Jean Maninat

Ya nadie es de izquierda… ni de derecha – Jean Maninat

Por: Jean Maninat

¿Quedará alguien de la izquierda clásica, vintage? ¿Alguien que se levante nostálgicamente en la mañana con La Internacional en los labios? ¿Alguien que todavía salude con el puño izquierdo en alto? ¿Alguien que todavía hable de proletarios y burgueses, bloque histórico, intelectual orgánico? ¿Quién todavía guarde en su biblioteca -así sea por superstición- los tres tomos de El Capital, de Carlos Marx, publicados por el FCE, con sus tapas anaranjadas y traducción al español de Wenceslao Roces? (¿Alguien, de verdad, verdad, los habrá leído completos? ¿Lo juran?). Si quedase alguno, el último izquierdista clásico, vintage, acudiríamos a conocerlo y darle un abrazo emocionado. ¡Qué más da! Emocionado, grande como Vallejo.

Pero ya no nos quedan especímenes así, ni siquiera los renovados, como el abuelo del Foro de São Paulo, el Gandalf del progresismo latinoamericano, el tres veces presidente de Brasil y de nuevo candidato presidencial Luiz Inácio Lula da Silva, quien manifestó recientemente -ante un micrófono semidormido- que él nunca fue izquierdista, que no era más que un sindicalista que luchaba por los derechos de los trabajadores, sin mayor torque ideológico. Y uno que pensó -ingenuamente- que el PT que fundó era una izquierda novedosa, original, a la que en el camino le estalló un neumático y no tenía ni gato ni repuesto para cambiarlo. Y ahora resulta que su fundador no es ni siquiera de izquierda. Fin du monde!

Y ese salto del caballo en plena carrera, nos deja en manos -entre otros- de un bostezo presumido y locuaz como el que dejará la presidencia de Colombia en breve, no sin antes haber protagonizado toda suerte de desaguisados, desafueros de adolescente tardío, uno de los egos más risibles debajo del Río Grande, que amenaza con no parar de hablar hasta que la garganta le soporte y convertirse en el nuevo tótem secular de izquierda. ¡Qué pereza!, como decía el joven Marx al pararse todas la mañanas.

¿Y la derecha? Dejó de ser aquel reservorio de buenas costumbres, adustos trajes oscuros, cortes de pelo engominados y cachetes afeitados con navaja y olor a colonia inglesa barata y masculinamente mediocre. Ah, pero sus miembros eran lo que se llama proper, se habían leído las memorias de Winston Churchill -algunos hasta inglés hablaban- y si les apremiaban un poco eran capaces de confesar la primera visita que hicieron al burdel de la mano paterna y las lecturas tardías de Karl Popper que recién iniciaban. (Usted veía venir a Patricio Aylwin y el don Patricio le salía disparado por la boca como un proyectil respetuoso). Pero esto, estito que ahora los medios de comunicación llaman, la “ultra derecha”, es un conglomerado de personajes histriónicos, tremebundos y escandalosos, infantiles y vulgares como bufones de circo de carpa remendada. Pero -no hay pera que valga- el “pueblo” esa masa de expectativas incumplidas, de requerimientos postergados, los ama cada tanto tiempo, como quien requiere una dosis postergada para calmar un withdrawal, porque son sus supuestos  vengadores, sus vigilantes que ajustan -en su nombre- cuentas finales con los políticos que por “definición” son todos corrompidos. No importa que los ángeles populistas y vengadores terminen calcando a los políticos que quieren sustituir, a la casta que quieren desplazar, y las promesas terminen atascadas por la EGOlatría y la petulancia de los arribistas que se mientan de “derechas”. Siempre habrá un disfraz de León o de Tigre disponible en el camerino populista.

Ni lo uno ni lo otro, sino todo lo contrario…

 

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