Jean Maninat

La sombra de Heberto Padilla – Jean Maninat

Por: Jean Maninat

Así se titula la lectura coral que hizo un grupo de intelectuales y artistas cubanos -fuera y dentro de Cuba- auspiciada por el Movimiento San Isidro y el 27N para conmemorar, el año pasado, el 50º aniversario del terrible auto de fe en el cual el poeta cubano Heberto Padilla   se inculpó públicamente de ser un redomado contrarrevolucionario, denostó de su obra, agradeció al Estado socialista la gracia que le otorgaba para redimirse, y de paso señaló a varios de sus compañeros, y a su esposa, de compartir con él la condición de enemigos de la revolución. La Mise-en-scène fue en la infausta Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) oficiada por dos burócratas culturales de cuya obra ya nadie se acuerda y ante la mirada apesadumbrada en unos casos,  y aterrorizada en otros, de muchos de los más prominentes escritores y artistas de la isla.

La lectura de la confesión de Padilla, y del debate que le siguió, como si fueran textos de una obra teatral del absurdo, la filmación en titilante blanco y negro, y la cámara aficionada y nerviosa sobre los rostros lectores le da una atmosfera pesadillesca, como si fueran espectros que vienen del pasado a ajustar cuentas con sus verdugos, rememorando la abyección a la que fue sometido un pobre poeta sin entereza. También están las voces de los obsecuentes, de los burócratas culturales que felicitan a la víctima por su “valentía” en reconocer públicamente sus pecados contrarrevolucionarios, mientras machacan su desprecio por la desviaciones personalistas de los intelectuales, siempre bajo sospecha de no saber anteponer la sobrevivencia de la  revolución a sus obras e inclinaciones burguesas.

Se redime, a medias, Norberto Fuentes, apestado por haber escrito una crónica crítica –Condenados de Condado–  de la guerra contra las guerrillas anticastristas del Escambray, quien defiende su derecho a la crítica desde su condición de revolucionario y partidario del “proceso cubano”. Al final, el enjuiciado pareciera él, apaleado por los dos burócratas culturales oficiantes en virtud de su individualismo antirrevolucionario. (Fuentes luego se avendría con Fidel y Raúl hasta convertirse en su mascota intelectual, para luego volver a caer en desgracia por el “caso Ochoa” y exiliarse por las justas allá en la Yuma).

Hace unos días El País de España hizo una reseña del documental El caso Padilla que rodó el cineasta cubano, afincado en Madrid, Pavel Giroud,  gracias a la recuperación-sustracción de la película que el Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográfica (ICAIC) filmó, en vivo y directo, para conocimiento de Fidel Castro, de la terrible inmolación de Padilla y la reacción de los escritores y artistas allí presentes. Siempre según la reseña de El País: Entre el público que estaba aquel día de abril de 1971 en la sede de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba se adivina a Reinaldo Arenas, Virgilio Piñera, Cintio Vitier, Eliseo Diego, Antón Arrufat o el cineasta Tomás Gutiérrez Alea”. Salvo Vitier, el resto sería apartado por la burocracia cultural de la revolución, reducidos a la marginalidad social como en el caso de Piñera y Arenas. Ver el trailer -está en las redes- trasmite la misma sensación de pesadumbre y horror de la lectura de los textos. (Mirar y oír a Padilla inculparse en un tono de voz y manierismo a lo Fidel, es escalofriante).

Ambos documentos sirven para hacer memoria de la terrible realidad del totalitarismo revolucionario cubano, su condición de aplanadora de la dignidad humana y la libertad de creación en nombre de un esperpento ideológico reducido a escombros. Heberto Padilla, regresó para recordárnoslos.

 

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