Por: Jean Maninat
Los compadres de las fábulas borgianas son hombres intransigentes, portadores de un código de honor que los obliga (Tomo y obligo, mándese un trago…) a la compostura emocional, a la reciedumbre varonil y que desprecian, sobre todo, a los cobardes y a los fanfarrones. El compadre platónico, el que habita en el Topus Uranus, puede pavonearse, vestir con cierta elegancia arrabalera, ser altanero y arrogante en el trato, incluso le está permitido bailar con otro hombre un tango milonguero u orillero, cualquier ritmo que amortigüe la escasez de mujeres, marca de fábrica de la inmigración.
El guapo, el compadre por antonomasia, al contrario del compadrito o el malevo, -que no son más que imitadores, fanfarrones ratones del arrabal- no flaquea ante el peligro, que suele vestir de muerte y viajar en cuchillo. Se mantiene firme, silencioso, como un monje budista ante los embates del fuego autogestionado sobre su cuerpo.
El clan Bolsonaro está dirigido por un bully, Jair Bolsonaro, una versión brasileña, desmitificada y banal del compadrito. Un excapitán del ejército (es decir, que se quedó en el aparato a medio camino de la carrera) reconvertido en político y excelente engatusador de multitudes. También es el artífice de un golpe de Estado, que sacó a sus engatusados seguidores a la calle, a saquear y destruir las principales sedes de los tres poderes gubernamentales de la República brasileña – asentadas en los maravillosos edificios diseñados por Oscar Niemeyer- con el objetivo de fracturar la continuidad democrática en Brasil.
El pai, del clan, vociferante y amenazante en el poder, salió corriendo hasta Orlando (it runs in the family) el 30 de diciembre de 2022, dos días antes de la toma de posesión de Luiz Inácio Lula da Silva, quien le había ganado las elecciones presidenciales el 30 de octubre de 2022. Lula alcanzaba su tercer mandato presidencial contra todo pronóstico, entonces. (Sí, tiene usted toda razón, el antiguo obrero metalúrgico tiene un especial afecto por el Palácio do Planalto, sede del Gobierno en Brasilia).
Flavio Bolsonaro, el candidato del clan derrotado aseguró en un primer momento, henchido de testosterona paterna, que no aceptaría el resultado de las elecciones, pues habrían sido trucadas. Luego amenazó que se convertiría en líder de la oposición al presidente reelecto Lula. Y más luego… había salido huyendo -sin pasaporte de Brasil- hacia Florida con la ayuda (según la prensa internacional) de gobiernos políticamente afines. De ser cierto, se estaría consolidando un servicio VIP gubernamental para ayudar a salir y a entrar a sus países -evadiendo los canales regulares- a políticos opositores de esos que la prensa califica de ultraderechistas y no son más que su sospechoso populista habitual.
Mientras el hijo prófugo termina de instalarse en la Florida norteamericana, o dónde sea los pies lo lleven, el resto del clan se prepara para ocupar los diferentes curules que se distribuyeron (y ganaron en buena lid) y poner en marcha el plan para obstaculizar cualquier iniciativa del nuevo-viejo Gobierno. Ojalá el presidente Lula se tome su tiempo para buscar quien lo suceda en la jefatura del PT y de paso esclarezca la postergación del cierre de las urnas de votación el día de las elecciones presidenciales, le haría bien a su legado y al accidentado historial de la democracia brasileña.
Flávio, irmão, os homens durões não correm!

