Publicado en: El Nacional
Por: Fernando Rodríguez
Por supuesto que sí, son importantísimos, tienen una función existencial esencial: matar. Ninguna otra. Pero no atropellemos, matan sí, pero para dilucidar cuestiones de poder que casi siempre los rebasan, aun cuando ellos lo ejerzan directamente y siempre se beneficien de este. En su descarga, ontológicamente la violencia que ejercen es esencial a toda la especie e insuperable, la acompañará siempre, está en su naturaleza. Freud lo hizo ciencia después de la Primera Guerra Mundial. Lo prueba que desde que Caín mató a Abel al espantoso presente global y el de mañana, ha estado siempre con nosotros y con hazañas crecientes (decenas de millones de muertos en la Segunda Guerra Mundial, la bomba nuclear, genocidas varios, Hitler, Trump… y pare de contar).
Y mira que destruye, además, el fuego que esparce le cuesta a la humanidad la cantidad impensable de 2.887 billones de dólares anuales (2025), con 10% de lo cual se podría acabar con la pobreza (Stanford) y el hambre con apenas 3,5 % (ONU). Lo bestia que somos. Los ejércitos del globo ejercen esa maldita función. La mayoría dice que es para defenderse de los otros asesinos o para hacer grandes sus países. Algunos atribuyen al amoroso Dios el origen de semejante fatalidad y todo por una manzana.
Pero nuestras “¿gloriosas?” fuerzas armadas tienen, como todas, sus muy marcadas peculiaridades. No han disparado un tiro a un ejército extranjero, en siglos. El día que bombardearon Caracas dicen que a algún efectivo se le disparó el arma, a constatar. Han asumido el poder como feroces tiranos durante la mayor parte de nuestro tiempo histórico y ay del que chistara; tortura y muerte. En el ominoso presente tienen treinta años apuntalando el poder tiránico. La soberanía del país la han escupido y pisoteado los gringos y nuestros gallardos defensores han mantenido, pase lo que pase, servil compostura, fiiiiiirm… A Guayana la dejaron perder ellos y los juristas ha tiempo. Un balance negro. Ay, Simón. Ay Antonio José.
Pero dado que ya hemos demostrado el uso de los milicos locales, señalemos rasgos más raros. Tienen más generales nuestras gloriosas que los ejércitos más poderosos del planeta y no los usan para nada. No se explica, sino por los sueldos, otras prebendas e intensas triquiñuelas. Pero su rasgo, y su incógnita mayor, es que son mudos; no han hablado en casi treinta larguísimos años. Incluso ahora que uno esperaba explicaciones y promesas de regeneración. Han sido un monasterio de clausura, un peñón, una nada verbal. Solo hablaba Padrino, el mismo discurso adulón y cursi, ahora se dedica al campo calladito, no lo metieron en el trio gobernante que dirige la patria. En cuanto a acciones lo suyo, poquísimo. Quiero recordar el heroico y valiente martirio de Baduel y sus hijos. O el espantoso y cobarde crimen televisado desde El Junquito, de Óscar Pérez y su grupo Hay mucho más, muchísimo.





