Publicado en: El Nacional
Por: Fernando Rodríguez
Es frecuente tratar de alejar las normas morales de las decisiones políticas. Para ello a menudo se utiliza la lógica moral de Maquiavelo, que se sintetiza en una frase elocuente, que no es exactamente de su pluma paradójicamente, “el fin justifica los medios”. En el otro extremo estaría la moral de estirpe kantiana que obliga a cumplir la ley moral constituida por la razón y que es ajena a cualquiera de sus efectos, es más cuando esos efectos son cónsonos con los deseos del sujeto esa acción no es en sentido estricto moral, no puede evidenciarse como tal, cualesquiera sean los efectos, aun los positivos. Entre la interpretación, falsa, pragmatista de Maquiavelo -lo que importa es lo que quiero conseguir por cualquier camino, para el gran pensador el fin no es un fin cualquiera, es la salud del Estado- y el extremo racionalista kantiano – obedecer siempre al mandato de la razón cualesquiera sean los resultados-, hay que pensar la relación entre voluntad y acción, moral y política entre otras realidades.
Estas abstracciones las traigo a colación porque resulta que en nuestro medio el pragmatismo más inmoral se ha aposentado en el país, el que busca a cualquier precio o el acceso al poder o la permanencia en éste para mantener el propio provecho. Seguramente es un producto de la demolición de las ideologías que se vive a nivel mundial y muy señaladamente en nuestro país, tanto tiempo prostituido moralmente por una tiranía tropera. Hay que ser político, dejarse de pendejadas teóricas, o morales, y tratar de agarrar el toro por las astas. Nada de Kant, todo de un maquiavelismo deformado y prostituido. Lo cual ha llevado, ante todo, a un acercamiento entre las partes en pugnas, otrora enfrentadas sin tregua.
Voy a poner un solo ejemplo, el fraude electoral de 2024. Este es tan burdo y fétido, tan evidente, que los que lo niegan, algunos chavistas y asociados, no hacen política, no hacen sino levantar una estatua a la perversión y la ignorancia. Hay cínicos imperdonables que dicen que sí hubo un fraude, pero que lo consideran una solución “política” extrema para evitar impedir que la ultraderecha y el imperialismo les quiten el poder corrupto del que han sido constitucionalmente expulsados. ¡Oh maldades de la historia!, son los mismos que le han entregado el país a Donald y se han convertido en sus más degradados siervos, los conserjes grotescos de una suerte de colonialismo del siglo XXI. Pero hay algunos más interesantes, por su mala fe, que son opositores “de verdad”, no alacranes, que guardan silencio sobre el crimen constitucional, coquetean con los criminales y hasta de diputados terminan en una siniestra Asamblea. En fin, todos son inmorales, se quieren los políticos de verdad-verdad, con cojones y sobre todo realistas. Y adiós Kant, por supuesto, y su inocente moralismo. Una joya esta Venezuela para los tratados de moral política, notable ejemplo de purulencia.
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