Publicado en: El Nacional
Por: Fernando Rodríguez
No estamos en el mejor de los mundos posibles, como pensaba Leibniz, en que la crueldad de la naturaleza era un elemento necesario para una síntesis superior. La crueldad natural es la moralización, humana, de acontecimientos que solo remiten a sí mismo y no tienen otro significado. Tal los desastres naturales, los terremotos acaso los más crueles. Por su imprevisibilidad, su cercanía con la morada humana, su materialidad, la piedra, más sórdida que el agua y el viento y aun el fuego, más visible e instantáneo. No puede ser obra de Dios, pues este sería devastadoramente cruel, por ende, más le valiera no existir.
Su violencia fue feroz en el reciente del norte de Venezuela. Agresividad gratuita, sin finalidad, reiteramos. Eso lo hace más atroz e incomprensible. Simplemente es como la muerte. Otra cosa, por supuesto, son las maneras como la vive y lo moldea la sociedad humana, en las cuales todo termina para nosotros, frágil especie del proceso evolutivo. Este sí moralmente responsable, humanamente significante.
Sobre este plano es que podemos disertar y eso haremos. Tratar de agregar algún mínimo matiz, tanto se ha dicho ya, tanto y tan justamente lamentado, tanta lágrima legítima derramada. Yo he oído ya –en especial de la presidenta de Cáritas Venezuela– el argumento más completo y significativo sobre el tema, lo más terrible y decisorio. Este infierno sucede en una sociedad de casi treinta años de dictadura que no solo acaparó y prostituyó todo el poder político, sino que, cleptómana a más no poder y particularmente tropera e inculta, acabó con el país entero. Por ello hay edificios mal construidos, hambrientos en proporciones descomunales, ausencia de hospitales y en los muy escasos falta de todo lo que cura y alivia, escuelas y universidades demolidas… miseria generalizada en un país ahíto de petróleo y otras riquezas naturales. Esos son los culpables, los inexcusables, los viejos y nuevos acaparadores de la riqueza de todos, sobre todo los que han mandado y siguen mandando y, mención necesaria y relevante, la gran bestia del norte, Trump, que este solo año declaró ganancias por tantos dólares que bastarían para sanar muchas de las nuevas heridas de esta tierra. En fin, nuestro drama ya sabido multiplicado por una travesura del cosmos sin alma ni destino.
Entramos en una era de duelo y de multiplicación de la penuria. Nos costará muchísimo ponernos a andar y llegar a algún sitio con sombra y agua clara. Es posible que el tándem chavistatrumpista se aproveche de nuestras nuevas miserias para perpetuar las supuestas tres etapas que nos volverían a convertir en nación y que ahora solo existen en los caprichos del déspota mayor del planeta.
Estamos de luto, de llanto, pero no erremos en saber dónde está el nivel de nuestra lucha posible por pasar a otro estadio espiritual. Ni en las iglesias, ni el destino trágico, ni en la insuficiente naturaleza del venezolano. Esta ahí en las calles de un país que ciertamente está negado a ser negado por esos dos terremotos y un larga, inagotable, tiranía.





