Por: Jean Maninat
La imagen fue en su momento, y sigue siendo, sobrecogedora: una figura de hombre en camisa blanca se enfrenta a una columna de cuatro tanques de guerra chinos en las proximidades de la plaza Tiananmén y la Ciudad Prohibida, en Pekin (Beijing). El artefacto militar que precede la columna se mueve hacia un lado, y la figura de camisa blanca se mueve para interceptarlo, el vehículo gira las orugas y acelera para adelantarse y se topa con la figura de camisa blanca que le cierra -ingenuamente- el paso. La figura de camisa blanca se trepa al tanque y parece conversar con el tripulante. El día anterior, 4 de junio de 1989, las “autoridades chinas” habían aplastado violentamente la manifestación multitudinaria (aun para los términos comparativos poblacionales chinos) de estudiantes que exigían reformas democráticas y fin de la corrupción, en la plaza Tiananmén. La figura de camisa blanca cesó su tango cuando un grupo de espectadores benévolos, o agentes de civil, se lo llevaron del lugar. Nunca se supo su identidad, ni su ulterior paradero. (Convendría enseñarles a las nuevas generaciones -y las no tan nuevas, por cierto- la secuencia de fotos y videos que tomaron los medios extranjeros para que vean cómo se “hacía” la realidad antes de la IA).
Hace un par de días se conmemoró el 50° aniversario de la muerte de Mao Zedong el líder revolucionario que fundó la República Popular China, y acabó con la vida de millones de sus conciudadanos (entre 30 y 45 millones de personas solamente durante el Gran Salto Adelante 1958-1962, como es harto conocido), más los que perecieron durante la Revolución Cultural y otras víctimas consuetudinarias de sus desvaríos económicos y sociales. Luego serían encapsulados en un glosario de 427 letales boberas denominado el Libro Rojo de Mao, que entusiasmó tanto a estudiantes pequeñoburgueses radicalizados, como a sus profesores alelados por el “modelo chino”. Sí, ese mismo pensador en que usted está pensando, el mismísimo e inefable Jean-Paul Sartre y su consorte Simone de Beauvoir, visitaron China y escribieron sendos textos elogiando a Mao y su revolución. En realidad, eran unos popes del turismo revolucionario, lo mismo hicieron con Fidel Castro y su pedigüeña revolución tiempo después, y se salvó el galáctico porque a ambos viajeros no les alcanzó el billete existencial para conocerlo. De lo contrario…
Desde que Deng Xiaoping descubrió que no importaba el color del gato mientras cazara ratones, la imagen del Gran Timonel se ha visto algo desasistida oficialmente. Sin embargo, el Partido decidió en su evaluación histórica que Mao tuvo 70% de logros y 30% de fallos. Su retrato gigante sigue escrutando la Plaza Tiananmén y los billetes de yuan llevan su rostro estampado. Pero ya pocos, pero muy pocos, visten el humilde traje Mao, calzan alpargatas o van descalabrando a los profesores con el librito rojo de Mao. No, el comunismo también viste de Prada y aprende buenos modales.
Sin embargo, según afirman medios internacionales los nietos de Deng, los ciudadanos que conocen mundo y frecuentan universidades occidentales de altísimo prestigio, la generación Z y los mileniales que crecieron con mayor holgura y prosperidad que sus antecesores, parecen estar descubriendo -¿revalorizando?- la figura del Gran Timonel, como una especie de influencer del más allá rojo, un jiaoyuan: maestro o profesor, guía espiritual, en medio de la descarnada competencia por descollar o sobrevivir en la sociedad china comu-capitalista.
Curioso retorno del camarada Mao, como un recordatorio que la prosperidad, la visión global, el comercio y el “roce” internacional, (no podemos hablar de democracia en este caso) lejos de apaciguar los ánimos contestatarios: los avivan, resoplan las ascuas que se creían exhaustas bajo las novedades de temporada de Louis Vuitton y Rolex. ¿Alguien recuerda la rebelión de los estudiantes chilenos, los cabros hijos de la democracia recuperada y la prosperidad acumulada quemando el Metro de Santiago? Pues bien, pareciera un axioma: a mayor prosperidad, mayor es el berrinche y mayor el trabajo para los guías espirituales, chamanes y mentores del well-being. Las clases sociales emergentes son difíciles de complacer, peor aún si les va mejorcito.
¡Gorda, muérete, comencé sesiones de introspección auditiva on line con el chino Mao…!





