¿Mi independencia o la tuya? ¡Joder! – Jacobo Dib

Publicado en: El Nacional

Por: Jacobo Dib

De niño tuve al mejor abuelo del mundo. Entre sus aficiones se encontraba la numismática y, así, en cada una de mis visitas me regalaba una que otra moneda repetida de su fabulosa colección. Venezolano por adopción, este país, ahora suyo, era la inspiración de su muestrario; sin embargo, también tenía denarios romanos y tetradracmas griegos.

Mi colección la atesoraba no por su valor económico (que lo tenía), sino por el sentimental. Pero, viviendo en el país que vivo, un buen día, hace ya algunos años, fui víctima del hampa, me amordazaron, me maltrataron y se llevaron mis recuerdos, entre otras cosas.

Ya en la tercera edad decidí recuperar poco a poco aquello que tanta añoranza me traía, en la medida en que el bolsillo me lo permitiera. Comencé a participar en grupos numismáticos de WhatsApp, que reúnen desde aficionados como yo hasta reconocidos coleccionistas del mundo entero. Recién alguno del grupo, un español, comentaba que tenía una moneda del periodo independentista de 1812, por valor facial de 20 reales.

Llamó mi atención porque en la entonces Capitanía General de Venezuela, donde comenzó la acuñación de monedas apenas en 1802, nunca supe de ninguna que tuviera ese valor. La de mayor denominación, según la información que tenía, había sido de 4 reales. La curiosidad me carcomía y le pedí una fotografía. Para mi sorpresa, la bellísima moneda tenía grabado el perfil de Joseph Napoleón. ¿Qué es esto?, me pregunté.

Cuando el 19 de Abril de 1810 decidimos declarar nuestra independencia, esto no resultó así con exactitud. La verdad es que se conformó una junta, que oficialmente se llamó Junta Suprema Conservadora de los Derechos de Fernando VII. España fue invadida y ocupada, en medio de las Guerras Napoleónicas, desde 1808 hasta 1814. Suceso representado en el icónico cuadro de Francisco de Goya El 2 de Mayo de 1808 en Madrid o La carga de los mamelucos en la Puerta del Sol, expuesto en el Museo del Prado.

Estas juntas se reprodujeron en casi todos los dominios de España con el propósito inicial de defender los derechos del monarca hasta que, en 1811, se declara la intención de independizarse en definitiva del Imperio: “¿300 años de calma no bastan?”, clamaba Bolívar en la Sociedad Patriótica.

Estudiando historia en el colegio primero y en la universidad después, nunca dejó de parecerme irónico que un país, España, luchara por su independencia y al mismo tiempo impidiera que otros, los hispanoamericanos, nos independizáramos de ella. ¿Acaso las razones que esgrimía en su lucha no eran válidas para nosotros?

Aunque en lo personal no creo que tomamos la decisión acertada en el momento adecuado (es fácil decirlo en retrospectiva), no deja de ser curioso que quisiéramos independizarnos de quienes pretendían lo mismo.

El tema da para mucho y no es nuestra intención abordarlo en tan poco espacio. Creo que ambas partes fuimos torpes en nuestro proceder. Por aquel lado, un monarca Borbón, Fernando VII, tristemente apodado El Deseado, déspota, soberbio, pero sumiso ante Napoleón Bonaparte y, por este lado, una dirigencia patriótica no menos arrogante y con ambiciones mucho más allá de la patria misma.

La historia es tan importante y hermosa, más aún cuando la leemos de algún autor que le da toques novelescos y de ficción (p.e., Herrera Luque, Pérez-Reverte), que no entiendo cómo la menospreciamos. Recién vi un programa de concursos a través de TVE Internacional, un concursante español no supo contestar a la pregunta de quién era el rey de su país que retomó el poder al final de la guerra de independencia, además, ¡le daban tres opciones para escoger!

Asimismo, me ha tocado, por mera curiosidad, preguntar a alguno de mis residentes de posgrado venezolanos fechas tan importantes como las del nacimiento o muerte de nuestro Libertador, la Batalla de Carabobo, ¡y es que a veces no se ubican siquiera en el siglo correspondiente!

El conocimiento de la historia no solo revela cultura, también resalta el amor por lo nuestro. Mi abuelo, el mejor, nacido en el Monte Líbano, entonces parte del Imperio Otomano, demostró un cariño y patriotismo hacia Venezuela, como el que más.

Al final, España logró su independencia de Francia y nosotros de ella, después de una gran matanza. ¿Qué hemos hecho los venezolanos en 200 años con una independencia que tanto nos costó? Eso es otro asunto. A España pareciera irle bien, a pesar de tantos inconvenientes, que incluyen el horror de una cruenta guerra civil.

Yo, con tanta historia de por medio, decidí centrarme en coleccionar monedas de ambos períodos históricos, de ambas independencias, de ambos países. Hoy en día no guardo nada de valor en mi casa. Esas pocas monedas que he podido recopilar hasta ahora están a buen resguardo, con mi hija que vive en España.

¡Y sí, al final me quedé con la magnífica moneda de 20 reales de Pepe Botella!

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