de aquello por lo que lucharon?
¿O acudirían a ese profundo pozo de amor, esperanza y resistencia, porque sabían que cuando luchamos, ganamos?
Creo que sé la respuesta.
Pienso mucho en mi abuelo. Un luchador hasta el final… Su lucha dio forma a mis valores; … este trabajo [como psicólogo] me da una manera de vivirlos.”
Son palabras de mi hijo −Andrés Eduardo Pérez Rojas, Dr. en Psicología−, en su discurso de incorporación a la Asociación Americana de Psicología; pueden ver la versión bilingüe y completa de sus palabras, en el siguiente vinculo: https://bit.ly/4tPhpfX. Él es hoy también un emigrante… o un inmigrante.
Conclusión final
He efectuado una descripción con cifras y hechos de los procesos de inmigración y emigración de los venezolanos y al final traté de recoger todo en un resumen. Como politólogo, por supuesto considero que el punto de la vinculación política de los emigrantes venezolanos con el país, en momentos de hablar de una “transición”, es crucial. Lo es, sobre todo, para planificar estrategias o acciones que fomenten la participación política, que de otra forma no existirían.





