Por: Soledad Morillo Belloso
En la Universidad me enseñaron que lo primero que debe ejercitar un periodista es el músculo del respeto. Lo demás —el oficio, la técnica, la voz— sólo sirve si ese músculo no se atrofia.
La nota del Wall Street Journal sobre Delcy Rodríguez (https://www.wsj.com/world/americas/venezuela-delcy-rodriguez-trump-power-14bcf086)
es un artefacto narrativo construido para deslumbrar, no para esclarecer. No es un perfil: es una operación de maquillaje político. Toman a la operadora de un sistema represivo y la presentan como figura de temple, estratega fina, mujer “pragmática” y “eficaz”, como si la devastación que ha administrado desde mucho antes del 3 de enero fuese un simple telón de fondo y no la consecuencia directa de su mano. No la describen: la reconfiguran. La convierten en un personaje útil para una historia donde Venezuela no es país, sino escenografía.
El texto avanza con esa suavidad engañosa de los relatos que confunden análisis con fascinación. La tragedia venezolana aparece diluida, convertida en atmósfera, nunca en herida. La represión se vuelve rasgo de carácter. La manipulación institucional, prueba de astucia. La crueldad, un tipo de liderazgo. Es la vieja seducción por los verdugos que administran el desastre con eficiencia. Y así, el WSJ acomoda la historia para que encaje en un relato donde la eficacia pesa más que la ética, donde la estabilidad —esa palabra que tanto tranquiliza a los centros de poder— vale más que la libertad de millones.
En ese montaje, la nota introduce un detalle pintoresco: el regalito de salida que Delcy entrega a quienes acuden a sus reuniones. Lo describen con deleite sensorial, como si fuera un gesto curioso, casi folclórico. Pero ese obsequio no es cortesía: es un acto de dominio envuelto en celofán. Un recordatorio silencioso de quién controla la puerta. Los asistentes lo reciben con sonrisa diplomática y un nudo en el estómago, porque saben que ese presente pesa más que su apariencia. Es la metáfora perfecta del régimen: algo que se ofrece con amabilidad, pero deja una marca que no se borra. El WSJ lo observa, lo registra, pero no lo lee.
Y ahí se revela el verdadero problema: la fascinación por la figura eclipsa la comprensión del daño. La nota convierte a Delcy en protagonista de una épica personal, mientras Venezuela queda reducida a ruido ambiental. La devastación institucional se vuelve un dato técnico. La tragedia humana, un murmullo que no interrumpe la música del relato. Lo que el WSJ celebra no es a Delcy: celebra la idea de que la eficacia, cuando conviene, puede absolverlo todo. Que un país puede ser tratado como ficha negociable. Que sus víctimas pueden omitirse si la operadora garantiza que los negocios sigan su curso.
En el fondo, la nota es un espejo deformante: refleja más del que escribe que del personaje descrito. No cuenta quién es Delcy, sino para qué sirve Delcy. Y esa diferencia es abismal. Es una pieza estética, no periodística. Una puesta en escena donde el horror se estiliza, la violencia se vuelve atributo y el verdugo asciende a protagonista. Bajo esa mirada, Venezuela deja de ser nación para convertirse en tablero; los venezolanos dejan de ser sujetos para convertirse en ruido. La estabilidad se vuelve fetiche. El petróleo, coartada. El autoritarismo, matiz.
Lo más perturbador no es lo que dicen, sino lo que asumen: que el poder, si es eficaz, merece admiración aunque sea cruel. Que la injusticia no escandaliza; la ineficiencia, sí. Que la tragedia venezolana no conmueve a quienes sólo ven en ella un obstáculo para sus intereses. Que la verdad, cuando estorba, se acomoda.
Y como si el relato no estuviera ya suficientemente inclinado, las fotos que acompañan la nota terminan de completar la operación estética. No ilustran: insinúan. Son imágenes escogidas para suavizar aristas, para sugerir una Delcy casi cinematográfica, envuelta en sombras calculadas, gestos contenidos, una especie de aura de poder sereno. Nada de colas, apagones, hospitales colapsados o rostros exhaustos: só el encuadre que conviene. Es el viejo truco visual del periodismo que quiere parecer neutral mientras acomoda la luz para que el personaje salga favorecido. Las fotos no informan; preparan el ánimo del lector para aceptar la narrativa. Son parte del maquillaje, no del registro.
Al terminar de leer la nota, queda un sabor amargo, una sensación difícil de ignorar: la de unos redactores dispuestos a confundir sofisticación con verdad. El WSJ construye un relato elegante, pero vacío, donde la devastación se vuelve un efecto de iluminación y la figura que la ejecuta, un personaje digno de estudio. Esa mirada, tan segura de sí misma, revela su propia ceguera. Porque para escribir así sobre Delcy partieron de una base: que el sufrimiento de un país es un detalle prescindible, que la ética es negociable y que la crueldad, si se administra con pulso firme, puede ser entendible y aceptable. Ese es el verdadero retrato que deja la nota: no el de la operadora del régimen, sino el de quienes deciden contemplar el poder antes que comprender sus consecuencias. Frente a tamaña comodidad, sólo queda afirmar lo obvio: Venezuela no es un recurso narrativo. Es una herida viva. Y merece ser contada sin convenientes adornos y sin miradas narcotizadas.





