Nuestra obligación con los presos políticos - Elías Pino Iturrieta

Nuestra obligación con los presos políticos – Elías Pino Iturrieta

“Si sabemos cómo sufren injustamente por expresar una opinión, por hacer uso de la libertad de expresión, por manifestaciones de conciencia que no pueden negarse a ningún ciudadano, debemos asumir la obligación de estar a su lado como se pueda, pero sin fisuras, sin intermitencias ni medias tintas”.

Publicado en: La Gran Aldea

Por: Elías Pino Iturrieta

José Rafael Pocaterra, uno de los autores fundamentales de la literatura venezolana, habla de la indiferencia de la sociedad frente a los presos encerrados en las jaulas gomecistas. En sus Memorias de un venezolano de la decadencia, recuerda cómo los viandantes de Caracas se cambiaban de acera para evitarle el saludo cuando salió de La Rotunda, después de una cruel temporada de encierro por motivos políticos. Pero no habla de una experiencia singular.

Sucedía también con otros desdichados que salían de la prisión por órdenes de una dictadura que no se molestaba en explicar los motivos de unas condenas que formaban parte de la rutina, y que convertían a los “huéspedes” de las ergástulas en una especie de apestados de quienes escapaban los viandantes, y a quienes se negaban la hospitalidad de los hogares y los simples gestos de la amistad debido al miedo que predominaba en la sociedad , y que también la convertía en cautiva de una hegemonía capaz de generar situaciones generales de indiferencia y pasividad desconocidas hasta entonces.

“La posibilidad de omitir conductas de solidaridad con los presos políticos debido a las preocupaciones generadas por el miedo, permite una generalización que se puede intentar sin exageraciones”

Pero tenemos noticias de experiencias parecidas, que sucedieron en el siglo XIX. Antonio Guzmán Blanco creó una policía de gran efectividad en la persecución de sus enemigos godos, que la gente comparó con los cuerpos de esbirros que había fundado Juan Manuel de Rosas en la Argentina para garantizar su estabilidad. A quienes caían en las garras de esos perseguidores, comparables con los “mazorqueros” de Buenos Aires según testimonios de la época, se les negaba el pan y la sal cuando salían de la prisión. Abundan las historias del abandono de los cautivos que se repetían en Caracas, ciudad testigo de la soledad de quienes merecían las iras del “Ilustre Americano”.

¿En nuestros días es semejante la relación de la sociedad con los centenares de sus hijos que padecen martirio y estrechez en los lugares dispuestos por la dictadura de Nicolás Maduro como espacios de reclusión? Las épocas son distintas, tienen sus rasgos particulares e irrepetibles, responden a pulsiones que se manifiestan de manera diversa en cada estación cronológica, pero, en el asunto que nos ocupa, encuentran en el miedo colectivo el elemento que las unifica. La posibilidad de omitir conductas de solidaridad con los presos políticos debido a las preocupaciones generadas por el miedo, permite una generalización que se puede intentar sin exageraciones.

Pero también permite, en consecuencia, que llamemos la atención desde La Gran Aldea, en un mensaje de naturaleza corporativa que repetimos desde hace unos años, sobre la necesidad de tener presentes a los hermanos sometidos a encierros y tormentos. Si sabemos cómo sufren injustamente por expresar una opinión, por hacer uso de la libertad de expresión, por manifestaciones de conciencia que no pueden negarse a ningún ciudadano, debemos asumir la obligación de estar a su lado como se pueda, pero sin fisuras, sin intermitencias ni medias tintas.

En estos días navideños que hablan de nacimientos y renacimientos auspiciosos, lo mejor es evitar reacciones como las que caracterizaron a nuestros antepasados del guzmancismo y del gomecismo. Ya no estamos para esas vergüenzas, y sobran las maneras inteligentes de evitarlas.

 

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