Jean Maninat

¿Otro martini? – Jean Maninat

Por: Jean Maninat

Como los martinis, los períodos presidenciales no deberían pasar de dos seguidos. A gusto de quien los ejerza pueden ser: shaken, maraqueados y ruidosos, su final opaco y alcohólico de tanto golpear el líquido finamente especiado en contra de las paredes de la coctelera (de la opinión pública); o también dirty, envenenados con gotas de una marinada de contrabando -usualmente con rastros verde oliva- condenada la pureza de su estirpe a ser un menjurje turbio y traidor con las papilas gustativas (de la democracia); y los hay stirred, sus componentes pausadamente revueltos, mezclados con paciencia profesional hasta convertirse en un líquido luminoso, reposando casi cristalino en la copa, como una luz al final del trago (democrático). Pero eso sí, recordemos, para valorarlos en toda su dimensión, no deberían pasar de dos seguidos… como los períodos presidenciales.

Lo dicta el lugar común (el más común de los dictadores) el poder es adictivo y, una vez se tiene, es difícil hacerse a la idea de que es efímero (temporal) y más aún que teniéndolo, haya que compartirlo con otros. Por eso los bípedos pensantes se dieron instituciones para limitarse mutuamente, por aquello que alertaba Hobbes, “el hombre es un lobo para el hombre” (y para la mujer también, diría la abuelita de Caperucita Roja antes de que el lupus se la zampara en un santiamén), y los gringos -sabios desde que eran unos granjeros percusios- lo dividieron en tres ramas independientes para contenerlo, y de paso dar envidia a los franceses, que a casi todo llegan tarde.

Pero, no seamos injustos, concibieron la guillotina (el médico Joseph-Ignace Guillotin propuso su uso a la Asamblea Nacional Constituyente para que las ejecuciones fueran revolucionariamente igualitarias, rápidas e indoloras) como la que luego segó la primera cabeza real por ese método: la del tontín y presumido monarca absoluto, Luis XVI de Francia. Surgió así la novedosa idea de que era mejor distribuir el poder en múltiples cabezas, mucho más difíciles de cortar que una sola, por más poderosa y ungida por la divinidad que fuese.

Sin embargo, está visto, “nadie escarmienta en cabeza ajena” y no ha sido suficiente la sangre derramada, las cabezas cercenadas, las temporadas en prisión, las obras de Shakespeare leídas o sin leer, para amainar la pulsión primaria de aferrarse al poder -político en este caso- de sacarle una ñapa a la historia (con h chiquita) y mantenerse en Palacio hasta que el cuerpo y los votantes aguanten.

Luiz Inácio Lula da Silva ha sido electo presidente de Brasil en tres ocasiones, y logró que el mandato de un presidente de izquierda fuese juzgado por sus logros y no por su intemperancia ideológica. Pagó cárcel por acusaciones que luego fueron desestimadas por la misma justicia que lo condenó. Él aceptó, esperó, salió, se casó, para luego presentarse y ganar su tercera elección presidencial.

Ahora queda la interrogante de si Lula necesitaba un cuarto período presidencial para afincar su legado, si lo necesitaba Brasil, o fue solo un acto más de vanidad, como el que ha perdido a tantos dirigentes políticos. Si las encuestas no están jugando Jogo do Bicho, una dinastía impúdica y golpista se habrá hecho con el poder antes de que termine el año.

¿Otro martini, patrón?

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