¿Quién es esa señora tan alegre al lado de Donald Trump? – Sebastián de la Nuez

Publicado en: Blog personal

Por: Sebastián de la Nuez

Muy sencillo: la venezolana Delcy, la que nació en tiempos de Rafael Caldera, justo cuando este lanzaba su política de pacificación dirigida a incorporar a los ñángaras alzados en armas al juego democrático. Entre ellos, por cierto, el papá de Delcy. Era 1969. Cuando ella arribó a ese mundo ―distinto al de hoy― el almanaque marcaba 18 de mayo y faltaban 63 días para que el hombre alunizara. Se adelantó, llegó primero a la Tierra Delcy que Armstrong a la Luna.

Lo suyo, pues, es una carrera contra el tiempo.

A estas alturas, surgen todas las especulaciones sobre el carácter de la latinoamericana preferida de Donald Trump. Fantastic!

Lo único a lo que uno debe aspirar al trazar su perfil es a sus orígenes. En sus orígenes se encuentran las claves que absorbió, los prejuicios que heredó, ¿las consignas que le fueron inyectadas en el biberón? Sus orígenes sentimentales se solapan con sus percepciones políticas. Y yacen en las diversas tumbas del MIR. Sus trajes de alta costura, su inclinación a utilizar el poder para delinquir, en verdad no se asemejan al MIR ya que este partido siempre vistió de estricto negro y rojo y vendía una ideología que se hallaba por encima del bien y del mal, o al menos eso creía su feligresía. Impoluta.

Sin embargo, como todo partido de izquierdas, se inclinaba al revanchismo y a cierta barbarie. El MIR o Movimiento de Izquierda Revolucionario fue el partido del padre de Delcy, Jorge Antonio Rodríguez. El MIR ha sido un semillero de chavistas, aun cuando se haya dividido y subdividido tantas veces a lo largo y ancho del tiempo que, a la llegada de Chávez a Miraflores, ya era polvo en el viento. En todo caso, su esencia ñángara seguía viva a través de diferentes personajes que fueron importantes en el chavismo, al menos por algún tiempo y de una manera no demasiado vistosa.

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El papá de Delcy había desdeñado la mano tendida de Rafael Caldera decidiendo, en aquel 1969, insistir en la Utopía atrincherándose en el frente occidental guerrillero del cual formaba parte. Cuando llegaba a Caracas, se enconchaba por lo general en el apartamento de un canario que quería independizar a sus islas del yugo español (unos cuantos isleños destemplados vivían su propia Utopía a su propio modo; se babeaban por Fidel Castro).

En el 69 estaba, pues, la guerrilla de occidente comandada por Douglas Bravo, que ya se había planteado el retorno al redil democrático; también se desmovilizaba el frente guerrillero «Simón Bolívar» de Lara, que había sido comandado en algún momento por Argimiro Gabaldón. Ese frente, que lo controlaba el Partido Comunista (PCV), sería desmontado; e igualmente el del cerro El Bachiller, donde fungían como comandantes Moisés Moleiro, Fernando Soto Rojas, Eduardo Ortiz Bucarán y Héctor Pérez Marcano; más el frente de oriente, comandado por Carlos Betancourt, Gabriel Puerta Aponte y Américo Silva (que de todas maneras moriría en combate).

De modo que en el MIR un gran grupo estaba bien convencido del fracaso de la lucha armada cuando se anuncia la política de pacificación. Pero no todo el MIR estaba convencido- Un testigo de la época lo cuenta así:

«Estábamos los que queríamos acogernos a la política de pacificación de Caldera, de una parte, y dos grupos dentro del partido que consideraban que sí había que continuar la lucha armada; pero esos dos grupos, entre sí, mantenían divergencias serias: de ahí nacen, entonces, Bandera Roja y OR, de modo que el MIR se divide en tres pedazos: los que retornan a la vida legal, Bandera Roja y Organización de Revolucionarios, brazo armado de otra organización que perdurará: Liga Socialista.»

Lo que nos interesa de la fecunda historia del MIR y sus sucesivas escisiones y reacomodos es Liga Socialista y OR porque algún ramalazo de eso le llegó a la neonata Delcy, convertida hoy en la nueva mejor amiga de Donald Trump. Cierto, la vida es paradoja. Muchas veces, cruel. La vida ofrece paradojas a granel y también espectaculares saltos de talanquera y asombrosos giros en el aire de trapecista.

OR fue una iniciativa que se gestó en medio del fraccionamiento del 69, el año en que nació Delcy, el año en que asume la Presidencia el doctor Rafael Caldera, el año del hombre en la Luna. La Liga Socialista, hermana mayor de OR, era dirigida por Jorge Antonio, y Liga Socialista por Julio Escalona. La OR era el brazo armado de la Liga. Se produjo un secuestro de un alto empresario norteamericano residente en Caracas, está en la memoria colectiva del venezolano; a consecuencia de ese hecho, a Jorge Antonio lo apresa la Digepol, es llevado a un calabozo y torturado hasta la muerte en tiempos en que Octavio Lepage se desempeña como ministro del Interior. Es julio de 1976 y Carlos Andrés Pérez lleva dos años de mandato constitucional; la oferta de Rafael Caldera a los grupos en rebelión ha pasado de largo.

Jorge Antonio fue un dirigente importante dentro del MIR, no cabe duda. Sus genes están en Delcy, pero también el paisaje político que rodeó a su padre, de algún modo insondable, puebla su cerebro. La etapa infantil de las personas, se sabe bien, es la de las impresiones que quedan para siempre, para bien o para mal. Cabe imaginar, en aquel paisaje de principios de los años setenta, un escalofrío, una sensación de vacío eterno. Cabe imaginar las lágrimas de quien se siente que el desamparo será eterno, como la orfandad.

Delcy alberga todavía, ojalá, un paisaje fúnebre de padre ausente pintado en su corazón bizarro. Bizarro y todo, allí hubo una vez la certeza de un ineluctable vacío eterno.

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La actuación arrojada, atrabiliaria e insensata del padre al dedicarse a dinamitar el orden establecido, el Estado mismo, ha debido dejar ―aparte del vacío aludido― una honda huella en la niña que creció alimentándose con sus noticias, aun a cuentagotas. Luego habrá estallado todo aquel odio acumulado sin darse cuenta de que lo estaba acumulando; ella misma ha hablado de eso en alguna ocasión.

Por cierto que esa cosa, el odio, puede desarrollarse como una gangrena de la mente y del corazón si no se diagnostica a tiempo y se trata con algún experto en la materia.

En fin, que Delcy Rodríguez está hecha de las vicisitudes de aquel año 1969 y de las que vinieron después, mientras crecía y el mundo familiar la influía desde su herida y su fracaso. Creció con sus propias percepciones y sueños; creció, seguramente, con las imágenes y verdades absolutas que impone, sin filtros ni alcabalas, el entorno inmediato. Con el tiempo, todo eso forma una masa con lo demás que se va obteniendo en la escuela, el trabajo, la calle. Hay más sobre Delcy y su hermano Jorge Jesús ―por cierto, psiquiatra de profesión― en el portal lagacetadigital.org porque uno no debe dejar un retrato a medias, en manos de la arrogante razón o de la ubicua lógica a veces un poco ladina. El alma humana también cuenta. Es un océano ancho y ajeno; al trazar un perfil de Delcy Rodríguez, nacida en un año tan convulso para Venezuela y a la vez estelar para el mundo, debemos considerar, por encima de sus facultades, sus impulsos. Son ellos los que la definen, no las tramas elaboradas desde su lóbulo frontal ―una traición, un ardid contra el protocolo en forma de caminata, la posibilidad de una foto―: lo que urde acaso es lo de menos.

Por lo general, uno no siente la necesidad de comprobar las percepciones espontáneas pero, si se quiere ahondar en esta alma humana (ella tiene alma humana, a pesar de alguna opinión en contra), hay que detenerse, pescar esa percepción al vuelo, revisarla como en uno de esos aparatos que se utilizan ahora en fútbol. En slow motion.

 

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