Por: Soledad Morillo Belloso
En 4.120 palabras, el Departamento de Estado articula un ejercicio clásico de control de daños geopolítico: la reconfiguración de la estrategia política para sustituirla por una contención de riesgos donde la transición ya no es un ideal iluso, sino la gestión de una crisis que antes no habían sabido entender.
En este trópico nuestro donde la política es frecuentemente un ejercicio de realismo mágico, la última entrega del Departamento de Estado ha venido a recordarnos que la diplomacia del norte no cree en milagros de sacristía ni en rezos de trinchera. Lo emitido por Foggy Bottom no es el habitual panfleto destinado a encender las pasiones de la galería, sino la lectura descarnada de un contrato de desahucio.
Lejos de los entusiasmos ingenuos, los voceros de Washington se han encargado de diseccionar la torta con bisturí de cirujano forense. Sobre el estado calamitoso de las instituciones, la exigencia no admite eufemismos de salón: se requiere «arrancar de raíz» a la infraestructura existente, partiendo de la premisa ineludible de que «esa infraestructura debe ser reemplazada» porque «no se pueden tener elecciones creíbles en ese país sin que eso esté en su lugar». La bofetada al jugueteo electoral es tan elegante como lapidaria, recordando además que fue aquel mismo Tribunal Supremo de Justicia el que «dictaminó que la Asamblea Nacional era ilegal […] Es el TSJ el que lo controla todo allí. Por lo tanto, es la institución más poderosa». Dicho en cristiano y sin anestesia: jugar con las reglas de la casa es aceptar de antemano el atraco.
Tampoco se salvan del baño de realidad los devotos del “fait accompli” . Al diagnosticar el regreso de María Corina Machado a Caracas como algo inevitable, la diplomacia estadounidense desinfló el globo del heroísmo mitológico con un pragmatismo casi insultante, buscando sacar rédito: «Hablamos con las autoridades interinas y simplemente dijimos: ‘Miren, nuestra expectativa es que ella es venezolana, pertenece a su país. Ese es el país del que proviene. Se le debería permitir regresar sin perturbaciones'». Y para que no quedaran dudas de la supervisión de niñera que ejercen tras bastidores, añadieron con pasmosa naturalidad: «Tengo entendido que, cuando entró ayer, y tras haber atravesado el país, no tuvo ningún inconveniente ni problema: ni al entrar ni una vez que ya estaba dentro». En pocas palabras, en su verso aquí lo que manda es la orden impartida por teléfono y cumplida sin chistar. La participación de Panamá y Colombia no existe en su relato.
Ante la disyuntiva entre el desastre absoluto y el arreglo de despacho, los arquitectos de esta transición no se andan con remilgos ni contemplaciones líricas. Como bien sentencian ante las veleidades de la calle: «No se va a alcanzar la democracia a base de protestas callejeras […] La forma de hacerlo pacíficamente es a través de un proceso, y es el que hemos establecido. Y si este proceso no funciona, la alternativa será peor». Advertencia abierta. Un alto oficial remató la faena con una sinceridad que debió atragantar a más de un purista: «Casi todas las transiciones democráticas pacíficas han requerido trabajar con algunas de las autoridades reales del país para lograrlo […] La otra forma en que se puede tener una transición democrática es mediante una guerra civil. Preferiríamos no tener derramamiento de sangre ni inestabilidad».
Para culminar la obra, el recordatorio de que la fe no cotiza en bolsa y de que las promesas de retórica barata no sirven para pagar la cuenta. Como advirtien con fría contundencia sobre los plazos y las garantías: «La confianza no se basa en la retórica. Se basará en las acciones. Al fin y al cabo, eso es realmente lo que nos importa. Si al final contamos con un nuevo TSJ, un nuevo CNE, unas nuevas elecciones y un nuevo sistema de gobierno, eso es lo que queremos […] Este es un proceso basado en resultados».
Ese es, precisamente, el gran elefante en la habitación. Despojada de todo adorno analítico, la reciente batería de declaraciones no es más que un clásico ejercicio de control de daños a escala geopolítica. Cuando Washington sale a fijar plazos categóricos, a desinflar el relato heroico del retorno con un «nosotros llamamos para que no la molestaran» y a recordar la cruda necesidad de pactar con «las autoridades reales» para evitar males mayores, lo que está haciendo en realidad es contener el incendio. Es el intento desesperado de la diplomacia estadounidense por reconducir un libreto que amenaza con salírsele de las manos, sofocando las expectativas desmedidas de la calle antes de que la frustración vuelva a derivar en caos, y marcándole la raya a los actores de poder para que entiendan que el margen de maniobra se les agotó. En política, cuando se impone la aritmética del frío pragmatismo por encima del entusiasmo, no se está celebrando una victoria: se está administrando una crisis.
A esta serie le faltan muchos capítulos y los guiones no están escritos.

