Publicado en: El Nacional
Por: Fernando Rodríguez
Dado que el señor Trump es una suma de disparates andantes, ya nada suyo nos sorprende; pero sí nos aterra casi siempre. El demente del pueblo poco o nada asusta a los vecinos que de largo tiempo lo conocen, saben de su estrambótico e inofensivo proceder, les produce risa y hasta cariño le tienen. Pero Donald es el hombre más poderoso del planeta y sus dislates suelen ser de una crueldad, también de una brutalidad y en general de una falta de moralidad hasta capaz de matar por cualquier motivo que le produzca algún beneficio –mejor si en dinero contante- a él, a su familia y en verdad a su país, pero que considera propiedad suya.
Venezuela, país más bien subdesarrollado y masacrado por una vil dictadura bananera por casi 3 décadas, que sus mayorías pasan el hambre hereje y que unos 8 o 9 millones (8.000.000 o 9.000.000) se fueron a buscar con qué mantenerse, y de paso a la mamá y al abuelo; en síntesis un paisito, medio fallido, fue rodeado por una flota gigantesca, en la cual estaba el portaviones más poderoso del mundo. Muchos nos preguntábamos si nuestro modesto y sobre todo virginal ejército republicano ameritaba ese despliegue. Algún necio celebraba la pasión gringa por la libertad, tanta que nos devolvería la propia. Y la nuestra, aclamada por la voluntad popular, era María Corina (disfrazada de EGU).
Por último me asombraba que a nuestro país se le consideraba como de los más siniestros imaginables, tales eran los pecados que se le endilgaban: Nicolás, de cuya maldad pocos dudan, era entonces una suerte de síntesis entre Al Capone y Pablo Escobar que había convertido todas las piezas del Estado en caminos para la droga que mataba cientos de miles de yanquis indefensos. Y el Tren de Aragua, por ejemplo, una cáfila de bandidos trasnacionales, a sus órdenes, que ponía en grave e inminente peligro al continente entero. Era tal el asedio y la potente crueldad que merecíamos una masacre.
No fue tal, unas lanchas y la parejita de Miraflores. Y un bombardeo que muchos confundimos con tumbarranchos navideños sobre Caracas. Y casi inmediatamente MCM fue desechada para ejercer el máximo poder por la vicepresidente de la tiranía, acompañada de toda su burocracia, hasta en su gabinete dos sujetos, Diosdado y Padrino, valorados en Estados Unidos por sus enormes pecados en decenas de millones de dólares. Ojo, esto se trata de una estrategia, han dicho, para no caer en el error de la guerra de Irak, país seguramente idéntico al nuestro. A renglón seguido, Donald empezó a piropear a la presidenta y a olvidar a MCM. Total, que no era nuestra libertad, la democracia, lo que estaba en juego sino el petróleo (y el oro, etc.), el billete pues. Y Venezuela, por último, ya no es grotesca y siniestra, sino un apacible y noble país tropical, asoleado y musical.
Quedan dos posibilidades alternas a las que vivimos. Que se cumpla, en un tiempo indefinido, el camino que lleva a la democracia. Quién quita. Además, entre otras cosas, Trump no será eterno en el poder. Y, el más siniestro: Donald hizo un “chiste” esta semana que en vez de hacernos reír nos dio frio. Dijo que Venezuela se estaba portando tan bien, tan sumisa sería más exacto, que podría convertirse en el estado 51 de la Unión. Trump tiene unas enormes agallas y un chiste muchas veces no es un chiste, es una siniestra premonición. A lo mejor dejamos de ser lo que somos, los venezolanitos de siempre, al menos de algunos siglos. Quién quita.





