Casi todo ha sido inédito en Venezuela desde el 3 de enero de 2026. La detención de Nicolás Maduro y Cilia Flores abrió una posibilidad inusual de cambio político del régimen que tiene 27 años en el poder. La transición, en Venezuela, tiene sus propios caminos
Publicado en: La Gaceta Virtual
Por: Luis Salamanca
El régimen autoritario quedó descabezado el 3 de enero, pero el cuerpo quedó en pie y busca recomponerse. Con todo y lo importante que es la figura del presidente de la república, por ser el eje del autoritarismo, terminó siendo una persona sustituible por otra, sin mayores traumas. Sin embargo, la sustituta quedó atrapada en una situación de cooptación y sometimiento a Washington D.C. que le deja muy poco margen de acción para las materias más importantes relacionadas con la reconfiguración del régimen.
Donald Trump ha sometido a cambios importantes al modelo político venezolano. Y, a pesar de ello, no se observa, según el parecer de cierta opinión pública, que haya un camino claro hacia la democracia. Los venezolanos no tienen más que preguntas: ¿Hay transición a la democracia? ¿Habrá elecciones? ¿Cuándo? Hasta ahora muchos han sostenido que no, pero no las descartan; otros las dan por descartadas porque, según esa teoría, Trump lo que quería era el petróleo nacional y tiene un «no sé qué» con Delcy Rodríguez que apuntaría a mantenerla en el poder. Pareciera que el régimen chavista se saldrá con la suya, una vez más. Y esto desconsuela a la mayoría.
Pero las cosas no son así. Son pocos los que sostienen que hay una transición. Yo me cuento entre ellos.En esta nota sostengo que sí hay un proceso de transición a la democracia, pero para verlo, hay que escudriñar más en lo que está pasando, a fin de ver la originalidad del caso y, para ello, hay que cambiar el enfoque, o usar mejor el ya conocido.
Dado que el régimen autoritario se mantiene en pie y no apareció lo que llamo la figura-puente, alguien con poder suficiente que, proveniente del régimen autoritario, pueda pasar al otro lado del río llevando el autoritarismo a la democracia (ejemplos de lo cual son Wolfgang Larrázabal en Venezuela 1958 y el rey Juan Carlos en España en 1976), Trump apeló a un operador político venido de las filas del régimen que le permitiera lograr varios objetivos: recuperar el papel de las empresas estadounidenses en la economía venezolana, tener acceso al petróleo venezolano en el mediano y largo plazo y abrirle camino seguro a una transición a la democracia. Delcy Rodríguez no es la figura-puente, pero se ha convertido en el instrumento para poner en práctica los propósitos de la Casa Blanca: asegurar el orden, tarea sencilla porque el país estaba tranquilo en la quietud dictatorial y después del 3E sigue igual, aunque ha reaparecido la movilización social mediante la protesta. Aflojar la represión. Permitir una mayor expresión del pensamiento y de la información sin, aparentemente, mucho riesgo. Desmontar el círculo de Maduro y Cilia, lo que han hecho y siguen haciendo. Liberalizar la economía y permitir acceso preferencial a EEUU del petróleo y otras áreas de la economía.
Por último: permitir la reinstitucionalización que haga posible una elección democrática.
En otras palabras: una distensión en toda regla. Obviamente, Rodríguez también puede tener beneficios, pero el más importante es su interés en reconstituir el régimen bajo otras coordenadas, o al menos, sobrevivir políticamente para el futuro. Por ello está jugando a obedecer los dictados de Trump, pero también a la ralentización de las deliberaciones de la Mesa de Diálogo,sin impedir que ruede el balón de la reinstitucionalización. Esto último demuestra que la situación política no está cerrada, sino en desarrollo. Los actores internos se juegan mucho: el destino final de las figuras del régimen remanente, pero también el del bloque democrático.
Quienes señalan que no hay transición lo hacen porque observan y siguen observando que no hay liberalización ni democratización, según el esquema tentativo desarrollado por Guillermo O’Donnell y Philippe Schmitter (1986), en una obra de cuatro volúmenes dedicada a las transiciones en Europa y en América Latina conocida como Transiciones desde un gobierno autoritario; y, específicamente, en uno dedicado a las Conclusiones tentativas sobre democracias inciertas (1994), los autores elaboraron lo que ha venido a ser el «modelo» de las transiciones, aunque ellos no estarían de acuerdo con que crearan un modelo de análisis.
AQUELLA OTRA COSA INCIERTA
Ahora bien, la transición no empieza con la liberalización, sino con lo que obliga al régimen autoritario a liberalizarse. Es lo que llamo el evento disparador o desencadenante de la transición. Ningún régimen autoritario decide un día, espontáneamente, liberalizar la política de su país por amor a la libertad. Solo una crisis en la estructura de poder que ponga en entredicho la continuidad de la élite autoritaria y le haga ver que tiene que abocarse a una apertura, llevará a la misma a liberalizarse, o a distenderse, buscando un reacomodo. Al entrar en agenda la salida del poder de los gobernantes, a estos no les quedó otra opción que abrir el modelo político cerrado, liberalizar la transición y, eventualmente, llegar a la democratización.
O’Donnell y Schmitter definieron la transición como el proceso que llevaba de los regímenes autoritarios «a alguna otra cosa incierta» que puede ser una democracia o la «restauración» de un régimen autoritario más severo que el anterior. Es una definición adaptativa y útil. Todo ello arrancaba con el «inicio de la disolución» del sistema político vigente. Y, obviamente, eso tenía que ser provocado por un evento mayúsculo, que pudiera poner en duda su continuidad. Es el acontecimiento disparador del cambio político. La captura de Maduro es el factor desencadenante de la transición. Sin 3 de enero no habría 1 de agosto.
Una vez disparado el proceso de cambio, comienza una dinámica marcada por la incertidumbre, o la falta de certidumbre, que es el factor ambiental más importante que envuelve todo con sus efectos desequilibrantes en la transición. Todos aspiran a una transición tranquila, segura y rápida. Pero no hay transición buena, bonita y barata. Las vividas en otros países han sido altamente conflictivas. Al ser una dinámica incierta, pocas cosas están claras y se avanza como en un cuarto oscuro, buscando la salida, y para colmo, hay alguien con una pistola en la habitación. La transición se va haciendo y la hacen los interesados en ella. No es un guion preestablecido que se va desarrollando, tienen que escribirlo los actores. Las experiencias sirven para ver cómo han hecho otros pueblos y aprender de ellas, no para copiarlas; mucho menos, el enfoque con el cual se analizan.
El proceso que viven los venezolanos ha sido hasta ahora totalmente dependiente de los EEUU y de los actores seleccionados por los gobernantes de ese país. Parecido al panameño, pero con un desenlace distinto: en Panamá, tras la invasión norteamericana, se restituyó el mismo día, en la presidencia, al candidato ganador de las elecciones de mayo de 1989: Guillermo Endara.
En Venezuela se tomó otro camino, porque Trump tenía otros objetivos, además de la transición. Esta va al modo Trump, a la velocidad que él le imprima, con sus intereses y con sus marchas y contramarchas. La sociedad venezolana no ha asumido un papel más protagónico esperando a ver qué pasa. Pero, es claro que es un trabajo que deben hacer los ciudadanos, para no dejarlo solo en las manos de las élites nacionales e internacionales. Nada está garantizado en el mundo de las transiciones políticas. Y, en Venezuela, los actores principales siempre han sostenido que se avanza hacia unas elecciones democráticas. Nunca han dicho que no va a haber elecciones democráticas.
Pero, a estas alturas, decir que va a haber elecciones, sin fijar fecha, es absolutamente insuficiente.
Nuestro caso tiene la particularidad y la complejidad de ser un proceso que estamos viviendo en carne y hueso. Por primera vez en la Historia reciente del país, varias generaciones de venezolanos, que no habían vivido una transición del autoritarismo a la democracia, tienen una frente a sus ojos. Y tienen que hacerla y explicarla al mismo tiempo, rápidamente, en sus propios términos y elaborando nuevos enfoques. Y no se trata de desdeñar la teoría acumulada sobre este tema, sino de destacar el carácter virtualmente inédito de lo que está ocurriendo en Venezuela. Nuestra transición no es una réplica de otras, ni una repetición del modelo clásico, se está construyendo con sus propios materiales y no podemos limitamos a aplicar la teoría.

