Publicado en: Costa del Sol FM
Decir que unos acuerdos mal hechos “no pueden desarticularse” y que habrá que cargar con ellos per saecula saeculorum es más que una capitulación mental: es una claudicación del criterio, una reverencia servil ante la chapucería. Porque estos acuerdos —torcidos, defectuosos, parchados con saliva rancia que no ha visto pasta de dientes en años, redactados en cuartos cerrados por manos que sudan interés y esconden intención— no solo tienen todos los fallos posibles, sino que además exhiben esa categoría de errores que ni siquiera merece nombre, los que nacen cuando la improvisación se mete en la cama con la impunidad y conciben criaturas jurídicas que ya desde el primer día caminan como mulas cansadas.
Son acuerdos que crujen como madera podrida. Acuerdos que huelen a sótano húmedo y a papel manoseado. Acuerdos sostenidos con el hilo de la conveniencia de quienes los firmaron, ese hilo que se rompe con solo mirarlo.
Creer que son eternos es convertir la herrumbre en dogma, creer que es el estado natural del metal. Es olvidar que la historia tiene la mala costumbre de ajustar cuentas: corrige lo que se hace a traición, desmonta lo que se aprueba sin legitimidad, barre lo que se impone sin mandato. Nada que nace ilegítimo adquiere nobleza con el tiempo; La ilegitimidad no madura: se pudre, se descompone, hiede, se cae sola.
Alegar que estos acuerdos son irreversibles es tan absurdo como afirmar que la legislación nazi —esa maquinaria jurídica diseñada para justificar el horror— habría sido imposible de eliminar después de la guerra. La humanidad la desmontó porque era incompatible con la vida.
Y aquí entra el otro actor de este melodrama: los “inversionistas”, los decentes y los indecentes, los de corbata fina y los de moral deshilachada. Harán bien en entender que lo mal hecho tiene remedio, sí, pero nunca es un remedio gratis. Lo torcido se puede enderezar, pero la madera grita. Lo ilegítimo se puede desmontar, pero deja astillas en las manos. Lo abusivo se puede revertir, pero siempre hay sangre seca en el borde de la página.
Creer que estos acuerdos son inamovibles es ingenuidad. Creer que corregirlos será indoloro es estupidez. Creer que no habrá consecuencias es fantasía.
Todo es reversible, salvo la muerte. Esa sí que no tiene vuelta atrás. Pero que se entienda: La historia no regala rectificaciones, las cobra. Y las cobra caro.





