La venezolanidad y las garras trumpistas – Fernando Rodríguez

Publicado en: El Nacional

Por: Fernando Rodríguez

Lo primero, primerísimo, que este país debe plantearse es recuperar su identidad, su soberanía, aplastada por el gobierno de Trump y aceptada por la tiranía chavista. Es una cuestión de honor. Y tan simple como que Venezuela tiene que ser gobernada por los venezolanos. Es cierto que los países pueden ser controlados a una cierta distancia, en lo político y lo  económico. Desde hace  un tiempo largo se llamó  imperialismo… y variantes. Pero la situación venezolana actual al parecer es una peculiar forma social, previa, de colonialismo descarado: hay un presidente y un gobierno títeres que cumplen abiertamente las órdenes del verdadero mandamás, sin  máscaras, que habita en el norte del continente, el país más poderoso de mundo. En pocas palabras, hemos perdido la libertad y consecuentemente la dignidad.

Sin duda, el asunto es peculiar. El ogro reaccionario de Trump, a indagar el porqué, convirtió a una Venezuela bastante desecha y rota en un monstruo criminal, infernal -Maduro no da para tanto- y la rodea de una increíble flota. Hay una respuesta simple para tal mutación: el petróleo. Pero parece que no es suficiente. Como tampoco lo es el ars operandi, si fue traición local como dicen o sólo capricho del peculiar presidente octogenario, el más tocado de un siglo muy tocado y explosivo. Lo cierto es que hemos sido el único triunfo límpido de Donald en su atolondrada aventura global y hasta se habla con orgullo del modelo venezolano, a imitar en otras latitudes. Los piropos del republicano a Delcy son la mejor prueba de su contento. ¿Y María Corina? Pues no se sabe, o qué se sabe, solo que el pueblo, silencioso pueblo, la sigue ampliamente prefiriendo hasta ahora en las inquietas encuestas. A adivinar.

Pero volvamos al ser venezolano. No pareciera que las heroicas filas formadas por Padrino López pudiesen combatir a los invasores después de que no dispararon un tiro el 3 de enero, de manera que no queda otro camino que la lucha cívica, prolongadísima, incierta y heroica.

O, no dramaticemos, puede que el tiempo que le resta a Trump no dé para demasiadas travesuras, siniestras o alocadas y el globo se enderece un tanto.

O de verdad somos malpensados y esto va a terminar en unas elecciones que culminan las matematizadas tres etapas de Rubio. Y sin demasiado esfuerzo volvamos a cantar gaitas y aguinaldos en la Navidad de algún año más bien cercano. Y no se nos olvide el «Gloria al bravo pueblo» al menos en la escuela primaria. El asunto es no regalar la patria, que una vez el yugo lanzó.

 

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