La noche callada – Fernando Rodríguez

Publicado en: El Nacional

Por: Fernando Rodríguez

No deja de ser extraño que en este país no hayan existido movimientos visibles en pro –y por ende seguramente en contra- de ciertos derechos humanos novedosos que ya se han sembrado en medio mundo, y aun en algunos países latinoamericanos, con tanta o menos modernidad que esta Venezuela hoy colonizada por un César disfrazado de payaso.

Nos referimos por supuesto a la dignificación de la diversidad sexual, los plenos derechos de los homosexuales, señaladamente el matrimonio y los hijos. Muy sintéticamente, el derecho de cada quien a vivir su identidad sexual en libertad y protegida jurídicamente. Igualmente el humanitario derecho a una muerte digna que suprima el sufrimiento inaguantable y sin destino, la eutanasia. O el aborto como derecho  de la mujer, ya bastante mundializado. El feminismo mismo, que si bien ocasionalmente asume su presencia, está lejos de ser protegido por una legislación actualizada que proteja e iguale a la mujer y una opinión pública atenta al respecto.

¿Por qué? No son muy claras las causas. La Iglesia, factor fundamental en el retarde de ciertos países, aquí no parece tener demasiada influencia en la muy laica vida de los venezolanos. La iglesia católica,  aun mayoritaria, con  sus papas buenos como Francisco y  León, dejando de lado los reaccionarios como Ratzinger y Juan Pablo, ya la sabemos es impenetrable en estos ámbitos. Pero hemos vivido las tres últimas décadas un gobierno que se tildaba de revolucionario y cuyo líder se permitía insultar con viva y candente voz a la más alta jerarquía nacional; si bien cuando convenía era capaz hasta de simular una curiosa devoción. El Chávez moribundo se permitió hablar de un José Gregorio revolucionario, apoyando a Castro contra la planta insolente, y llegó hasta a amenazar con  practicar una santificación popular y revolucionaria, mundialmente la primera, ante la tardanza incomprensible de la Iglesia en hacerlo. Y recordemos por último que la  iglesia católica nacional ha mantenido, muchas veces en este inacabable vía crucis de la tiranía, dignas  posiciones enfrentadas con el poder. A veces muy frontales, e intelectualmente muy  valiosas como en el caso de los jesuitas.

Nos permitimos saltarnos la influencia de otras iglesias. Es evidente que los protestantes, de notoria alza cuantitativa en el país y el subcontinente, han tenido veladas pero seguramente importantes acercamientos al ecléctico poder dictatorial, pero desconocemos su peso en estos ámbitos, seguramente muy real.

Lo que llamaríamos opinión pública, que sepamos no censurada en estos aspectos, permanece en un ominoso silencio sobre estas cuestiones. Los intelectuales, como en casi todo, mantienen una  medrosa e innoble ausencia, encerrados en sus jardines creativos, donde no llegan ni las plegarias por los derechos humanos de los presos políticos ni las abominables e inmensas censuras que reinan en los medios masivos de comunicación, la destrucción de las universidades o de la misma estructura cultural nacional. Sufren y callan, en Caracas o desde Madrid. Las feministas son los grupos de acción más beligerantes, pero sus dimensiones no alcanzan un nivel realmente nacional.

Este silencio por identidades y derechos esenciales sin duda se vincula a los largos años de silencio político, la destrucción de los partidos, la ausencia de  ciudadanos reclamando sus derechos en las calles, su queda furia por el más burdo fraude electoral o la humillante presencia gringa en el palacio mismo de Miraflores. Pero subrayamos que la lucha por estos muy antiguos y muy actuales derechos identitarios aludidos tiene una cierta especificidad, distinta a la que se pena con cárcel y torturas, y de alguna forma revela con más diafanidad el temple del espíritu nacional.

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