Y la búsqueda de la felicidad – Jacobo Dib

Publicado en: El Nacional

Por: Jacobo Dib

Siempre me ha llamado la atención aquella frase plasmada en la Declaración de Independencia de los Estados Unidos, escrita principalmente por Thomas Jefferson: the pursuit of Happiness, la búsqueda de la felicidad. Cuando digo siempre, me remonto a mis años de adolescencia, cuando pude leerla por primera vez.

Isabel, siempre preocupada por mi felicidad, ha querido inculcarme que alcanzarla pasa, en buena medida, por estar bien con uno mismo: con el yo interior, el amor propio y la autoestima. Yo, por otro lado, soy de los que no disfrutan demasiado de la soledad. No porque no esté contento conmigo mismo, sino porque para ser feliz necesito también de la compañía de otro. Quizás sea por eso que, inconscientemente, tarareo con frecuencia aquella canción de los años setenta: I Just Don’t Want to Be Lonely.

¿Por qué hablar de felicidad precisamente ahora?

Hace unos meses, el presidente Donald Trump declaró que Venezuela era “un país muy feliz” y que los venezolanos, antes miserables, ahora estaban felices. En la misma declaración vinculaba ese cambio, entre otras cosas, con el enorme volumen de petróleo que nuevamente se estaba extrayendo del país.

El contraste resulta inevitable. Esta misma semana, el diario El Nacional publicaba los resultados de una encuesta de Hercon Consultores, según la cual 85% de los venezolanos considera sus ingresos “muy insuficientes” frente al costo de la vida. El artículo lo resumía con una frase difícil de conciliar con la felicidad proclamada desde Washington: “La asfixia en el poder adquisitivo familiar constituye la mayor alarma socioeconómica en Venezuela”.

La verdad sea dicha: hoy por hoy, la vida cotidiana en Venezuela, incluyendo Caracas, continúa marcada por salarios deficientes que se hacen cada vez más insuficientes ante una moneda que se devalúa día tras día. Los servicios públicos —entre ellos, y de manera particularmente evidente, el agua y la electricidad— siguen muy lejos de lo que debería esperarse de un país con nuestros recursos.

Muchos filósofos, a lo largo de la historia, han reflexionado sobre la felicidad. John Locke, cuya influencia sobre Jefferson y otros padres fundadores de los Estados Unidos es bien conocida, fue uno de ellos. Pero ninguno, hasta donde sé, sostuvo que para alcanzar la felicidad bastara con declararla.

Sería demasiado fácil. Sería como declarar que ha salido el sol y esperar que, por haberlo dicho, deje de llover.

Para aquellos venezolanos descontentos con el proceder de la actual administración norteamericana, convendría también recordar algo de nuestra propia historia. Desde que el petróleo adquirió importancia estratégica bajo nuestros pies, las distintas administraciones estadounidenses han procurado entenderse, de una manera u otra, con quienes ejercen el poder en Venezuela.

Juan Vicente Gómez fue particularmente hábil para manejar esa relación, hacer concesiones cuando convenía y mantener a raya tanto el descontento interno como la posibilidad de una intervención extranjera. También entonces hubo venezolanos que esperaron que la solución viniera de afuera. No llegó.

Es que los países actúan primordialmente de acuerdo con sus intereses. Cuando existe entendimiento entre quienes gobiernan y una situación que ambas partes consideran beneficiosa, los principios democráticos terminan conviviendo con otras prioridades igualmente presentes en política exterior: petróleo, estabilidad, seguridad e intereses económicos.

Eso no significa necesariamente que los intereses de Estados Unidos y los de Venezuela tengan que ser incompatibles. Quizás puedan coincidir. Quizás incluso deban hacerlo.

Quiero pensar que, en la búsqueda de la felicidad de los norteamericanos, el presidente Trump aspira también a que los venezolanos encontremos la nuestra. Una especie de dos por uno; una carambola en la que el aumento de la producción petrolera pueda beneficiar a ambos países. La imagen publicada estos días de Trump y Delcy Rodríguez, sonrientes tras su encuentro en Nueva York, parece condensar ese nuevo pragmatismo mejor que muchas declaraciones diplomáticas.

El problema es que, hasta ahora, ni siquiera esa primera parte de la ecuación parece haberse resuelto. Más petróleo debería significar más exportaciones, mayores ingresos y una economía más sólida. Quizás sea todavía demasiado pronto para juzgar sus efectos, pero las señales disponibles no permiten todavía hablar de una bonanza. Antes de preguntarnos si el petróleo puede hacernos felices, habría que preguntarnos si está logrando hacernos más prósperos.

La felicidad de un país, de cualquier país, probablemente requiera algo más: que el trabajo permita vivir dignamente, que abrir un grifo y encender una luz no sean actos de incertidumbre, que existan instituciones sólidas y espacios para expresar las diferencias políticas y, sobre todo, que cada ciudadano tenga la posibilidad de buscar su propia felicidad.

Creo que los venezolanos, a largo plazo, estamos destinados —que no condenados— a ser felices.

Quizás haya que aprender a encontrar la felicidad dentro de uno mismo. Pero sigo creyendo que ciertas felicidades —la de una persona y también la de un país— se construyen mejor acompañados. La nuestra seguramente será compartida con otros países. Ojalá entre ellos estén aquellos que históricamente han sido nuestros amigos y aliados: Estados Unidos, Europa y nuestros vecinos de América Latina.

Después de todo, Jefferson no escribió que los hombres tuvieran derecho a la felicidad.

Escribió algo quizá mucho más importante: que tenían derecho a buscarla.

 

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