Jean Maninat

La Murga de Panamá – Jean Maninat

Por: Jean Maninat

Eh, vamos a bailar la murga,

la murga de Panamá

Esto es una cosa fácil, y muy buena pa´ bailar.

La Murga, Willie Colón/Héctor Lavoe

La Cumbre de Panamá, así la denominaron algunos medios haciendo honor al lenguaje, grave y pomposo, que se apoderó de la política –all inclusive- en la Pequeña Venecia. Solo faltan los heraldos con trompetas anunciando el inicio de cualquier evento de ocasión, cualquier encuentro para “trazar estrategias”, o reunión con los “compañeritos de base” en casa de la compañera Jacinta, que prestó su patio para reunirse. Pero, es obvio, de qué asombrarse, cuando se marcha de la mano de Dios, el más nimio acto, el más común de los eventos, adquiere dimensión de anunciación (ángeles con trompeta incluidos) o de pesebre transcendental (reyes magos orientales incluidos). Del galáctico a esta parte del cuento, cada palabra, cada gesto, es mármol grabado, picaporte para entrar en la HISTORIA, así grandota, como una gigantografía comercial, grandilocuente y banal.

En momentos precursores de la IV república (más precisamente, octubre de 1958), los padres fundadores de la democracia piccola-veneciana se reunieron en una modesta quinta bautizada Punto Fijo, y establecieron el acuerdo político que sentaría las bases de una democracia que fue ejemplo en el continente americano. Con la prudencia y el seso que caracterizó su acción política en esos años, denominaron el acuerdo logrado con el sencillo nombre de la morada que sirvió de escenario para firmarlo: Punto Fijo. (By the way, si bien es cierto que el Pacto contemplaba el acuerdo de realizar elecciones de manera pacífica y sus resultados ser respetados por todos, a ninguno de los tres firmantes se le ocurrió la precipitada idea de anunciar públicamente -y en el momento histórico de rubricar el contrato- su firme disposición a ser candidato. ¡Ah, los astutos modos de la “vieja” política!).

Pero, asumamos que el encuentro de Panamá fue eso, un encuentro, sin fanfarrias épicas, entre personas que quieren un cambio democrático, reconocen el liderazgo de una sola y única alma para llevarlo a cabo, y están dispuestas a pasar la página que belicosamente anunciaron que nunca pasarían. A los convites sociales uno invita a quien le da la gana y deja por fuera a quien incomoda y amenaza la armonía exclusiva del evento. En la política, la lista de los no invitados estelares de la misma familia, pone a prueba la pretendida amplitud de la convocatoria. ¿Al diputado fulano, por qué no lo invitaron? Tan amigos que eran.

Como sabe hasta el más amateur de los planificadores de bodas, bautizos, aniversarios y divorcios, en toda reunión que se respete hay un elefante en la habitación que nadie quiere ver, al que los comensales evitan y los dueños de casa pretenden ignorar. Pero el elefante está allí, apabullante, amenazante en su supuesta transparencia, respirando (les) en el cogote a todos los presentes, recordando (les) la deuda pendiente. En este evento monosápido y emocional, el elefante es bicéfalo: tiene una cabeza en Miraflores y la otra en Washington, D.C., y sin su presencia en el sarao, no habrá transición danzante que valga.

Para bailar esta murga, hacen falta tres...

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