Tibisay Lucena y el framing en la noche del 8-D

Por: Willy Mckey

Salió Tibisay. Vuelve a acaparar la atención de todos desde mucho antes de empezar a bajar la rampa. Se sienta en medio del backing institucional y acomoda sus papeles. Allí están los números que debe leer, aunque el primer gazapo haga pensar lo contario. Cuando se equivoca todos lo notan, menos ella. Así de segura está. La rectora sentada a su derecha la corrige y su cara es ocupada por un gesto que parece tener aprendido desde la infancia para justificar los errores delante de los adultos y la ternura. Repite el gazapo, pero esta vez lo repara antes del segundo decimal. Y de pronto subvierte el orden. Su discurso se rebela. Estos datos nunca antes habían sido articulados de esta manera. Aglutina. Suma. Compara. Adjetiva. Jerarquiza. Califica. Pondera alianzas. Esta vez lo dicho que dejó muy atrás, resonando, cómo lo dijo.

El encuadre. En los años sesenta, el objetivismo logró hacer muy popular una frase que dio muchas licencias para el análisis político: “Los hechos son sagrados y las opiniones libres”. La intención era construir un lugar de análisis desde donde el sujeto no se inmiscuyera en los territorios de la información. Pero entonces apareció la noción de framing y vino a desbaratarlo todo como hace la subjetividad: poniendo demasiadas cosas en evidencia.

Cada quien tiene sus propios filtros —en buena medida emocionales— para darle sentido al mundo y estos se ponen en evidencia en nuestra manera de comunicarnos.

Nuestras palabras los delatan cada vez que buscamos la manera de explicarnos el mundo.

El término framing es un anglicismo que se utiliza para nombrar la manera en la que alguien “encuadra” los hechos para que, al enunciarlos, muestren su interpretación de un hecho y no el hecho: un acto de comunicación convertido en una representación de la realidad según como la ve un individuo.

Los estudios de  Gregory Bateson son un antecedente del framing. Y la manera en la cual Lucena presentó los resultados de las elecciones municipales del 8-D, tan diferente a la de 2008, recuerda una de sus afirmaciones: cuando el pensamiento y el lenguaje se conjugan lo hacen para construir una realidad individual. Eso y que la comunicación siempre va a estar determinada por el contexto y evoluciona de acuerdo con las posibilidades de retroalimentación que permite esa comunicación.

Es así como los influyentes pueden “construir” un fenómeno mediante eso que comunican a las masas. Y ese eso siempre está determinado por una percepción singular y personalísima. A través de estrategias retóricas, subrayamos unas cosas y tachamos otras: cuando no decimos lo que debemos decir sino lo que queremos que el otro oiga, se ponen en evidencia cada una de nuestras costuras. Si sumamos a esto que la hiperdocumentación de los eventos públicos y mediáticos permiten contrastar las maneras que tiene un mismo individuo para comunicarse de acuerdo con la transformación de su contexto, veamos las diferencias en un caso específico: Tibisay Lucena en unas elecciones regionales.

Tibisay 2008 vs. Tibisay 2013. En las elecciones regionales de 2008, Tibisay tenía que comunicar los triunfos de gobernadores, alcaldes y concejos. Iba comunicando los resultados que ya estaban definidos de manera paulatina. No tenían un orden alfabético, pero tampoco un orden dramático. No era un relato: eran datos, números servidos para que cada quien sacara sus conclusiones, en una declaración oficial que ya los periodistas resolverían a su manera y según sus propios encuadres. Así leyó Tibisay Lucena los resultados en las elecciones municipales de 2008:

http://www.youtube.com/watch?feature=player_embedded&v=pa3qC8Gb51U

Pero a la hora de dar los resultados irreversibles en los comicios del 8-D de 2013, Tibisay Lucena cambió la retórica.

Nunca antes la autoridad electoral había emitido como primer dato relevante de un boletín de elecciones regionales la suma de los votos polarizados. En un gesto discursivo, cuando Tibisay Lucena decide empezar su boletín diciendo cuántos votos sacó en suma “el PSUV y sus alianzas” versus “la MUD y sus alianzas” establece el marco mayor de su framing, adelantándose a un trabajo interpretativo que no le corresponde al CNE sino a cada medio, a cada analista, a cada receptor. La autoridad que debería ser imparcial y limitarse a arrojar el dato decide emitir, antes que un boletín, un encuadre. Otros dos elementos resultan de interés: el hecho de utilizar las alianzas como referente (cuando las alianzas son producto de decisiones que se toman entre los partidos y de orden ideológico, algo que no tiene inherencia del CNE) y, considerando que había decidido hablar de alianzas, referirse a la MUD como a un partido político cuando la misma opera —de manera pública y notoria— como una coalición. Así leyó Tibisay Lucena los resultados en las elecciones municipales del pasado 8-D de 2013:

http://www.youtube.com/watch?feature=player_embedded&v=zASIr6ZFm0k

El anclaje. ¿Cuál es el framing elaborado desde la comunicación de la Tibisay Lucena de las elecciones regionales de 2013 que la diferencia del 2008? Empecemos por la jerarquización que Lucena le dio a los datos emitidos. No nos distraigamos con los gazapos, como que Lucena —que en este caso no equivale a decir el CNE— empezó su comunicación diciendo que la participación fue del 98,92% en lugar del 58,92%. La decisión de emitir como primer dato relevante la suma de los votos polarizados reviven ese supuesto plebiscito que fue condenado —de manera literal y de manera argumentativa— por varios de los rectores del CNE en sus declaraciones previas al evento electoral. Y, al hacerlo, genera una primera impresión de contraste con sólo 257 alcaldías definidas de las 335 totales.

Todo el framing resulta más evidente cuando Lucena utiliza dos adjetivos calificativos antes de leer el “reporte de votos por organizaciones con fines políticos”: etiqueta los datos que leerá a continuación como importantes y bien interesantes. Es allí cuando advierte, por segunda vez y antes de leer cualquier resultado de dimensiones municipales, que el PSUV tiene en 4.584.477 el 44.16%, la MUD tiene en 4.252.082 un 40,96% y el Partido Comunista de Venezuela en 167.049 votos un 1,6%, más otras organizaciones políticas que no son pormenorizadas sino agrupadas en 1.376.556 que representan un 13,26%. Y entonces aparece el anclaje.

Shelley Taylor y Susan Fiske definieron a los seres humanos como “perezosos mentales por naturaleza”. Es su argumento para explicar el encuadre como una estrategia retórica propia de los discursos políticos partidistas: al presentarse las ideas desde un pensamiento encuadrado queda más claro cómo serán leídos los mensajes que se emitan. Si se logra conectar con la mayor cantidad de multiplicadores del mensaje, entonces se conquista otra estrategia comunicacional: el anchoring, el anclaje, la información sembrada en esa especie de titulares cognitivos que el influenciador quiere ver reflejado en los medios de comunicación.

Cuando Lucena —que ahora sí quiere decir el CNE— decide esta inédita estrategia retórica para comunicar los resultados, pone en evidencia un ejercicio de framing con sospechosas potencias de anchoring. Y, además, consigue resonancia cuando decide empezar a comunicar los resultados municipales desde la única de las llamadas joyas de la corona que quedó en manos del PSUV —ganada por Jorge Rodríguez, ex rector del Consejo Nacional Electoral— y deja para el final las otras dos, Maracaibo y la Alcaldía Metropolitana, en manos de la MUD. Otro elemento de altísimo interés es que al referirse a las victorias de los concejales habla de Concejos Municipales cuando se refiere al PSUV y Consejos Comunales cuando la victoria corresponde a la MUD.

El gatekeeping, el agenda-setting y el teatro. Además de Bateson, otros de los grandes antecedentes a los conceptos que se emplean a menudo en la semiología política contemporánea están en la obra de Erving Goffman. Su manejo de metáforas vinculadas con el teatro —en especial en su libro The Presentation of Self in Everyday Life (1959)— definió muchos comportamientos comunicacionales como si de una obra de teatro se tratara, diferenciando lo que somos en el escenario de lo comunicacional de eso que somos fuera de allí. En lo público versus lo privado, no importa lo real sino aquello que deba parecer real.

La actuación de Lucena, para usar términos de Goffman, pudo haber tenido otros parlamentos con los mismos datos. Dicen que nadie puede darse cuenta de un encuadre hasta que lo sustituye por otro. Hagan una prueba. Varios enunciados posibles pueden servir como ejemplo, en caso de que las estrategias retóricas escogidas por Lucena hubiesen tenido otro tenor, igual de errado. Decir que “El PSUV obtuvo tantas alcaldías menos que en los comicios de 2008″ ; o que “La MUD y sus alianzas serán gobierno en las ciudades donde reside la mayoría de los ciudadanos del país”; o que “El 50,75% de los electores no votó por el PSUV ni sus alianzas”,  por poner ejemplos de alcance nacional y comparativo.

Las explicaciones semiológicas para saber por qué se escoge un encuadre ideológico y no otro está en el gatekeeping, otra noción importante para entender los encuadres ideológicos y que puede resumirse muy fácilmente: cada quien decide, de acuerdo con el resultado que desea de su encuadre, cuáles puertas abre y cuáles no. El objetivo final de esto no es otro que mantener el control de la agenda, ese Santo Grial de las comunicaciones. Ser quien impone la agenda depende del éxito del encuadre empleado y de cuántos datos pueden ser anclados en las conversaciones que la gente como usted y como yo, espectadores, tenemos en nuestra cotidianidad.

Una de las máximas de Goffman explica que, en esta mascarada comunicacional, todos los individuos intentamos hacer ver que cumplimos con cada una de las reglas que usamos para juzgar a los demás. No las cumplimos: intentamos que parezca que lo hacemos para poder echar manos de ellas sin ser sus víctimas. Por eso a veces basta con cambiar el encuadre para ver lo que sucede tras bambalinas.

@willymckey

 

 

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