Soledad Morillo Belloso

Aún es de noche en Caracas – Soledad Morillo Belloso

Por: Soledad Morillo Belloso

No me resulta fácil escribir sobre un film que narra una historia en la que, como cualquier venezolano decente que ama a su país, me siento tocada en lo más íntimo. Esa dificultad no es un obstáculo: es el punto de partida. Porque “Aún es de noche en Caracas” no se mira desde la distancia; se vive desde la herida, desde la memoria, desde ese rincón del pecho donde guardamos lo que no termina de cicatrizar.

Me dolió verla. Pero verla fue también un acto de respeto al sufrimiento ajeno y propio. Hay películas que uno no ve por entretenimiento, sino por responsabilidad. Porque mirar de frente lo que ocurrió —y lo que sigue ocurriendo— es una forma de honrar a quienes no pudieron contarlo, y también de reconocerse a uno mismo en la fragilidad, en la rabia, en la dignidad que persiste incluso en la oscuridad.

Caracas es un protagonista. Y también es la casa de los horrores que sucedieron. La película lo entiende con una lucidez incómoda: no basta con mostrar la ciudad, hay que escucharla. Caracas, la it respetada y ensuciada, no es un telón de fondo; es un personaje que respira, vigila, amenaza, protege y, a veces, traiciona. Es una presencia que condiciona cada gesto de los personajes, cada silencio, cada decisión que parece pequeña pero que en realidad es cuestión de supervivencia.

La cinta no se limita a retratar la violencia o el deterioro. Lo que hace es más complejo: muestra cómo la ciudad se incrusta en la vida emocional de quienes la habitan. Caracas es la calle oscura donde algo puede pasar —y pasa—, pero también es la ventana desde la que se mira con nostalgia lo que ya no está. Es el ruido que no deja dormir y, al mismo tiempo, la única música que muchos reconocen como propia. Es un espejo roto donde cada fragmento refleja una parte de nosotros: la rabia, la ternura, el miedo, la resistencia.

Los personajes, en cambio, son difíciles de comprender. Tanto los buenos como los villanos. Y esa opacidad no es un fallo narrativo, sino un gesto de honestidad. En Venezuela, las categorías morales no son tan nítidas como quisiéramos. La película lo sabe y lo respeta. Nadie es completamente inocente, nadie es completamente culpable. Todos están atrapados en una red de circunstancias que los supera, que los condiciona, que los obliga a actuar desde zonas grises.

Pero hay un personaje que se muestra sin medias tintas: la violencia.

La violencia no necesita presentación. No tiene matices, no tiene dudas, no tiene contradicciones. En la película aparece como una fuerza que atraviesa todo: los cuerpos, las calles, las decisiones, los silencios. No es un acto puntual, sino un clima. Un estado del alma colectiva. Una presencia que se siente incluso cuando no se ve. Es el único personaje que no pretende justificarse. No pide comprensión. No ofrece explicaciones. Simplemente está. Y su sola existencia condiciona a todos los demás, les roba la posibilidad de ser plenamente ellos mismos.

La película, con admirable sobriedad, evita convertir esa violencia en espectáculo. No hay morbo, no hay pornografía del sufrimiento. Lo que hay es una mirada que reconoce la brutalidad sin explotarla. Una mirada que entiende que lo más perturbador no es lo que se muestra, sino lo que se insinúa. Lo que se sabe. Lo que se recuerda.

“Aún es de noche en Caracas” no es una película cómoda. Ni fácil. No lo pretende. Pero tampoco es un ejercicio de desesperanza. Hay belleza, incluso en lo roto. Hay humanidad, incluso en lo oscuro. Y hay una especie de esperanza silenciosa, no la ingenua del “todo va a estar bien”, sino la más adulta: la de quienes siguen caminando aunque no haya amanecido.

Y sin embargo, lo más devastador de “Aún es de noche en Caracas”  no es lo que muestra, sino lo que confirma: que hay dolores que no se superan, sólo se aprenden a cargar. Que hay noches que no terminan con el amanecer, sino con la memoria. Que mirar esta historia de frente es aceptar que el país que amamos también nos quebró, y que seguimos aquí, de pie, no porque seamos fuertes, sino porque no tenemos alternativa.

La película duele porque nos recuerda que sobrevivir no siempre es una victoria. A veces es apenas la prueba de que seguimos contando los ausentes, los silencios, los miedos que se quedaron viviendo dentro de nosotros. Y verla —mirarla con coraje y sin parpadear— es reconocer que la oscuridad no se fue, que sigue allí, respirando bajito, esperando para mostrar sus garras.

Quizá por eso, al terminar, uno no siente alivio. Siente un peso. Un peso antiguo, conocido, íntimo. Un peso que no se nombra, pero que todos los venezolanos decentes entendemos sin necesidad de explicarlo.

Porque sí: aún es de noche en Caracas. Y lo más duro es saber que esa noche también nos habita.

Véanla, por ética, por moral.

 

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